Anti-vacuna filosófica. Correspondencia I
26/05/2026
Autor: Roberto Casales García
Cargo: Profesor Investigador Formación Humanista

Uno de los mayores retos educativos que tenemos frente a la creciente extrapolación de criterios mercantiles al ámbito educativo se aprecia con mayor claridad en el creciente desprestigio de algunas disciplinas que no necesariamente son las más favorecidas por el mercado. Este es el caso, por supuesto, de la filosofía, la cual no siempre goza de la mejor fama entre los estudiantes y algunos colegas. Muchos jóvenes preferirían que la educación se centrara más en los “cómos” (el famoso know-how), y no tanto en los “qués” o los “para qués” propios de la teoría.

Pero si esto es grave, todavía lo es más escuchar algunos comentarios simplones que provienen de colegas de otras áreas, quienes, a pesar de que están en universidades como la nuestra —con una vocación profundamente humanista—, suelen demeritar el trabajo de estas asignaturas. Es triste y absurdo que esto ocurra en instituciones como la nuestra, que se distingue, entre otras cosas, por su sello humanista.

Esto, sin embargo, no es exclusivo de las universidades, sino que también se ha dado de forma constante en la educación media superior, tanto a nivel nacional como internacional, donde algunos actores políticos han promovido la eliminación de la filosofía del currículo formativo. En los últimos 26 años en México, por ejemplo, se han dado al menos dos intentos por suprimir estas materias, bajo el pretexto de volverlas de alguna forma transversales.

Ante estos intentos, la academia ha reaccionado de diversas maneras, proporcionando diversos argumentos para defender la relevancia de la formación filosófica. Mucho me temo, sin embargo, que estos intentos tiendan a fracasar si antes no se hace un ejercicio de autocrítica hacia la propia docencia de la filosofía.

Como profesor me he dado cuenta de que muchos de nuestros alumnos, sean de primer semestre, licenciatura o maestría, llegan a nuestras aulas vacunados contra la filosofía. Esto se debe, en muchos casos, a las malas experiencias que han tenido en estas asignaturas, donde nos encontramos con profesores arrogantes que presuponen que, por el simple hecho de tener estudios formales en el área, saben dar una clase.

La realidad es muy distinta, pues dar una buena clase —una clase que impacte realmente en la formación de los estudiantes— requiere desarrollar otra serie de habilidades que no son las propias de la disciplina. Esto, por supuesto, no solo pasa con la filosofía, sino prácticamente con cualquier disciplina. Sin embargo, ocurre con frecuencia entre mis colegas filósofos que creen que, por saber mucho de filosofía, saben impartir una clase de calidad.

Nada más falso que eso: si los alumnos llegan vacunados es porque, sumidos en esa arrogancia, creemos que podemos prescindir de otros saberes fundamentales para la enseñanza, como la didáctica.

En mi caso tuve la fortuna no sólo de tener grandes profesores de filosofía durante el bachillerato, sino también de tener en la universidad grandes profesores de didáctica, quienes me enseñaron la importancia de saber manejar el espacio, de saber realizar una buena planeación didáctica y de atreverme a hacer dinámicas que hicieran más amena y significativa la clase, etc.

Claro que es mucho más fácil cargar toda la responsabilidad sobre los alumnos, decir que el mal rendimiento de la clase se debe a su falta de interés, al uso de celulares o a cualquier otra causa. Pero al hacerlo renunciamos a ser corresponsables del proceso educativo.

Un alumno que no está interesado en nuestra clase no necesariamente es un mal estudiante. Es más, me atrevería a decir que, en la mayoría de los casos — ya sea en las asignaturas filosóficas o de cualquier otra naturaleza—, se debe a una mala práctica docente, a un profesor que cree, por ejemplo, que educar se reduce meramente a transmitir información.

De ahí que debamos replantearnos si lo que hacemos en el aula es realmente suficiente para retar al alumno y para captar su atención.

Para las asignaturas filosóficas el reto está en dos cosas: por un lado, en hacer que el alumno se empiece a hacer preguntas que probablemente jamás se ha hecho; por otro, en mostrar que la filosofía tiene que ver con sus mismas inquietudes y que, por ende, más que algo aburrido, es algo que los interpela de forma directa.

En las siguientes cartas de mis estudiantes se hace patente cómo la filosofía puede lograr esto último, transformando su misma concepción de la filosofía.

