De Dios recibimos lo que es perfecto y no una enseñanza pueril y despreciable, pues Dios es perfecto y sería absurdo decir que le falta algo. “De darse eso último, forzoso es que aprenda; pero es imposible que aprenda alguna cosa, porque es Dios” (p. 41). De ahí se sigue que no hay ni puede haber Maestro por encima del Logos, razón por la cual nosotros, “una vez bautizados, hemos sido iluminados; iluminados, hemos sido adoptados como hijos; adoptados, hemos sido hechos perfectos; perfectos, hemos sido inmortales” (p. 42). Dada esta gracia e iluminación, somos purificados, pues “seguir a Cristo es la salvación… De modo que el solo hecho de creer y ser regenerado es la perfección en la vida, porque Dios no es jamás deficiente” (p. 42). Toda enseñanza que provenga de Dios es salvación eterna, razón por la cual, “al recibir el bautismo, nos desembarazamos de los pecados que, cual sombrías nubes, obscurecían al Espíritu Divino; dejamos libre, luminoso y sin impedimento alguno al ojo del espíritu, con el único que contemplamos lo divino” (p. 43). En este mismo sentido nos dice que “la fe, en efecto, es la perfección del aprendizaje” (p. 43). La fe, así, “es perfecta en sí y acabada”, de manera que “donde se habla de fe, allí está la promesa, y el cumplimiento de la promesa es el descanso final” (p. 43). Que Dios nos ilumina significa lo siguiente:
“Así como la inexperiencia desaparece con la experiencia y la indigencia con la abundancia, así también, necesariamente, con la luz se disipa la oscuridad. La oscuridad es la ignorancia, por la que caemos en el pecado y nos cegamos para alcanzar la verdad. El conocimiento, por tanto, es la luz que disipa la ignorancia y otorga la capacidad de ver con claridad” (p. 44).
Puesto que “lo que la ignorancia mantenía mal atado, lo desata felizmente el conocimiento”, se sigue que sólo por la iluminación producida por la fe y por la gracia de Dios, “nuestros pecados son lavados por el único remedio curativo: el bautismo del Logos” (p. 44). La gracia singular de esta iluminación, sin embargo, no solo borra nuestros pecados, sino que también transforma nuestra conducta. La pedagogía divina nos permite escapar del “yugo del terror”, ya que “nosotros, que hemos creído, somos salvados por voluntaria elección, y, si sentimos temor, ello no es punto de nuestra insensatez, sino de nuestra cordura” (p. 45). Todo esto significa que, si bien es la infancia el inicio de la fe en Cristo, al nutrirnos de esta última podemos alcanzar cierta madurez espiritual: Dios, como Pedagogo, obra en nosotros a través de la fe y la gracia. De esta forma, distingue a los que acaban de iniciarse en la fe, que son como niños que han vuelto a nacer en la fe, de aquellos que ya tienen una formación y “han creído por el Espíritu Santo”, y se les conoce como espirituales; así como también distingue a estos de “aquellos que han sido catequizados”, pero que “no han sido purificados”, por conservar “aún pensamientos carnales” (p. 47). El catequista o Maestro nos nutre con sus enseñanzas, lo que significa que ha “derramado conocimiento, que, a través de la catequesis, os nutrirá hasta la vida eterna”, considerando que lo que más nos nutre es el “conocimiento de la verdad” (p. 47).
Para explicar esto, Clemente hace una analogía con la leche materna, según la cual la fe es como esta en la medida en que es el alimento inicial para la infancia: nos va nutriendo y nos permite crecer, hasta dejar de albergar “pensamientos propios de la carne, deseos, amores, celos, cóleras, envidias” (p. 47). El recién nacido debe iniciar comiendo solo leche materna, para después, llegado a cierto punto de madurez, poder tomar alimento sólido y consistente: la leche es la fé en Cristo, mientras que el alimento sólido es la esperanza. Aunque ambas son en esencia lo mismo, el Logos, cada una alude a dos tipos de alimentación, que nutren de forma diferente y que, por tanto, son indispensables para el sano desarrollo del niño, que ahora se comprende como Iglesia. “La Iglesia”, según Clemente de Alejandría, “se reaviva, se desarrolla, se cohesiona y adquiere consistencia por este doble alimento: la fe es su cuerpo; la esperanza, su alma… La esperanza, en realidad, es la sangre de la fe; gracias a ella y al alma se conserva la fe. Y si la esperanza desvanece, a modo de un flujo de sangre, la vitalidad de la fe desaparece” (p. 48). Siguiendo esta analogía, Clemente de Alejandría sostendrá que la sangre es “el primer elemento generado en el hombre”, que nutre nuestro cuerpo para que tenga vida, y para que el recién nacido, “por una especie de simpatía, de ternura, palidece y se vuelve blanca, para que el niño no se asuste” (p. 48).
