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Durante varios años he tenido que buscar espacios para la lectura. Recuerdo algunas jornadas de mi vida universitaria en las que evitaba el aula para refugiarme en un café, pedir un magro desayuno y enfrascarme en la lectura durante un par de horas. El centro comercial al que iba, apenas habitado a las 9 o 10 de la mañana, se iba llenando de compradores. Conforme pasaban las horas el ambiente era saturado por una mezcla de voces, pasos, el sonido de una cafetera o el de unas monedas arrojadas al fondo de una caja registradora. El café estaba en pleno centro de la plaza comercial y la gente apenas reparaba en las escasas mesas cuadradas y en el pequeño negocio que ofrecía sandwiches, croissants, entre otros bastimentos mañaneros. En un centro comercial, los pasillos, las escaleras, incluso las bancas, son sólo puntos de referencia que no ameritan ninguna especulación. La gente, cargada de bolsas, entra y sale de decenas de tiendas. Cuando se sientan sólo es para descansar un poco y emprender una nueva compra. Las personas del café desentonábamos con el vaivén de compradores. Nuestra falta de movimiento nos hacía parecer parte de una escenografía conformada por anuncios de un nuevo perfume, la publicidad de una escuela o las promociones de un supermercado.

Cuando abandoné el café del centro comercial encontré un nuevo sitio para mis lecturas. Leer en casa era algo que no podía hacer. Estar en mi cuarto, tirado en la cama, con la televisión apagada, leyendo un libro, podría parecer un ocio vergonzoso. Mientras mi padre estaba en las calles visitando clientes y haciendo presupuestos en un escritorio, yo ignoraba mis clases en la facultad de economía para leer a Melville, Onetti o Faulkner. Este leve sentimiento de culpa, como una vocecilla incómoda en el oído, me hacía salir, buscar cafés que respetaran una dos o tres horas de lectura. En esos lugares desaparecía cualquier asomo de culpa. Había algunos cafés prometedores, pero los meseros, acostumbrados a clientes que comían y se iban, me miraban como un bicho extraño que apenas atiende el desayuno mientras clava la nariz en un libro. El siguiente café, ya desaparecido ahora, en el que me refugié, quedaba a unos trescientos metros de mi casa. Caminaba unos quince minutos para llegar ahí. Ese trecho había cambiado durante la última década. En el pasado era sólo una carretera de dos carriles que comunicaba a la ciudad con algunos pueblos y colonias que empezaban a construirse. Cuando me dirigía al café pensaba en aquellos años y comprobaba con ansiedad cómo la vialidad, ahora de cuatro carrilles separados por un camellón en el centro, se iba poblando de camiones, comerciantes ambulantes y, por supuesto, basura. Sin embargo, esa caminata me iba preparando a la lectura: durante las próximas horas sólo seríamos yo y el libro que cargaba bajo el brazo.  

Uno de los primeros requisitos para leer en un café es el anonimato. Por eso hay que escoger lugares que no sean frecuentados por nuestros conocidos. Una inesperada plática en el café puede arruinar la lectura: en primer lugar porque consume largos minutos de cháchara muchas veces instrascendente y, en segundo, porque nuestro interlocutor puede ser portador de noticias o comentarios que nos dejen cavilando por un buen rato. El nuevo café, lejos de la zona céntrica de la ciudad, era ideal porque ningún conocido vivía cerca de ahí. En una bitácora que llevé en aquellos años y que ahora, como tantas otras cosas, empiezan a confundirse en la memoria, consignaba mis avances en la lectura y, también, los pequeños incidentes en el café. Regenteado por dos hermanas, el negocio era próspero o al menos eso parecía por la cantidad de pedidos y llamadas por teléfono. En las mañanas, mi hora ideal para leer, había pocos comensales. Cuando me iba, antes del mediodía, el lugar empezaba a poblarse. En mi bitácora hacía una descripción detallada de los meseros, amigos de los hijos de las dueñas, que tenían en ese trabajo temporal una buena oportunidad para solventar algunos gastos extra. Entre capítulo y capítulo de una novela o entre cuento y cuento de una antología, alzaba la vista, le daba un sorbo a mi café y veía a los otros ocupantes de las mesas. Alguno trabajaba en una computadora portátil, otro más realizaba sin parar llamadas por su teléfono celular. Mis visitas casi diarias al café me convirtieron en un sujeto confiable para las dueñas a pesar de que apenas intercambiábamos el saludo. Pude comprobar esta confianza cuando, una mañana, una de ellas se acercó a mi mesa y me pidió con una sonrisa que les avisara de cualquier cosa extraña que ocurriera en el café, sobre todo en los breves lapsos en los que no estaban y dejaban a un mesero a cargo. Asentí con amabilidad y supe que mis días en ese lugar habían llegado a su fin.  

Siempre, no sé por qué, fui renuente a visitar bibiotecas o lugares especializados en la lectura. Me gusta pensar que puedo leer en cualquier parte. Me gusta pensar en la lectura como parte definitiva de mi biografía y, por eso, es mejor extenderla a lugares comunes y corrientes. En uno de los siguientes cafés que encontré, muy cercano a mi lugar de trabajo, leí largas horas mientras veía a los transeúntes por la banqueta. A veces algún conocido pasaba a la distancia y yo agitaba la mano intentando, con este gesto, saludarlo y hacerle ver que no necesitaba acercarse para prolongar el encuentro. En ese café, abierto por completo a la calle, sin puertas ni ventanas, podía ver el paso del tiempo: los arbustos comenzaban a decaer en invierno y, en los veranos, podía acompañar el paso de un aguacero, contemplar cómo enturbiaba poco a poco el ambiente hasta que desaparecía dejando charcos y algunas personas mojadas. A veces leía hasta el crepúsculo; alrededor los postes de la calle prendían sus luces; la calle era poblada por alumnos que salían de su última clase y maestros que se dirigían a su casa. En ese café comprendí que, a pesar de la soledad que implica la lectura, necesito del murmullo de la gente como una especie de telón de fondo. Las voces, entrelazadas hasta volverse una sola, me dan una sensación de equilibrio, una superficie desde la cual puedo concentrarme en las palabras que desfilan ante mis ojos. Cuando el café se va despoblando y quedan una o dos mesas, mi atención empieza a naufragar y se vuelca a las conversaciones que, poco a poco, reclaman protagonismo. Sin querer me dejo guiar por esos cantos de sirena, pero recapacito, decido que es suficiente, pago la cuenta y me uno a los caminantes que se dirigen a sus casas.  

 

 

 

 

 

 

 

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