Carta 1: Mariela Morales Megchum

Querida mamá:

Te escribo esta carta porque hace poco terminé de leer Pensar la vida desde una perspectiva filosófica. Reflexiones intempestivas y, mientras avanzaba en la lectura, pensé muchas veces en ti. Te hablo acerca de este libro no solo porque creo que podría gustarte, sino porque sentí que es un libro que vale la pena compartir con alguien cercano, alguien con quien uno quisiera conversar sobre lo que realmente importa. Por eso quise invitarte a leerlo, pero también contarte qué fue lo que más me llamó la atención y por qué me dejó pensando tanto.

Lo primero que me llamó la atención del libro fue la idea que busca plantear sobre lo que es la filosofía, ya que muchas veces pensamos que la filosofía es algo lejano, complicado o reservado para personas especializadas, como si fuera solo estudiar autores difíciles o aprender teorías abstractas. Pero este libro plantea algo muy distinto: que filosofar es, antes que nada, preguntarse seriamente por la vida.

Esa idea me pareció súper interesante porque muestra que la filosofía no está separada de la experiencia cotidiana, sino que nace precisamente de ella. Cuando alguien se pregunta qué sentido tiene lo que hace, cómo debe vivir, qué es la libertad, qué vale realmente la pena, ya está entrando en un terreno filosófico. Y, en ese contexto, nunca había pensado tan claramente que reflexionar sobre la propia existencia no es un lujo intelectual, sino una necesidad humana.

Creo que esto me llamó bastante la atención porque muchas veces vivimos de forma automática. Con esto me refiero a que vamos cumpliendo rutinas, resolviendo pendientes, estudiando, trabajando y pensando en lo urgente, pero rara vez nos detenemos a cuestionar si lo que hacemos tiene el sentido que queremos darle. El libro hace especial énfasis en que filosofar comienza justamente cuando interrumpimos esa inercia y nos atrevemos a pensar, idea que me pareció muy enriquecedora.

Pero si tuviera que decir qué fue lo que más me llamó la atención, sin duda sería la carta número 8, la cual reflexiona sobre la libertad. Me llamó mucho la atención porque cuestiona una idea que normalmente damos por hecho, ya que muchas veces se cree que ser libre es simplemente hacer lo que uno quiere. Yo también muchas veces había pensado en la libertad más o menos así: como la posibilidad de decidir sin restricciones, aunque también muchas veces se confunde este término con libertinaje. Sin embargo, el libro propone algo mucho más profundo: que la libertad no consiste sólo en elegir entre opciones, sino en orientar nuestras decisiones con responsabilidad.

Esa idea me pareció muy poderosa porque cambia completamente la manera en que se  suele entender la libertad. Hoy se habla mucho de ser libres como si eso significara no depender de nadie, no tener límites o hacer siempre lo que uno desea. Es por ello que los autores argumentan que una libertad entendida solo de esa manera puede quedarse vacía, porque elegir por elegir no necesariamente significa vivir bien.

Lo que propone el libro es que la verdadera libertad tiene un sentido ético; es decir, implica hacerse responsable de las decisiones que uno toma y de sus consecuencias. Esto me hizo pensar muchísimo, porque nunca había considerado con tanta claridad que libertad y responsabilidad no son cosas opuestas, sino que, en realidad, una necesita de la otra.

Me resultó muy interesante porque, además, no se queda en una idea abstracta, sino que tiene aplicaciones muy concretas. Por ejemplo, una persona podría decir que es libre para pensar solo en sí misma o tomar decisiones sin importar cómo afectan a otros. Pero el libro cuestiona eso y plantea que una decisión plenamente libre no es simplemente la que puedo hacer, sino aquella que asumo conscientemente y que puedo justificar como algo bueno.

En ese contexto, el ejemplo me pareció muy acertado porque aterriza la filosofía en la vida diaria. Me hizo pensar que decisiones como actuar con honestidad, cumplir compromisos, pensar en los demás o asumir responsabilidades no son límites a la libertad, sino expresiones de una libertad mejor entendida.

Y creo que eso fue lo que más me marcó de todo el libro, porque cuestiona una idea muy común hoy. Muchas veces se entiende la libertad como hacer lo que uno quiera sin vínculos ni obligaciones, mientras que el libro propone que ser libre es decidir con conciencia. Y, honestamente esa idea me cambió la manera de pensar este tema.

