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Usted sabe que me ofendió, y no lo niegue, porque eso solo demuestra su hipocresía y que es un maldito chairo, peñabot, progre, mamerto, prianista, mocho, pejezombie, racista, sexista, especista, y hasta saxofonista.
 
Vamos, que la mayoría de los mensajes que se encontrará usted en las secciones de comentario en las páginas de los medios de comunicación o en las redes sociales repiten básicamente el patrón del párrafo anterior. Hemos construido una cultura de la indignación permanente, que en muchas ocasiones sale del terreno de lo coherente para adentrarse en el delirio de persecución.
 
2 ejemplos en el último mes. A mediados de marzo Disney estrenó la nueva versión de La Bella y la Bestia, que supuestamente incluía una “escena gay”; los conservadores se alzaron en armas y llenaron de bilis un post tras otro antes de siquiera verificar si esos rumores eran ciertos. En realidad la nueva película mantiene la esencia de la original, incluyendo la admiración del personaje de LeFou hacia el de Gastón. El escándalo no tiene razón de ser.
 
Tampoco tiene razón de ser la indignación de los izquierdistas hacia el comercial de la marca Pepsi, protagonizado por Kendall Jenner, en el que ella comparte un refresco con los policías que se enfrentan a una manifestación popular en la que participa Jenner. El anuncio transmite un mensaje de unidad, que no tendría mayor polémica, pero los indignados de la izquierda pusieron el grito en el cielo alegando que Pepsi está aprovechándose del movimiento de Black Lives Matter.
 
Ante estos y muchos otros casos de indignaciones similares sólo queda preguntarnos ¿Por qué sucede esto? Básicamente hay cinco motivos:
 
Tendemos a hacer grupo con quienes nos sentimos identificados
El neurocientífico Paul J. Zak explica que este fenómeno se debe al funcionamiento de la oxitocina, la cual le avisa a nuestro cerebro que “es seguro aproximarse a otros” y eleva el sentido de empatía. La oxitocina se produce cuando se nos demuestra confianza o amabilidad y nos impulsa a trabajar en conjunto con los demás. De hecho los niveles de oxitocina incluso nos pueden ayudar a predecir si las personas estarán dispuestas a ayudar a otros
 
Las historias impulsan la creación de un sentido de comunidad
Las narraciones que se centran en personajes y en sus sufrimientos o alegrías detonan en nuestro cuerpo la síntesis de oxitocina, lo que se traduce en empatía. Por eso, sitios como Playground tienen tanto éxito en redes sociales con sus videítos sentimentales.
 
Pero el odio acerca más a las personas que el agrado
Sí, aunque no suele políticamente correcto, el tener un rechazo en común hacia alguien externo permite desarrollar más sentimientos de cercanía y familiaridad con personas a las que no conocemos. En pocas palabras, es más fácil hacer equipo con alguien a partir de algo que ambos odian que a partir de algo que ambos les gusta. Así lo comprobaron los investigadores Jonathan R. Weaver y Jennifer K. Bosson, de la University of South Florida, en un estudio titulado I Feel Like I Know You: Sharing Negative Attitudes of Others Promotes Feelings of Familiarity y publicado en el volumen 37 del Personality and Social Psychology Bulletin.
 
Esto lo aprovechan los editores perezosos de medios de comunicación y las páginas de política
Ambos saben que en un medio tan amplio y tan abierto como las redes sociales y el internet, siempre habrá más de algún necio que publique una nota escandalosa, que puedan usar para armar una nota al estilo de “Fulanito dijo tal cosa y las redes están escandalizadas”. Estas noticias son muy exitosas, porque en ambos lados de la polémica, leer y compartir estos artículos les permite reforzar sus odios compartidos y sus narraciones en común, viéndose cada grupo como valientes luchadores y sufridas víctimas del otro bloque.
 
Además, el indignarse evita pensar
Una vez que creemos contar con una causa legítima para indignarnos, tácitamente consideramos que ya no es necesario esforzarnos en derrotar argumentalmente al contrario, y nos conformamos con denunciarlo por ser: chairo, peñabot, progre, mamerto, prianista, mocho, pejezombie, etc. Al mismo tiempo, esta indignación nos hace sentirnos moralmente superiores a ese rival. Quizá por ello las nuevas generaciones se han vuelto adictas a usar este mecanismo al enfrentarse con opiniones ajenas. Como bien señaló hace un tiempo Jerry Seinfield: (los jóvenes) Sólo quieren usar esas palabras: “’Eso es racista. Esto es sexista. Esto es prejuicio’, ni siquiera saben de lo que están hablando.”
 
Para concluir
Todos estamos muy ofendidos, estamos indignados y hasta encabronados. Ese coraje está envenenando el debate público y le abre las puertas a radicalismos populistas de izquierda y derecha. Por eso, más vale bajarle dos rayitas a la histeria colectiva, entender que en todas las posturas hay lunáticos y que no se vale generalizar a todos con la imagen de un par de locos.
Ah! Y por cierto, tampoco se vale ofenderse de todo.
 
Personas libres y mercados libres
                                                                           GaribayCamarena.com       

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