Enzimología parte 6. La vida secreta sus mejores herramientas
09/07/2026
Autor: Dra. María José Alvarado López
Cargo: Profesora Investigadora de la Facultad de Biotecnología

Lecciones de biotecnología para la vida diaria.

Cada semestre, cuando estudiamos enzimas, hay una pregunta que siempre aparece: “Si funcionan tan bien dentro de la célula, ¿por qué algunas enzimas salen?”. A primera vista, la pregunta anterior parece sencilla, pero en realidad la producción de enzimas extracelulares es uno de los procesos más elegantes que aprovechamos en biotecnología.

En las columnas anteriores, hablamos de enzimas como catalizadores biológicos que aceleran reacciones, reconocen moléculas específicas y funcionan solo bajo determinadas condiciones. Sin embargo, no todas realizan su chamba al interior de la célula que las produce.

Las enzimas extracelulares —que, personalmente, me parecen de las más útiles en biotecnología— tienen además otra ventaja: al ser secretadas al medio de cultivo, suelen recuperarse con mucha mayor facilidad. Esa etapa de separación, purificación y recuperación del producto se conoce como procesamiento downstream. Parece un detalle técnico, pero muchas veces esa etapa determina si una tecnología podrá llegar realmente a la industria. Probablemente esa sea otra historia que contaré más adelante.

Y eso cambia completamente la estrategia.

Las enzimas intracelulares participan en miles de reacciones indispensables para mantener viva a la célula: obtener energía, sintetizar biomoléculas, reparar daños o responder al ambiente. Son, por decirlo de forma resumida, el metabolismo cotidiano de la vida.

Las enzimas extracelulares tienen una función diferente.

Primero salen.

Después transforman el mundo que rodea a la célula.

Solo entonces esa transformación se puede aprovechar.

La razón de que esto ocurra es sorprendentemente simple: muchas de las moléculas que los microorganismos necesitan utilizar son demasiado grandes para atravesar la membrana celular. La celulosa de una hoja, la lignina de un tronco, el almidón, las proteínas complejas o, en algunos casos, ciertos polímeros sintéticos, simplemente no caben a través de las membranas.

Así que la evolución favoreció otra estrategia.

La célula sintetiza cuidadosamente una enzima en su interior, la pliega para darle la estructura correcta, la modifica cuando es necesario y, finalmente, la secreta al exterior. Afuera de la célula empieza a romper esas moléculas grandes en fragmentos pequeños que puedan incorporarse al metabolismo interior.

Primero transforma.

Después incorpora.

Esta estrategia es especialmente interesante para los biotecnólogos: en la industria alimentaria, por ejemplo, muchas enzimas extracelulares producidas por hongos y bacterias, como las amilasas, permiten obtener jarabes, mejorar la panificación o clarificar jugos sin recurrir a tratamientos químicos agresivos.

En medicina y farmacéutica, numerosos microorganismos se cultivan precisamente por su capacidad de secretar proteínas de interés terapéutico o industrial, aprovechando sistemas biológicos altamente eficientes para producir moléculas complejas.

Y en biotecnología ambiental aparece quizá uno de los desafíos que más me fascinan: por décadas intentamos eliminar contaminantes aplicando más energía, más temperatura o reactivos más agresivos. Pero hoy, mis estudiantes y yo nos preguntamos: ¿qué organismos ya desarrollaron, durante millones de años de evolución —por eso, en el lab, solemos decirles, de cariño, dinosaurios—, herramientas capaces de iniciar esa transformación por nosotros?

Una parte importante de esa respuesta está precisamente en las enzimas extracelulares.

Lacasas, peroxidasas, cutinasas, PETasas y muchas otras comienzan a degradar polímeros, pesticidas u otros xenobióticos fuera de la célula, abriendo la posibilidad de desarrollar Soluciones Basadas en la Naturaleza para el tratamiento de residuos y la restauración ambiental.

En buena medida, eso es lo que buscamos comprender quienes trabajamos en biodegradación: no fabricar desde cero nuevas soluciones, sino aprender de estrategias que la vida lleva millones de años perfeccionando.

Me parece que aquí hay una lección distinta: las enzimas extracelulares nos indican que la transformación visible no comienza afuera, sino mucho antes. Una proteína solo puede secretarse porque antes fue sintetizada, plegada, revisada y organizada dentro de la célula.

Lo que ocurre hacia el exterior depende profundamente de lo que sucedió antes en el interior.

Quizá algo parecido ocurre también en nosotros. Vivimos en una cultura que mide el impacto por lo que se ve: resultados, publicaciones, reconocimientos o productividad. Sin embargo, las enzimas extracelulares nos presentan otra lógica: lo que verdaderamente cambia el entorno suele ser consecuencia de procesos silenciosos que casi nadie observa.

Las enzimas extracelulares enseñan que el fruto nunca aparece de improviso. Antes hubo síntesis, organización, paciencia y preparación silenciosa. Quizá por eso es que la verdadera transformación no inicia cuando algo sale al mundo, sino mucho antes.

Entonces la pregunta quedaría: si aquello que somos capaces de transformar afuera depende, en buena medida, de cómo estamos organizados por dentro, ¿qué estamos cultivando hoy, en ese espacio interior que casi nadie ve, para que, cuando llegue el momento de dar fruto, realmente tengamos algo que ofrecer?

Cualquier cosa que quieras preguntarme de lo que escribo, dímelo: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it. y, en cuanto pueda, te contestaré y, si no tengo la respuesta, sé que mis colegas de la Facultad de Biotecnología nos podrán ayudar. Estas son las lecciones de biotecnología para la vida diaria.