El Logos, como buen Pedagogo, se encarga de gestionar y conducir nuestras costumbres, acciones y pasiones, sea como protréptico, consejero o consolador. Así, el Logos “arranca al hombre de sus costumbres naturales y mundanas, y el que, como pedagogo, lo conduce a la única salvación de la fe en Dios” (p. 30). Su función protréptica consiste en exhortarnos a la salvación y en producir “en el razonamiento la apetencia de vida, de la presente y de la futura” (p. 30).
Pero, dado que también actúa sucesivamente como terapeuta y consejero, que promete la cura de nuestras pasiones, podemos denominar al Logos como lo que realmente es: El Pedagogo. Es educador en cuanto que su fin no es teórico, sino práctico: “su objetivo es la mejora del alma, no la enseñanza, como guía que es de una vida virtuosa, no erudita” (p. 30). Mientras que el Maestro expone y revela las verdades dogmáticas, el Pedagogo exhorta, primero, “a llevar una vida moral, y nos invita a poner en práctica nuestros deberes dictando los preceptos que deben guardarse intactos y mostrando a los hombres del mañana el ejemplo de quienes han errado su camino” (p. 30).
Lo primero nos incita a imitar y elegir el bien; lo segundo, a rechazar los malos ejemplos, de lo cual se sigue la cura de las pasiones.
Así, el Pedagogo fortalece el alma con ejemplos que den consuelo. De esta forma, llenos de una cierta calidez, con sus preceptos, “cuida a los enfermos conduciéndoles hacia el perfecto conocimiento de la verdad” (p. 31).
La pedagogía es una medicina del alma que sana nuestras pasiones. Una vez sanadas nuestras pasiones, podemos acudir al maestro para que nos guíe “en la tarea de purificar nuestra alma para la adquisición del conocimiento y para que sea capaz de recibir la revelación del Logos. De esta manera, el Logos —que ama plenamente a los hombres—, solícito de que alcancemos gradualmente la salvación, realiza en nosotros un hermoso y eficaz programa educativo: primero, nos exhorta; luego nos educa como un pedagogo; finalmente, nos enseña” (p. 31).
Cristo, como Pedagogo, “es para nosotros modelo sin defecto”, razón por la cual “debemos procurar con todo empeño que nuestra alma se le parezca” (p. 31). Solo Él, libre de pasiones, es juez impecable: “nosotros, en cambio, debemos esforzarnos, en la medida que podamos, por pecar lo menos posible” (p. 31).
Hay que procurar alejarnos del pecado. Si bien el ideal es no cometer ni una sola falta, por más leve que sea, algo que es privativo de Dios, lo propio del sabio es no cometer ningún tipo de pecado deliberado, y de nosotros, en tercer lugar, el “no caer en demasiadas faltas involuntarias, lo que es propio de los que reciben una educación genuina” (p. 31). De ahí nos queda el proponernos “permanecer en el pecado el menor tiempo posible” (p. 31).
Es así que el Logos, en calidad de pedagogo, cure “las afecciones contra natura de nuestra alma” (p. 32), a través de sus exhortaciones: es la sabiduría la que cura al alma enferma, considerando al ser humano como una totalidad. “Considerando al hombre como su obra suprema, puso su alma bajo la dirección de la prudencia y la templanza y dotó al cuerpo de belleza y armonía. Y en las acciones humanas inspiró la rectitud y buen orden propio de ellas” (p. 33).
Dios no solo perdona nuestros pecados, sino que, además, “nos educa para no caer en ellos” (p. 33). Esto se debe a que Dios, en cuanto creó al hombre a su imagen, lo hizo “digno de elección por sí mismo” y, en razón de esto mismo, “digno de ser amado” (p. 33). Así, el pedagogo nos prescribe con sus obras y sus palabras “lo que debemos hacer y nos prohíbe lo contrario” (p. 33). Nosotros, en consecuencia, “debemos corresponder en el amor a quien amorosamente guía nuestros pasos a una vida mejor y vivir según las disposiciones de su voluntad” (p. 34).
Para hacer esto, por tanto, no debemos limitarnos a cumplir lo que nos pide y evitar lo que prohíbe, sino que también debemos imitarle, de modo que seamos auténticamente a su imagen y semejanza.
Como seres finitos que somos, “necesitamos un guía infalible y certero” (p. 34) que nos ayude a salir de la penumbra: “amemos pues, los preceptos del Señor con nuestras obras”, pues, si tomamos el Logos como ley, “comprobaremos que sus preceptos y enseñanzas son camino corto y rápido que nos llevará a la eternidad” (p. 34). Clemente de Alejandría, en este sentido, nos exhorta a abrazar esta obediencia de los preceptos de Dios, y también a entregarnos al Señor, que es el único pedagogo tanto para los hombres como para las mujeres.
