En nuestra más reciente colaboración, tal como lo recordarán nuestros cuatro fieles y amables lectores, dueños todos ellos de una memoria prodigiosa y de una modestia ejemplar, hemos estado dibujando las relaciones que existen entre la economía y la guerra.
Al final, hemos esbozado los riesgos que entraña el error craso de no planear bien una guerra, de lanzarse a ella sin la información de inteligencia adecuada, de emprenderla con un exceso de optimismo y de desprecio al adversario. Cuando esto ocurre y las cosas salen mal, en lugar de obtener las ganancias anheladas —del tipo que fuesen—, hay que invertir más y más recursos, que una guerra consume con una voracidad inigualable, por lo que el peligro de perder el control de los acontecimientos aumenta día con día.
De pronto, quien ha cometido tal equivocación obtiene exactamente lo contrario de lo que esperaba, como es el caso de Trump en Irán y de Putin en Ucrania.
En el caso de los militares, el problema es que su ventana de oportunidades en el caso del estallido de las hostilidades es realmente pequeña. Los rusos pensaban que, en cosa de cuatro días, habrían doblegado a Ucrania, capturado a su gobierno e instaurado a un grupo de títeres en Kiev. En el caso de Trump y de su cómplice, el impresentable Netanyahu, pensaron que con descabezar al gobierno iraní todo sería “coser y cantar”.
Cuando se dieron cuenta, la ventana de oportunidades ya se había cerrado. Y esto no se debe a malos cálculos económicos, sino a malos cálculos políticos, militares y de inteligencia. Empezar un conflicto bélico armado con especulaciones es, en verdad, un mal negocio.
Las guerras son un fenómeno sumamente complejo, en el que confluyen diversos factores causales. Tomemos, por ejemplo, el caso de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648): si bien comenzó por causas mayoritariamente religiosas internas, acabó predominando el factor político externo. Es por eso que la gran ganadora de ese conflicto fue Francia, actor que no estuvo presente al inicio de la guerra.
En otro ejemplo, el de la conquista de Mexico-Tenochtitlan, es verdad que a la mayoría de los castellanos participantes los movía el ansia de la ganancia económica (recordemos que la conquista fue, en principio, una aventura privada, es decir, solventada con medios particulares), pero la inmensa mayoría de las huestes de Cortés estaba conformada por pueblos indígenas, movidos sobre todo por el deseo de venganza contra los odiados aztecas.
Así que a la misma guerra pueden volcarse actores con diferentes objetivos, como ambos ejemplos ilustran claramente.
En el caso de la invasión rusa a Ucrania, un objetivo económico entre muchos otros puede ser el de acabar con un competidor muy fuerte en los mercados de productos agrícolas, como maíz, girasol y trigo; es decir, Putin buscaba precisamente acabar con la competencia ucrania en los mercados de África y del Medio Oriente, apoderándose de sus extensos campos de cultivo.
Lamentablemente para el tirano del Kremlin, se le atravesaron dos grandes obstáculos: no ha podido apoderarse de dichas tierras en su totalidad y, además, su Flota del Mar Negro, diezmada, no se atreve a salir de sus puertos ante la amenaza que representan los drones navales ucranios, así que no está ya en condiciones de proteger sus propios envíos de trigo ni de asaltar y apoderarse de los cargueros de Ucrania con rumbo a África.
La pregunta lógica ante casos como los de Trump en Irán o Putin en Ucrania, en donde evidentemente los objetivos trazados al principio cada día están más lejanos, reza: ¿por qué no suspenden el esfuerzo bélico? Es decir: ¿por qué no se salen?
Si ya se han invertido tantísimo dinero, tantísimos recursos y tantas vidas (sobre todo en Ucrania), ¿no es económicamente un sinsentido persistir en la guerra?
Aquí es donde aparece un fenómeno interesante: el primado de la política. Esto quiere decir que la esfera de la política goza de prioridad frente a otras esferas sociales, como la economía o la milicia.
Si después de tantos esfuerzos y pérdidas en una aventura militar, un líder político simplemente dice: “Bueno, lo intentamos, pero no resultó. ¡Nos vamos de regreso a casa!”, lo más seguro es que políticamente sea despedazado en su país, a menos que se trate de un dictador como Putin y de un pueblo políticamente apagado, como el ruso.
Este primado de la política explica la famosa frase del estratega prusiano Claus von Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política, con otros medios”.
Así que la lección es que, una vez adentro, la guerra se puede convertir en un enorme hoyo del que cada vez es más difícil salir, lo que consume una cantidad gigantesca de recursos de todo tipo.
