Lo primero que podemos decir respecto a este tema es que existe una gran cantidad de razones legítimas por las que alguien decide estudiar un doctorado. Alguien, por ejemplo, podría estudiarlo por razones económicas, advirtiendo que, hablando al menos estadísticamente, quien tiene un doctorado tiene mayores posibilidades de tener un sueldo mejor.
Según las estimaciones del INEGI, por ejemplo, alguien con estudio de posgrado en México podría ganar entre $24,500 y $35,000 MXN, mientras que alguien que cuenta solo con licenciatura estaría ganando entre los $11,800 y los $16,600 MXN. Claro que, al tratarse únicamente de estadísticas, podría ocurrir que alguien con licenciatura gane más que alguien con doctorado, o incluso que alguien con bachillerato gane muchísimo más de lo estimado. Un senador, por ejemplo, puede no tener estudios y ganar muchísimo más que un docente.
Pero al menos estadísticamente hablando, estas estimaciones nos podrían dar una idea de cuál es el promedio de lo que gana alguien dependiendo de su grado de estudios.
Y así como esta razón económica, alguien más podría dar otra serie de razones de diversa índole, incluyendo motivos como el crecimiento personal, la búsqueda del reconocimiento, etc. No cabe duda de que muchas de esas razones son realmente legítimas, pero me gustaría centrarme en dos razones que, a mi parecer, tienen mucho mayor peso existencial, si me permiten el término, y, por supuesto, una mayor trascendencia.
Me refiero tanto al papel central que tiene la búsqueda sincera de la verdad en nuestra vida como a la necesidad de reivindicar y defender la verdad frente a una sociedad que tiende cada vez más a la posverdad, al relativismo y, en algunos casos, al fundamentalismo.
En cuanto a lo primero, conviene comenzar reparando en la etimología de la palabra “saber”, la cual proviene del latín sapere y tiene fundamentalmente dos acepciones. La primera tiene que ver con el “sabor”, esto es, con una cierta forma de percibir y degustar algo; mientras que la segunda se relaciona directamente con el acto de conocer.
Ambas acepciones, por más diferentes que sean, se encuentran estrechamente vinculadas, de modo que no es raro pensar o decir que el saber es algo que se saborea o que hagamos metáforas en las que se vincula una cosa con la otra. Decimos, por ejemplo, que alguien que lee mucho “devora libros”, o usamos metáforas relativas al sabor como cuando decimos que algo nos dejó “un mal sabor de boca”, etc.
Estas metáforas son del todo sugerentes, ya que nos permiten hacer una cierta equiparación entre la alimentación, el saber, y el crecimiento.
Desde la antigua Grecia sabemos que la alimentación tiene algo que ver con el crecimiento. Los griegos creían, por ejemplo, que el crecimiento del cabello y de las uñas se debía a que en los alimentos había pequeños fragmentos de cabello y uñas, de manera que, al comer, también ingeríamos esos fragmentos y eso explicaba su crecimiento.
Actualmente contamos con explicaciones mucho más elaboradas que nos permiten disfrutar de nuestros alimentos a sabiendas de que no contienen pedazos ni de uñas ni de cabello. En cualquier caso, tenemos evidencia suficiente para decir que una correcta alimentación influye de manera decisiva en nuestro desarrollo, lo que implica que, así como hay comida que nos nutre y nos hace crecer, existen también ciertos alimentos que producen el efecto contrario, generando una malnutrición.
Tradicionalmente atribuimos esto último a lo solemos llamar “comida chatarra”, la cual puede derivar en ciertos efectos nocivos para la salud.
Pues bien, algo semejante ocurre con el saber, puesto que, así como el saber y el conocimiento nos nutren y nos hace crecer, de igual forma ocurre que hay cierta “comida chatarra” que, en lugar de hacernos crecer como personas, obstaculiza nuestro desarrollo personal.
Las fake news, por ejemplo, se caracterizan por generar desinformación, con todo lo que eso implica.
