Vivimos en una nueva era de guerras. Si hace un par de décadas parecía que las guerras entre Estados se volvían poco a poco cosa del pasado, ahora volvemos a sufrirlas. Rusia invade y bombardea sin piedad a Ucrania; Estados Unidos e Israel bombardean a Irán; China no oculta sus ambiciones sobre Taiwán. Europa se prepara para una escalada frente a las agresiones de Rusia y se rearma a toda prisa. Estados Unidos emprende una guerra para la que no se preparó y ataca indirectamente los intereses de su mayor rival, China.
Pero, ¿por qué estallan estos conflictos entre Estados? ¿Cuál es su motor? ¿Se trata de ideología, poder o simplemente de ganar grandes sumas de dinero o de territorio? Analizaremos ahora qué relación existe entre los intereses económicos y el interés de los Estados que los impulsa a la guerra; también, nos preguntaremos por qué esto generalmente tiene consecuencias negativas precisamente en la economía.
Todas estas guerras que hemos mencionado pueden ser catalogadas como “guerras mundiales”, debido al alcance de sus repercusiones. De hecho, muchos conflictos desde las guerras napoleónicas pueden ser considerados como guerras mundiales. Un ejemplo claro es la guerra de Ucrania: en ella están envueltas muchas potencias mundiales, incluyendo a todas las potencias nucleares del mundo. En efecto: Francia y el Reino Unido apoyan a Ucrania con armas, adiestramiento y recursos de todo tipo; China y Corea del Norte están con Rusia; y los Estados Unidos apoyaban primero a Ucrania y, aunque lo siguen haciendo con un perfil menor, ahora su presidente no deja oportunidad de dejar clara su inclinación por Vladimir Putin.
En el caso de la guerra en Irán, también encontramos allí cómo muchas grandes potencias militares se encuentran involucradas directa o indirectamente en el conflicto: Israel, Estados Unidos, Irán, China y Rusia. Esto quiere decir que hay conflictos en los que las grandes potencias participan de manera activa y directa, mientras que hay otros en los que actúan por medio de “proxis” o representantes.
Hoy en día, la única potencia global que existe es Estados Unidos, pues goza de un predominio mundial en aspectos como la política, las finanzas, la tecnología, las fuerzas armadas y la cultura. Es, además, el “hegemón” militar indiscutible. Digamos aquí que un hegemón es el actor —generalmente un Estado— que ejerce una supremacía o posición dominante sobre otros en el sistema político internacional. El vocablo proviene del griego hēgemṓn ("guía" o "líder"). Su uso más común actualmente se presenta en el estudio de las relaciones internacionales para describir a la superpotencia que impone su orden y visión de las cosas a los demás países.
Históricamente, sólo ha habido una potencia global que lo sigue siendo: Estados Unidos. Las demás pueden ser catalogadas, por ejemplo, como superpotencias, tal como lo fue la Unión Soviética durante la Guerra Fría. En la actualidad, por el contrario, la Federación Rusa es solamente una potencia nuclear, pero ya no es una superpotencia ni militar ni económica. Europa tampoco es una superpotencia militar; económicamente sí que lo es, pero no en el ámbito militar. Por su parte, China es una superpotencia tanto en temas militares como económicos.
Lo que estamos observando en la actualidad en los escenarios internacionales, es el choque entre dos visiones, entre dos cosmogonías. Por un lado, están los Estados o actores a los que podemos llamar quasi liberales, que siguen con más o menos rigor el llamado “principio de Westfalia”, es decir, que considera a los Estados como entes soberanos y esencialmente iguales entre sí. A este sistema de orden mundial se opone otro, representado por Estados o actores autoritarios que ven al mundo como un conjunto de Estados que no son iguales entre sí, sino que hay diferentes clases de Estados.
Bajo esta visión —que caracteriza a Rusia, por ejemplo—, las autodenominadas “grandes potencias” son las que tienen el derecho de determinar el curso de la historia y pueden apoderarse de otros Estados a los que ven como vasallos. Por supuesto que estas dos visiones no existen en estado “químicamente puro”, pues, por ejemplo, tenemos a los Estados Unidos, que en principio podríamos colocar en el primer grupo, pero que ahora está bajo el gobierno de un autócrata, que se guía bajo la visión del segundo grupo de países que hemos anotado.
El choque entre ambas categorías de Estados se lleva a cabo en diversos escenarios, incluyendo, lamentablemente, el ámbito militar.
Este choque en el campo de batalla lo identificamos con el concepto de “guerra”, por lo que ahora queremos preguntarnos si para que una guerra estalle es necesario indagar por causas económicas que la hayan provocado, de acuerdo a la divisa “Follow the money”. Si revisamos la historia de la humanidad, podemos, en efecto, encontrar conflictos bélicos que han tenido lugar por motivaciones económicas o de ambiciones materiales, como las ganancias territoriales o de recursos naturales. Así, una parte de las explicaciones de la invasión alemana a la URSS en la Segunda Guerra Mundial tiene que ver con ambiciones materiales (apoderarse de las fuentes petroleras en el Cáucaso, por ejemplo), al igual que la conquista del señorío azteca por parte de las huestes hispano-indígenas de Cortés.