Eso explica la situación lamentable de la economía rusa, sacrificada en aras del objetivo político de la invasión a Ucrania, y la creciente presión política que sufre Trump en su propio país, debido a la inflación provocada por la guerra desatada por él y su compinche Netanyahu en Irán.
Un fenómeno que va acoplado a esta imposibilidad creciente de salir del círculo vicioso “guerra–inyección de recursos-guerra” es que se tiene la percepción de que la guerra provoca que la economía de una nación crezca, pues hay que producir más armas, más municiones, más avituallamiento, etc.
Aquí hay que señalar que las guerras no son eventos que favorezcan necesariamente a largo plazo a las economías, pues las guerras echan a andar lo que se llama “producción negativa”: la producción de bienes destinados a ser destruidos.
Además, se recluta y capacita a personas que serán enviadas al frente, en donde muchas de ellas morirán, por lo que ya no estarán disponibles para trabajar en la economía cuando termine la guerra.
¿Por qué, entonces, los países en guerra siguen alimentando esta espiral suicida?
Hay generalmente dos explicaciones para esto. Una, como ya hemos dicho, es la imposibilidad de abandonar las hostilidades una vez que uno se ha dejado llevar por el optimismo, por lo que los líderes piensan que la guerra llegará pronto a su fin.
La otra razón es porque la economía, volcada a la guerra, despierta la ilusión de que las sanciones de los adversarios no tienen un efecto serio, que la economía está boyante, que hay pleno empleo, etc.
Pero el problema se recrudece si los gobiernos empiezan, por necesidad, a bombear recursos de las reservas hacia la producción negativa, pues entonces entramos en una dinámica de consumo acelerado de recursos y de depreciación de la moneda.
Para el país invadido o agredido puede resultar un fenómeno contrario, como vemos ahora en Ucrania. Después de cuatro años de guerra (ya duró más que la Primera Guerra Mundial, por ejemplo), otros países voltean a ver, asombrados de que aún exista Ucrania, y se preguntan: ¿cómo funciona su sistema de defensa antiaérea, sus sistemas de comunicación militar, su producción de armas y la guerra de drones? ¿Cómo ha desarrollado Ucrania la forma de hacer la guerra mediante la combinación de diferentes sistemas de armas?
De ahí que muchos países del Medio Oriente —sobre todo en la región del Golfo Pérsico— hayan acudido a Ucrania en busca de asesoría y apoyo para la defensa militar ante los ataques de Irán.
Es decir, el país invadido se convierte en un país innovador, un país que, buscando la supervivencia, ha desarrollado sus capacidades propias de defensa.
Podemos concluir, entonces, que las consecuencias de una guerra serán catastróficas si esta se se planea dejándose llevar por deseos alejados de la realidad y por un exceso de optimismo. También dependerán de la capacidad de innovación y de saber aprovechar la oportunidad de desarrollar una tecnología propia.
Las guerras, en realidad, significan destrucción antes que progreso; económicamente, por lo tanto, no son un buen negocio, por lo menos no para grandes grupos de población y para países enteros, aun cuando puedan salir triunfadores de la conflagración.
La guerra y la economía están estrechamente ligadas: las guerras consumen enormes recursos financieros, destruyen la capacidad productiva y alteran los mercados, mientras que la fortaleza económica suele ser un requisito indispensable para financiar los conflictos.
Históricamente y en la actualidad, estas relaciones se pueden resumir en varios puntos clave:
1) Financiación y deuda pública: las guerras requieren un gasto público masivo en armamento, personal de tropa e infraestructura. Los Estados suelen financiarlo mediante aumentos de impuestos, la liquidación de activos o altos niveles de endeudamiento.
2) Transición a una economía de guerra: en los países en conflicto, la industria suele reorganizarse centralmente. La producción de bienes de consumo civil se reduce en favor de la producción de armamento.
3) Destrucción y pérdida de prosperidad: las zonas de guerra sufren graves pérdidas económicas. La destrucción de fábricas, la interrupción de las cadenas de suministro y la escasez de mano de obra (debido al reclutamiento y las bajas) provocan escasez, inflación y un deterioro del nivel de vida.
4) Guerra económica: hoy en día, los conflictos se libran no solo militarmente, sino también por medios económicos. Estos incluyen embargos, exclusión de los sistemas de pago internacionales, sanciones a las materias primas y congelación de activos.
5) Efectos indirectos globales: Las repercusiones rara vez se limitan a las partes en conflicto. El bloqueo de las exportaciones (por ejemplo, de cereales o energía) provoca fluctuaciones de precios a nivel mundial y perjudica a terceros países.