La leche que bebe el recién nacido, así, no es más que sangre que se transforma sin perder su sustancia. “Pues bien, el alimento espiritual se le asemeja; es, en efecto, dulce, por la gracia; nutritivo como vida; blanco como el día de Cristo; y ha quedado bien claro que la sangre del Logos es como la leche” (p. 49). Así, “el Logos lo es todo para esa criatura: padre y madre, pedagogo y nodriza… He aquí el provechoso alimento que el Señor nos depara: nos ofrece su carne y nos derrama su sangre. Nada les falta a los niños para su desarrollo” (p. 50). El Logos, así, nos manda despojarnos de la corrupción de la carne, para seguir un nuevo régimen de vida, en cuyo centro está el recibir y hacer nuestro a Cristo. Debemos, por tanto, desear la leche espiritual que nos hace crecer, nos alimenta para la salvación. Ese alimento que nutre nuestro espíritu es la voluntad de Dios: “Así, para Cristo, el alimento era el cumplimiento de la voluntad del Padre, mientras que para nosotros, pequeños, que mamamos del Logos celeste, el alimento es el mismo Cristo”, de modo que “los pequeños que buscan el Logos se nutren de la leche que les proporcionan los amorosos pechos del Padre” (p. 51).
Es por esta razón que al Logos se le llama “pan de los Cielos”, un alimento que “eleva al hombre para que alcance la incorruptibilidad y deje aquellos deseos carnales que llevan la corrupción” (p. 52). Sólo así se entiende la afirmación: “el Señor es todo beneficio nuestro, pues hemos creído en Él” (p. 52). Somos regenerados en Cristo, “el que nos ha regenerado” y “nos alimenta con su propia leche, es decir, el Logos” (p. 53). Nuestro procreador no sólo se alegra de habernos engendrado, sino que, a menudo, le proporciona más compensaciones el habernos educado. Así como la leche debe combinarse con el agua para evitar que se agríe, de igual forma el Logos se mezcla con el agua bautismal para la “remisión de los pecados” (p. 54). Este mismo Logos, “al mezclarse con el amor del hombre, sana las pasiones y purifica también los pecados” (p. 54). El ser humano, que desea ser perfecto, “llama perfección a la liberación del pecado, al resurgimiento de la fe en aquel que es el único perfecto, al olvido de los pecados cometidos anteriormente” (p. 55).
¿Quién es, entonces, nuestro Pedagogo y cuál es su pedagogía? Nuestro pedagogo es Cristo, el buen pastor que es “guía de los niños” (p. 55). Es nuestro pastor porque “nos conduce a la salvación” (p. 55). Si Cristo es el Pedagogo, “la religión es una pedagogía que comporta el aprendizaje del servicio de Dios, la educación para alcanzar el conocimiento de la verdad, y la buena formación que conduce al Cielo” (p. 55). La palabra Pedagogía, así, puede aludir tanto al educador o al educando, como a la educación y a las cosas enseñadas, como los preceptos. Al englobar estos sentidos, podemos decir que “la pedagogía de Dios es la que indica el camino recto de la verdad, con vistas a la contemplación de Dios; es también el modelo de la conducta santa propia de la ciudad eterna” (p. 55). Un buen maestro es como un buen general o un buen piloto, quienes procuran la salvación de su ejército o de su nave: “el Pedagogo guía a los niños hacia el género de vida saludable” (p. 55). Siguiendo la analogía, Clemente de Alejandría sostiene que, así como un piloto “no cede ante el empuje embravecido de los vientos”, así el Pedagogo “no cede a los vientos que soplan en este mundo, ni expone al niño frente a ellos como si de un barco se tratara para que lo haga pedazos, en medio de una vida animal desenfrenada; al contrario, llevado sólo por el espíritu de verdad, bien pertrechado, agarra con firmeza el timón –sus ovejas, quiere decir- hasta que lo ancla sano y salvo en el puerto de los cielos” (pp. 55-56).
Referencia:
Clemente de Alejandría, El Pedagogo,. Traducción de Joan Sariol Díaz. Madrid: Gredos, 1988.