También esta carta me pareció muy llamativa porque conecta con otra reflexión del libro que me llamó la atención: la crítica al individualismo. Vivimos en una cultura donde constantemente se nos enseña a pensar primero en nosotros mismos, en competir, destacar y perseguir metas personales. El libro cuestiona esa visión al proponer que una vida humana plena no puede pensarse aislada de los demás.

Eso me gustó porque no es una crítica superficial; tiene el argumento sólido de que si somos seres que vivimos en relación con otros, entonces no podemos entender la vida solo desde el “yo”, sino también desde el “nosotros”. Y esa idea me hizo pensar mucho en ti, porque siento que muchas cosas que me has enseñado tienen que ver con eso: pensar en los demás, no vivir solo desde el interés propio y entender que hay responsabilidades compartidas.

Otra razón por la que me gustó tanto este libro es que no pretende imponer respuestas absolutas. No es un libro dogmático; más bien, invita al diálogo. Está escrito en cartas, como una conversación honesta, y eso hace que las ideas se sientan vivas. Sentí que los autores no buscan decirle al lector qué pensar, sino provocarlo a pensar por sí mismo.

Y eso me pareció una gran virtud, porque una buena lectura no es solo la que informa, sino la que transforma la manera en que uno mira las cosas. A mí me pasó eso con este libro: no lo sentí como algo que simplemente terminé de leer, sino como algo que me siguió haciendo preguntas después.

Si tuviera que resumir por qué te lo recomiendo, diría que este libro me hizo entender que pensar la vida no es algo separado de vivir, sino parte de vivir bien. Eso me parece una idea profundamente valiosa, especialmente en una época donde todo nos empuja a la rapidez y la distracción.

Por eso quise invitarte a leerlo. Creo que te gustará, porque no habla de problemas lejanos, sino de preguntas humanas que todos tenemos: el sentido de la vida, la libertad, la comunidad, el sufrimiento y la dignidad. Son preguntas que atraviesan cualquier vida.

Además, me gustaría que lo leyeras porque siento que sería muy bonito platicarlo contigo y posteriormente compartir opiniones.

Gracias también porque, pensándolo bien, muchas de estas preguntas me interesan quizá porque desde siempre me enseñaste a no aceptar las cosas sin pensarlas, a preguntarme por lo que es correcto y por lo que vale la pena. Tal vez por eso este libro me interesó tanto.

Ojalá lo puedas leer en un tiempo próximo. Estoy segura de que te dejará pensando, como me pasó a mí, y me encantaría escuchar lo que más te llamó la atención a ti.

Con mucho cariño,

Tu hija Mariela.

Carta 2: Yoshi Fernanda Álvarez López

Querida mamá:

Espero que estés muy bien. Quise escribirte esta carta con calma porque hay algo importante que quiero compartir contigo. Hace poco leí un libro que, sinceramente, me dejó pensando mucho más de lo que esperaba, y no quería quedarme con esas ideas solo para mí. Más que nada, me dieron ganas de platicarlas contigo, porque siento que eres una de las personas con las que más vale la pena reflexionar este tipo de cosas.

El libro trata sobre cómo pensar la vida desde una perspectiva filosófica, pero no en el sentido complicado o académico que normalmente imaginamos cuando escuchamos la palabra “filosofía”. Al contrario, lo que propone es algo mucho más cercano: detenernos a pensar en nuestra propia vida, en lo que hacemos todos los días, en lo que sentimos, en lo que creemos importante y en lo que muchas veces damos por hecho sin cuestionarlo.

Lo primero que me llamó mucho la atención es la idea de que vivimos demasiado rápido. El texto insiste en que estamos constantemente ocupados, distraídos o enfocados en lo inmediato: tareas, pendientes, preocupaciones, redes sociales, entretenimiento, etc. Y, en medio de todo eso, dejamos de hacernos preguntas importantes. Vivimos, pero no reflexionamos sobre lo que estamos viviendo. Esto me hizo pensar mucho, porque creo que es algo que nos pasa a todos, incluso a mí.

A veces creemos que pensar en la vida es algo innecesario o incluso incómodo, porque implica cuestionarnos cosas que no siempre tienen respuestas fáciles. Pero el libro plantea que justamente ahí está el valor: en atrevernos a pensar, aunque eso nos saque de nuestra zona de confort.

Me gustó mucho esa idea porque rompe con la idea de que lo importante es solo hacer cosas. Aquí se propone que también es importante detenernos y entender por qué las hacemos.

