El alcance de la ciencia y el problema del hombre (II)
09/06/2026
Autor: Juan José Blázquez Ortega
Cargo: Profesor de la Facultad de Filosofía

La ciencia ha entrado en la historia y en la cultura como un ingrediente elemental. De manera efectiva, ha transformado el mundo físico y el de las relaciones humanas. Su potencial, respecto de los beneficios, así como de los riesgos y amenazas que genera, ha aumentado exponencialmente debido a la tecnología, hasta incluso hacernos pensar en su dominio sobre los seres humanos.

Sin embargo, además de esta cuestión tan importante, hay algo más fundamental de base que nos permitiría formar un criterio adecuado de valoración de la misma y que es la imagen de humanidad que provee la ciencia. A menudo, se intenta imponer o difundir sin una crítica suficiente.

Esto es lo que alimenta las actitudes y respuestas —a las que me refería en la entrega pasada—, respecto de los fenómenos actuales de rechazo y alejamiento hacia la ciencia, por un lado, y, por el otro, el de la pseudociencia, cuya mentalidad, en no pocas ocasiones, parece sustituir a la ciencia misma. Más aún cuando esta, incluso, parece defenderse en exceso, adoptando a veces inadvertidamente, la forma de una ideología.

La cuestión posmoderna, que ha sometido a la sospecha todo lo que proviene de la razón y del hombre moderno debido a su distorsión y a sus excesos, es un componente cultural, si no pensado y asumido reflexivamente, sí vivido y heredado en muchos aspectos, que ha hecho de la ciencia una figura paradigmática de la pretensión humana de control y sometimiento, así como la raíz de muchos males que amenazan con ser incontrolables.

No se le quiere o valora positivamente porque, en paralelo, parece servir a la “abolición del hombre” (Carl S. Lewis) y de su libertad, cuando solo expresa una voluntad de poder o dominio sobre otros. La naturaleza de la ciencia, según esta concepción, asumida paradójicamente en un inicio de su historia como liberadora del ser humano y fuente de un progreso tan exitoso como ciego, generó una visión determinista y, por tanto, manipulable de la naturaleza humana que ahora se rechaza.

Además de este sentimiento de desconfianza y huida que aquella cuestión ha provocado, aparece conjuntamente otra actitud relativista y escéptica que, sin embargo, al margen o a la par (sic), inclina sus expectativas hacia una nueva “tercera cultura”. Esta tendencia nos hace interesarnos exclusivamente por el poder tecnológico y comercial de los productos de la ciencia, como una especie de fuga de la capacidad racional porque no se cree ya realmente en la posibilidad y el valor de alcanzar particularmente la verdad teórica, aunque se acepten gustosamente los bienes de consumo que proceden del saber que se piensa sólo de manera instrumental, sin preocuparse de conocer por qué es posible alcanzarlo.

Esta postura nos lleva a asumir también, en consecuencia, que la naturaleza humana sea una incógnita de la que empero, haya que cuidar, disfrutar o modificar según este nuevo utilitarismo tecno-científico, pragmático y hedonista.

En el otro extremo, paradójico por igual si se quiere —respecto de la inicial visión optimista de la ciencia—, no sin dejar de producir perplejidad, es el fenómeno de adopción de creencias pseudo-científicas, remedo con apariencia de verosímil de las más variadas persuasiones que incorporan de manera no solo ecléctica, sino a veces de manera contradictoria y en muy diverso grado conocimientos científicos y tecnológicos como supuesto sostén de ellas.

Desde la medicina esotérica hasta la ufología o desde la psicología astrológica hasta las teorías de la conspiración, sin olvidar la mística cuántica, etcétera, tal parece que se tiene hambre y sed de un sentido mágico que llene existencialmente el vacío que deja la increencia en la racionalidad (y en la religión), para poder vivir dichoso. Aquí, ni siquiera importa la pregunta radical sobre el hombre, pues se huye de la verdad crítica donde sólo existe espacio para la credulidad. Esto supone una desconfianza de la razón, pero también del hombre (y de Dios).

Sin embargo, esto engloba no solamente la charlatanería caracterizada por la falta de rigor científico y de evidencias contrastables experimental o experiencialmente, sino también a aquellas ideologías que se nutren de conocimientos altamente especializados, pero que, más bien, exceden las exigencias metodológicas de la ciencia, como es el caso del transhumanismo o del posthumanismo construidos de sueños fantasiosos sobre el poder científico y tecnológico que, pese a algunos logros tangibles y ciertamente espectaculares se alimentan más de pretensión que de sustento.

En este caso, la mentalidad asumida no está exenta de espíritu mágico y místico por igual, después del abandono metafísico de la verdad.

Por último, hay también otra posición y actitud, por lo demás consuetudinaria con la que los científicos responden a estas situaciones y, que a pesar de acertar en las expectativas connaturales a la racionalidad científica, la sobrevaloran negando todo crédito a cualquier otro tipo de saber que no sea el de la ciencia, asumiendo una autoridad —epistémica y moral— que no posee, transformándose en una ideología (dejando así de ser ciencia, sic), pretendiendo además imponerse de manera insensata en ámbitos que no son de su competencia, particularmente, al referirse a las realidades espirituales que por naturaleza y razón de método le son inalcanzables.

A esto es a lo que llamamos cientificismo. Hoy en día, acompañado de un naturalismo que reduce enfoques y realidades a los que son de exclusiva competencia de la ciencia, acabando de estrechar lazos con posiciones materialistas y antirreligiosas. Es, con frecuencia, este naturalismo reduccionista el que sirve de base para una visión del hombre carente de sentido y sin trascendencia, del cual se piensa que puede explicarse simplemente con átomos, genes, simulaciones informáticas, con diferentes determinismos, o aun indeterminismos naturales, etc., extrapolando los criterios científicos a los metafísicos y religiosos, más allá de lo que su legítima autonomía le permite.

Todo esto hace pensar que tras la ciencia, también hay interpretaciones, las más de las veces filosóficas, que tienen que someterse a una honesta crítica racional, antes de apresurarse a asumir tesis gratuitas, sin darse a la tarea de reconocer los presupuestos que tales interpretaciones contienen.

De no hacerlo, se genera y fomenta una mentalidad que perjudica, en último término, a la ciencia y al hombre, especialmente en el terreno de la acción y en el de las relaciones humanas; primero por la confusión y, luego, por la equivocación con la que abordamos los problemas comunes que nos aquejan a todos como humanidad, algunos agudamente, como lo constatamos hoy.