En ambos ejemplos, empero, hay otras motivaciones que debemos considerar también, como las ideológicas en el caso de Hitler para invadir a la Unión Soviética o las que tienen que ver con las ambiciones de gloria militar y los deseos de proclamar el Evangelio en el caso de los conquistadores castellanos del siglo XVI.
Sin embargo, hay otros ejemplos de guerras que han sido emprendidas con criterios totalmente irracionales, al menos desde la óptica de la economía, es decir, estas guerras han consumido y destruido una ingente cantidad de recursos, de material, de vidas humanas, etc., de tal forma que al final, quienes las iniciaron se encuentran en una situación peor que al principio, a tal grado que incluso puede perderse el poder político. Esto le pasó, por ejemplo, a Pirro, rey de Epiro, quien en el siglo III a.C. se enfrentó a los romanos en la batalla de Ásculo. Si bien los derrotó, sufrió tal cantidad de devastadoras pérdidas, que se dice que exclamó: “Otra victoria como esta y estoy perdido”. Y, en efecto, acabó perdiendo su reino. Es decir: la victoria equivalió, prácticamente, a una derrota.
Un ejemplo moderno de esta “experiencia pírrica” es la invasión rusa a Ucrania. Si analizamos la cantidad de recursos económicos, materiales, personales y militares que el Kremlin ha invertido y sacrificado en esta “operación militar especial” desde hace ya cuatro años siempre con la vaga esperanza de que “todavía podemos aguantar más”, nos daremos cuenta de que se trata de una guerra totalmente irracional, pero de la que Putin ya no puede salirse fácilmente por el enorme costo político interno y externo que eso significaría. De todas maneras, la economía rusa está al borde, literalmente, del colapso.
Es un fenómeno parecido al de una persona sin experiencia en asuntos bursátiles y que invierte todo su capital en una aventura en la bolsa de valores; pierde, se asusta, pero sigue invirtiendo en la creencia de que pronto se recuperará, pero sigue perdiendo y, conforme pasa el tiempo, se le dificulta cada vez más salirse del embrollo. En el mismo dilema, en la misma trampa se encuentra Donald I en Irán, por cierto, cosa que ya hemos discutido en este espacio en anteriores entregas. Putin sigue enfrascado en la guerra, esperando que Ucrania colapse, sin ver que es más probable que colapse Rusia. En los últimos meses, por ejemplo, la iniciativa militar está de nuevo en manos ucranias; ya son más drones ucranios los que atacan a Rusia que los drones rusos que entran a territorio de Ucranio; ya mueren mensualmente más soldados rusos que los que se reclutan; los ucranianos han incluso recuperado más territorio que en los últimos tres años.
En febrero, Rusia se apoderó de 3 km² (sí, tres); en marzo fueron 9 y 40 en mayo, pero en este último mes perdieron 281 km² a manos de Ucrania. Así que esperar a que colapse el enemigo antes que uno mismo no es una forma de actuar económicamente muy racional.
Hay otro tipo de guerras: las que se emprenden no por aspectos económicos, sino ideológicos o de visión del mundo. La Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, estalló por eso: la creencia en la superioridad racial aria, de parte de Hitler; su convencimiento de la necesidad de un “espacio vital” (Lebensraum) a costa de los demás países y naciones; su desprecio por los pueblos eslavos, a quienes veía como inferiores y su convicción de la superioridad del nacionalsocialismo frente al comunismo soviético y al capitalismo occidental. De parte de los fascistas italianos también podemos encontrar motivos para involucrarse en la guerra contra Estados, naciones y actores con una visión de las cosas distinta. Obviamente, como señalamos arriba, estas razones no las encontramos en estado puro, sino que se combinan con otras de diferente carácter.
En el caso de la guerra contra Irán, no están claras las razones “económicas” de Donald Trump para involucrarse en el conflicto. No queremos decir que no las haya, sino que no sabemos qué tan arriba estén en la lista de motivaciones que empujaron a Donald I a apoyar activamente a Israel. Recordemos que los Estados Unidos eran, hasta más o menos 2015, importadores netos de petróleo; ahora ya son exportadores netos. Tanto en junio del año pasado, con la guerra de los doce días, como ahora en febrero, Donald Trump pudo haber dejado solos a los israelíes, pero de alguna manera se dejó convencer.
Lo que parece que no comprende (entre otras muchas cosas) es que las guerras son un fenómeno sumamente complejo del que es muy difícil salirse una vez que se ha enredado uno en una de ellas. Si una guerra no se planea bien, si se carece de información fidedigna de inteligencia y, si se desconoce la naturaleza del régimen político al que habrá que enfrentarse, entonces se trata de una inversión sumamente arriesgada en la que el tiro puede salir por la culata. En esto, Trump y Putin han caído en la misma trampa.