Un doctorado, en este sentido, nos brinda ciertas herramientas cognitivas y hábitos de investigación que nos permiten discernir de mejor forma cuándo estamos frente a un auténtico conocimiento y cuándo estamos frente a un timo. De ahí que estudiar un doctorado, sin ser la panacea —pues sabemos que los grados académicos no son fármacos contra la ingenuidad y la estupidez—, puede ser de gran utilidad frente al enorme caudal de información que nos llega todos los días.
Pensemos, por ejemplo, en la pandemia, una época en la que constantemente fuimos bombardeados por noticias, rumores y otro tipo de información, entre las cuales no había necesariamente coherencia.
Muchas de esas noticias eran totalmente contradictorias y muchas más carecían por completo de algún sustento científico que las respaldara.
¿Cuánta gente, por ejemplo, no sucumbió ante los efectos del dióxido de cloro, el cual era presentado por muchos medios como una medida milagrosa que evitaba el COVID? ¿Cuántos más no tomaron azitromicina, fuera por la recomendación de algún médico poco informado o por alguna otra recomendación, a sabiendas de que las autoridades de salud lo desaconsejaban por completo?
Todo esto para decir que, así como una correcta alimentación nutre nuestro cuerpo, una sana educación también se antoja como un tipo de alimento que nos hace crecer como personas.
Pero, así como la verdad nos nutre y nos hace crecer, advertimos, en relación con lo segundo, que nos encontramos en una sociedad que tolera la posverdad, el relativismo y, en algunos casos, ciertos tipos de fundamentalismo, como se aprecia en los populismos.
Asistimos a una época en la que, a pesar de tener una mayor accesibilidad a diversas fuentes confiables de información, tenemos altos índices de desinformación, donde la verdad es manipulada por diversos intereses.
No solo por intereses políticos, sino también por intereses económicos e ideológicos que pretenden usar el control de la información para manipular nuestras decisiones.
En un entorno semejante, se aprecia con mayor fuerza la necesidad de contar con gente más preparada que nos ayude a discernir este caudal absurdo de información que todos los días nos llega, en aras a tomar decisiones realmente informadas y no meramente manipuladas por otros.
Si bien es cierto lo que dice el refrán Quod natura non dat, Salamantica non praestat, es decir, que lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo otorga —o, dicho contemporáneamente, lo que la naturaleza no da (llámese: la inteligencia, la memoria, etc.), el doctorado no lo otorga—, también es cierto que los estudios de doctorado nos ofrecen una oportunidad única de desarrollar ciertos hábitos de estudio y de investigación que son fundamentales para el discernimiento.
Ya Aristóteles nos decía que la ciencia no solo es un grado de conocimiento más sofisticado, sino también, y prioritariamente, una virtud intelectual; es decir, un hábito que perfecciona nuestra naturaleza racional.
Como virtud intelectual, quien la posee tiene el hábito no solo de indagar, sino también de argumentar, de saber pedir y dar razones de lo que piensa o dice. Es el hábito que nos dispone a salir del ámbito de las meras apariencias, de los “pareceres”, para buscar explicaciones más profundas sobre la realidad.
Un hábito que, por cierto, se espera desarrollar de manera plena a lo largo del doctorado.
Finalmente, hemos de advertir a los lectores sobre algunos programas de doctorado que, lamentablemente, han renunciado por completo a todo esto, distorsionando su sentido originario.
Me refiero a todas aquellas instituciones que hacen, por ejemplo, programas ejecutivos que responden más a criterios mercantiles y que se desentienden, por lo mismo, de la formación auténtica de sus estudiantes.
Cuando esto pasa, esas pseudo-universidades, si me permiten el término, se vuelven meras fábricas de títulos que no garantizan ningún tipo de formación real.
Al elegir un doctorado es fundamental buscar una institución que se asuma genuinamente bajo el ideal de la universitas, cuya principal vocación reside en la búsqueda sincera de la verdad.
Sin esto, el título que tendrás no sólo carecerá de valor genuino, sino que también te verás privado de todo lo anterior, especialmente del crecimiento personal y profesional.