“Porque si existe un único Dios para los dos, también hay un único pedagogo”, de modo que “los que tienen en común la vida también tienen en común la gracia y la salvación; y, en común también, la virtud y la educación” (p. 34). La educación es común a ambos, en cuanto que, “en el otro mundo, los premios merecidos por esta vida común y santa del matrimonio no son exclusivos del varón o de la mujer, sino de la persona” (p. 34).
Esta pedagogía, que tiene que ver con la “educación de los niños", nos considera alegóricamente como niños, en la medida en que “nos recomienda imitar la sencillez de los niños” (p. 35). “De esta forma tan admirable y misteriosa el Logos subraya la simplicidad del alma en la edad infantil” (p. 36), donde es la fe la que nos devuelve esta sencillez e inocencia, como si hubiésemos nacido de nuevo. El Señor, así, “nos cría a nosotros, sus niños, tal como a jóvenes potros” (p. 36) y no como meras bestias de carga.
Así como a su potro lo ata junto a la vid, dice Clemente, “a su pueblo sencillo y pequeño lo ha atado al Logos, alegóricamente designado por la vid: esta da vino, como el Logos da sangre, y ambas son bebidas saludables para el hombre: el vino para el cuerpo, la sangre para el espíritu” (p. 37). De ahí que podamos definir la pedagogía como “la buena conducción de los niños hacia la virtud” (p. 37), de donde se alude no a la infancia en cuanto tal, sino a la pureza y la sencillez del corazón.
“Son, por tanto, verdaderos niños los que solo conocen a Dios como padre y son sencillos, ingenuos, puros, los enamorados de los unicornios. A los que han progresado en el conocimiento del Logos, el Señor les habla con este lenguaje: les ordena despreciar las cosas de aquí abajo y les exhorta a fijar su atención solamente en el Padre, imitando a los niños” (p. 37).
Solo Dios es auténtico maestro y nosotros debemos ser sus discípulos: “la perfección es propia del Señor, que no cesa de enseñar; en cambio, el infantilismo y la puerilidad son propias de nosotros que no cesamos de aprender” (p. 38). No debemos, sin embargo, ser “niños fluctuantes, dejándonos llevar por todo viento de doctrinas, al compás del engañoso juego de los hombres y de la astucia humana en la acechanza del error”, como se advierte en la Epístola a los Efesios, “sino que, viviendo en verdad y amor, crezcamos hacia él en todo” (p. 38, Ef, 4, 13-15).
Debemos cuidarnos del orgullo que nos aleja de Cristo, el cual, al ser “perfecto en justicia”, es la cabeza de la Iglesia. El niño, pues, no es el necio, sino aquel que es “nuevamente dulce” porque “tiene pensamientos de mansedumbre, y ha adquirido nuevamente un carácter delicado y dulce” (p. 38). Sólo este tipo de infante es al que alude la pedagogía divina, ya que solo el que es niño en este sentido es “tierno, sencillo, sin doblez, sincero, justo en sus juicios y recto” (p. 38).
Pues solo cuando somos así de cándidos y dulces “somos dóciles, fácilmente moldeables en la bondad y la cólera no hace mella en nosotros, ni provoca tampoco el menor resentimiento de maldad ni falsedad” (p. 39).
Los cristianos deben ser como niños, ya que “infantes son, en efecto, los espíritus nuevos que han recobrado su razón en medio de tanta locura, y se yerguen en el horizonte según la nueva alianza” (p. 39). A través del Logos, así, nos renovamos y nos volvemos niños en este sentido. De esta forma, dice Clemente, “así como lo que participa de la eternidad suele asemejarse en lo incorruptible, así también el nombre que expresa nuestra condición de niños llena de primavera nuestra vida, dado que la verdad en nosotros no envejece, y dicha verdad informa nuestra conducta” (p. 39).
La sabiduría, en efecto, es siempre joven, puesto que “no conoce mutación alguna” (p. 39). Dado que no existe ninguna otra ocupación que convenga más al sabio “que la de jugar y regocijarse con constancia en el bien, administrando rectamente los bienes”, se sigue que nosotros también debemos “alegrarnos y reírnos por nuestra salvación” (p. 40). Alegría que siempre debe ir acompañada de la constancia de aquellos que perseveran en el bien, algo que se encuentra alegóricamente expresado en la figura bíblica de Isaac, figura que “profetizaba que el Señor nos colmaría de gracia” (p. 40).
Isaac, así, se presenta como una figura análoga de Cristo, con la diferencia de que este no fue inmolado como el Señor. Así como Isaac fue liberado del sacrificio, asimismo Cristo, después de ser inmolado, resucitó. En este sentido se puede decir que las Escrituras, cuando nos dicen que debemos ser como niños, aluden a Isaac y, en consecuencia, también a Cristo: la pedagogía divina, así, nos dice que hay que ser como Cristo.
Referencia:
- Clemente de Alejandría, El Pedagogo, trad. Joan Sariol Díaz, Madrid: Gredos, 1988.










