La paternidad como vocación
22/06/2026
Autor: Óscar Trujillo Villafañe
Cargo: Director de Infraestructura y Operaciones

Querida comunidad:

El padre ha significado tanto en la historia del hombre, que es la palabra que hemos asociado a Dios, o es esta paternidad divina la que hemos asociado con aquel que engendra, da, y cuida la vida. Bueno, pues hoy nos reunimos para celebrar el Día del Padre como una oportunidad para reflexionar sobre una de las vocaciones más importantes y transformadoras que existen: la vocación de ser padre.

Al hablar de paternidad resulta inevitable dirigir nuestra mirada a San José.

¿Sabían que las investigaciones indican que José, y por ende Jesús, no eran carpinteros?

La única referencia en las escrituras sobre el oficio de José es en el Evangelio de Mateo, en el capítulo 13, cuando Jesús está contando que y=x2 y y=3x2 + 5x - 4 y otras por el estilo (o sea hablando parábolas), va a Nazaret a la sinagoga y, nos dice Mateo, “…maravillados decían ¿de dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿no es éste el hijo del carpintero? ¿no se llama su madre María?”. El Evangelio de Marcos, en el que probablemente se basa Mateo, en el capítulo 6 hace también referencia a ello pero hablando del propio Jesús “¿No es éste el carpintero, hijo de María?”. La palabra griega “Tekton” del texto original tendría la traducción de “artesano”, pero también de “constructor” o “carpintero”. Cuando la Biblia se tradujo al latín en el siglo IV (la Vulgata de San Jerónimo), el término griego tékton se tradujo como faber- artesano. Los Evangelios apócrifos lo llamaron incluso faber lignarius, o sea, obrero de la madera e incluso existe una tradición popularizada por San Josémaría Escrivá, según la cual San Isidoro de Sevilla (s. VII) habría considerado a San José como herrero, pero definitivamente a partir del siglo XIII se fue imponiendo cada vez más la interpretación de José como Carpintero.

Aparentemente, al traducirse la Biblia a los idiomas europeos modernos (alemán, inglés, francés, español), los traductores eligieron la palabra que mejor les representaba a un constructor humilde: carpintero. En la Europa medieval y renacentista, la madera era el material de construcción por excelencia y los traductores adaptaron el entorno de la Judea de piedra, donde los árboles son más bien escasos, al contexto de los grandes bosques europeos, pero resulta más probable que José, y por lógica Jesús, hayan sido trabajadores de la piedra. Nazaret se encontraba a tan solo cinco kilómetros de la antigua ciudad de Séforis, o Zippori, como se la conocía entonces, cercana a una cantera, y que durante el siglo I se desarrollaba rápidamente con un ambicioso proyecto de embellecimiento de Herodes Antipas, lo que habría requerido la ayuda de todos los tektones disponibles y capacitados de la zona, probablemente incluyendo a José. Quizá es por esto que Jesús utiliza referentes como “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” o “la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular”. Yo, como ingeniero civil, me inclino a creer que eran “constructores”, capaces de trabajar con los materiales que tenían a su alcance, piedra, metal y madera, para transformar su entorno y resolver los problemas a los que se enfrentaban.

Sin embargo, me gusta el José Carpintero, que la tradición cristiana ha conservado con especial cariño, y no por una interpretación lingüística reducida, sino por una profunda intuición espiritual. La madera ocupa un lugar único en la historia de la salvación: es la materia de la cruz, el instrumento mediante el cual Cristo realizó la obra más importante de toda la historia humana y si la cruz es el lugar donde el amor de Dios se manifestó plenamente, entonces aquel humilde taller de Nazaret representado en las obras de La Tour, Rembrandt, Murillo y muchos más, se convierte, a los ojos de la fe, en una discreta preparación para la obra más grande jamás realizada.

Regresando a nuestra celebración, no es importante si José trabajaba principalmente la piedra o la madera, porque su verdadera obra no fue una casa, un muro o un mueble. Su obra más importante fue ayudar a formar el corazón humano de Jesús, acompañarlo en su crecimiento, enseñarle el valor del trabajo, la responsabilidad, la oración y la confianza en Dios. Como padres, compartimos esa misma vocación. Como José, somos constructores y la construcción más importante no es la que queda levantada sobre la tierra, sino la que permanece en el alma de nuestros hijos.