Otra cosa que me impactó bastante es que el libro reconoce que la filosofía no tiene respuestas definitivas. De hecho, muchas veces genera más preguntas que respuestas. Y aunque al inicio eso puede parecer frustrante, en realidad es algo muy valioso, porque esas preguntas nos obligan a pensar por nosotros mismos y a no aceptar todo de manera automática.

Nos invitan a construir nuestro propio criterio, en lugar de simplemente seguir lo que otros dicen o lo que parece más fácil.

También se habla mucho de la fragilidad humana, de cómo somos seres limitados y vulnerables, y de cómo muchas veces tratamos de ocultar eso mediante distracciones o con una vida superficial. El libro menciona que vivimos rodeados de cosas que nos mantienen ocupados para no pensar demasiado: entretenimiento constante, preocupaciones triviales, incluso la necesidad de aparentar ciertas cosas frente a los demás. Todo eso, de alguna forma, nos aleja de enfrentarnos con nosotros mismos.

Y aquí viene algo que me pareció muy profundo: el texto propone que, en lugar de huir de esa fragilidad, deberíamos aceptarla. Porque es precisamente ahí donde podemos empezar a entender quiénes somos realmente. No desde una idea perfecta o idealizada, sino desde nuestra realidad, con nuestras dudas, errores y limitaciones.

Esa idea me hizo reflexionar bastante, porque creo que muchas veces intentamos ser algo que no somos, o evitamos pensar en lo que nos incomoda.

Otra parte que me gustó mucho es la forma en la que está escrito el libro. No es un texto típico lleno de conceptos difíciles, sino que está construido como un intercambio de cartas entre dos personas. Eso lo hace más cercano, más humano. Se siente como una conversación honesta, donde ambos autores comparten sus dudas, sus ideas, incluso sus desacuerdos. Eso me hizo darme cuenta de que pensar no es algo perfecto ni ordenado, sino algo que se construye poco a poco.

Además, el libro toca temas que me parecieron muy interesantes, como el sentido de la vida, la importancia del amor, la relación entre el individuo y la comunidad, e incluso cómo influye la sociedad en la forma en la que pensamos. Por ejemplo, critica mucho el individualismo actual, esa idea de que cada quien solo debe preocuparse por sí mismo. En cambio, propone que somos seres que necesitan de los demás, que el sentido de la vida también se construye en relación con otras personas.

Esa parte me hizo pensar mucho en la familia, en ti y en todo lo que hemos vivido. Porque al final, muchas de las cosas que le dan sentido a la vida no tienen que ver con logros o cosas materiales, sino con las relaciones que construimos, con el apoyo, el cariño y los momentos que compartimos.

También me hizo reflexionar sobre algo importante: pensar la vida no es algo exclusivo de filósofos o expertos. Todos, en algún momento, nos hacemos preguntas importantes: ¿qué quiero hacer con mi vida?, ¿qué es lo realmente valioso?, ¿estoy tomando buenas decisiones?, ¿soy feliz? El libro dice que esas preguntas son parte de nuestra naturaleza, y que ignorarlas solo nos lleva a vivir de forma más superficial.

Por eso quiero invitarte a leer este libro. No porque tenga todas las respuestas, sino porque creo que puede ser una experiencia muy interesante para reflexionar. Siento que es de esos textos que no solo se leen, sino que se piensan. Que te dejan con ideas dando vueltas en la cabeza, y que incluso pueden cambiar un poco la forma en la que ves las cosas.

Además, me gustaría mucho poder platicarlo contigo, saber qué opinas, qué partes te llaman más la atención, con qué estás de acuerdo o en desacuerdo. Creo que sería algo bonito, porque no solo sería leer un libro, sino compartir una reflexión juntas.

En lo personal, después de leerlo, me quedé con una idea muy clara: vale la pena detenerse a pensar, aunque sea incómodo y aunque no tengamos todas las respuestas. Porque, al final, entender un poco más nuestra vida, nuestras decisiones y lo que realmente importa, puede hacer una gran diferencia.

Te escribo esto con mucho cariño porque realmente me gustaría que lo leyeras y pudiéramos compartir este tipo de reflexiones. Siento que son cosas que ayudan a crecer, no solo en lo personal, sino también en la forma en la que vemos a los demás y al mundo.

Te quiero mucho y gracias por siempre estar ahí.

Con cariño,

Tu hija Fer.