En una época marcada por la incertidumbre, la prisa y los cambios constantes, necesitamos padres que también sepan trabajar la piedra y la madera, construir cimientos sólidos y, al mismo tiempo, enseñar con su ejemplo que el verdadero amor implica la cruz, la entrega. Padres que comprendan que educar no consiste solamente en proveer, sino también en estar presentes; no solamente en corregir, sino también en acompañar; no solamente en señalar el camino, sino en recorrerlo junto a sus hijos.

Esta celebración tiene también un significado especial para nosotros que trabajamos en UPAEP, pues ejercemos una forma de paternidad que va más allá de nuestros propios hogares. Cada día recibimos a miles de jóvenes que no son nuestros hijos, pero cuya formación nos ha sido confiada durante una etapa decisiva de sus vidas. Como profesores, directivos y colaboradores, participamos de una responsabilidad profundamente humana: ayudarles a descubrir la verdad, desarrollar sus talentos y encontrar el sentido de su vocación. Por supuesto, nunca sustituiremos a sus padres, ese lugar es único e irremplazable, pero una palabra oportuna, una exigencia bien planteada, una conversación inesperada o simplemente el ejemplo de una vida coherente dejan huellas que perduran durante años.

San José tampoco fue el padre biológico de Jesús, José fue Pepe, Pater Putativus, padre adoptivo. Su autoridad no provenía de la genética, sino de su amor, de su cuidado y de su disposición para ponerse al servicio del crecimiento de aquel que le había sido confiado. Cuando contribuimos a que un joven se convierta en un mejor profesionista, un mejor ciudadano, o un mejor ser humano, estamos participando, de alguna manera, de esa hermosa vocación de la paternidad espiritual.

A veces los padres cargamos con un peso que no nos corresponde completamente: atribuirnos todo lo bueno o todo lo malo que hacen los hijos. Cuando un hijo triunfa, podemos sentir la tentación de pensar que es exclusivamente fruto de nuestra educación. Cuando un hijo se equivoca, podemos creer que hemos fracasado como padres. Pero Dios no nos creó como máquinas programadas, sino como personas libres. Y esa libertad, uno de los dones más grandes que hemos recibido, también fue entregada a nuestros hijos. Incluso Dios, que es el Padre perfecto, experimenta el misterio de la libertad humana. Él nos muestra el camino, nos ofrece su gracia y su amor, pero no nos obliga a seguirlo. ¿Cómo podríamos entonces los padres terrenos esperar controlar cada decisión de nuestros hijos?

Parafraseando a Francisco, la misión de un padre no es garantizar resultados, sino sembrar con fidelidad. Sembrar valores, fe, ejemplos, hábitos y afecto. Algunas semillas darán fruto pronto; otras tardarán años; algunas parecerán perderse y, sin embargo, un día volverán a brotar de manera inesperada. El éxito de la paternidad no se mide por la perfección de los hijos, sino por la fidelidad con la que los padres cumplen su vocación. Lo demás pertenece al misterio de la libertad humana y a la acción silenciosa de Dios en cada corazón.

Antes de terminar, quisiera dirigir unas palabras a quienes quizá hoy no son las homenajeadas oficiales, pero cuya sola existencia hace posible lo que estamos celebrando: las madres. Ya lo dice el doctor Simi: “el día del padre no es igual que el día de la madre, es similar, pero más barato”. No se trata de una competencia ni de establecer jerarquías en el amor, pero sería difícil negar que las madres suelen llevar el peso cotidiano de la vida familiar. Son ellas quienes tantas veces sostienen cuando otros se cansan, recuerdan cuando otros olvidan, esperan cuando otros se desesperan y siguen creyendo cuando otros comienzan a dudar. Si José tuvo la misión de custodiar a Jesús, María tuvo la misión de llevarlo en su seno, alimentarlo, educarlo y acompañarlo hasta el pie de la cruz. Cuando un padre logra ser mejor padre, seguro es porque una madre estuvo allí ayudándolo a serlo.

Queridos papás UPAEP:

La sociedad necesita nuestro servicio. Nuestros jóvenes necesitan nuestra presencia. Nuestras familias necesitan nuestro testimonio. Que San José nos inspire a vivir una paternidad cercana, valiente y generosa recordando que las obras más grandes suelen realizarse en silencio. Que Dios nos conceda sabiduría para guiar, paciencia para acompañar y fortaleza para servir.

Muchas felicidades a todos los que tenemos la dicha de ser padres (biológicos, adoptivos y espirituales) y dobles si aún tenemos al nuestro con nosotros.

Muchas gracias.