En 2026, el mundo se ha detenido para celebrar uno de los eventos más esperados: la Copa Mundial de Futbol. Este año, México levanta la mano como protagonista, no solo en el terreno de juego, sino en los corazones de millones… primera vez que gana un partido de inauguración, primera vez que ganamos los tres primeros partidos, primera selección que ha sido tres veces sede… todo eso, por supuesto, es causa de una enorme ilusión y euforia, en la que podemos compartir muchas reflexiones.
Como bien señala el Papa León XIV en su carta Vida en Abundancia, el deporte se erige como “un medio privilegiado para fomentar la paz y la fraternidad” entre los pueblos. En este sentido, el fútbol no es solo un juego; es una vía de esperanza y comunión que nos invita a soñar en comunidad. Esta visión trasciende lo lúdico o competitivo: para el Papa, el deporte actúa como un refugio frente a la adversidad social, un terreno neutral donde las diferencias se suspenden y el otro es reconocido como un igual, construyendo una paz que edifica.
Paralelamente, el fútbol se convierte en un laboratorio de valores para los jóvenes. Al fomentar la disciplina, el respeto y la superación personal, se les dota de un pensamiento ético indispensable para convertirse en verdaderos artesanos de esperanza, capaces de navegar un futuro incierto con mayor claridad. Hoy nuestros niños y jóvenes sueñan con ser Messi, Cristiano, Halland, Mbappe, la “Hormiga” o “Morita”, da igual, sueñan.
Hablando desde la pasión futbolera, traigo a nuestra mente la frase que ha viralizado en redes sociales: “yo sé que no, pero ¿y si sí?”, la cual representa un rasgo del espíritu mexicano. Cada vez que nuestra selección entra al campo, lo hacemos con la convicción de que, a pesar de las estadísticas y las adversidades, hay una chispa de esperanza que nos impulsa a creer. En otros mundiales, hemos escuchado frases como “imaginemos cosas ching@#" o el famoso “sí se puede”, que reflejan nuestra tendencia a ver el vaso medio lleno, aunque al finalizar digamos: “jugamos como nunca, perdimos como siempre…”. El fútbol tiene una capacidad única para unirnos e inspirar a las nuevas generaciones a encontrar en el deporte un camino hacia la realización personal y social. Cada partido es una oportunidad no solo para disfrutar, sino para cultivar la esperanza en un futuro mejor. A través de la pasión por el fútbol, encontramos un espacio donde las diferencias se desvanecen, donde todos compartimos un mismo anhelo: un mundo mejor.
En un entorno donde la política, economía, inseguridad y la violencia desafían nuestra capacidad de creer, el fútbol se convierte en un refugio de alegría y unidad. No significa que volteemos hacia otro lado, ignorando los enormes problemas que urge resolver, eso sería indolente e irresponsable. Se puede al mismo tiempo, sentir un enorme orgullo por nuestro Tri, cantar con honor nuestro himno nacional y tener un espíritu crítico que no solo señale los problemas, sino que también nos lleve a ser actores de transformación.
Hace unos días, Juan Villoro escribía: “lo más significativo de la alegría futbolera es que ofrece una repentina compensación a las muchas cosas que nos lastiman”. Y es que muchas cosas le duelen a México, pero por unos días el futbol es una catarsis, un grito de desahogo, por un instante hay paz, alegría, unidad, esperanza e ilusión.
Es cierto, el Mundial ha sido monopolizado por criterios económicos y políticos, sin embargo, el fútbol es de todos. La verdadera esencia de este deporte radica en la alegría de compartir momentos con la familia, en la emoción de hacer quinielas con amigos, en platicar de futbol con el señor de la tienda o con el policía, en la sorpresa de un "David vs Goliat" -como varios juegos que nos han sorprendido-, o simplemente en poner un alto a la vida para, por un momento, como en la antigua Grecia tener “tregua olímpica”. Esta experiencia en comunidad nos recuerda que, más allá de las cantidades obscenas de dinero, las plataformas de streaming y los comerciales, el futbol nos llena de ilusión, de orgullo, nos da paz y nos permite soñar juntos, y eso, eso nadie nos lo puede quitar nunca.
A medida que nos preparamos para vivir cada partido, es fundamental que abracemos este espíritu festivo y esperanzador. Que cada gol marcado por nuestra selección resuene en nuestras almas como un grito de unidad y alegría. En este Mundial, y de aquí en adelante, elijamos ser parte de la historia, soñemos en grande y compartamos la pasión que nos caracteriza como mexicanos.
El Mundial terminará para México, tarde o temprano (todos quisiéramos que con Edson Álvarez levantando esa hermosa copa), pero yo no quiero que nuestra ilusión y nuestro orgullo terminen, quiero que todos nos sigamos ilusionando, como cuando unos padres ven a sus hijos terminar sus estudios, o cuando apertura una empresa familiar. Cuando unos novios se casan, cuando unos ancianos celebran sus 50 años de casados. Cuando compras un auto, pagas tu casa, o, te unes a los esfuerzos y esperanza para que esas madres vuelvan a abrazar a sus hijos, para poder salir a la calle sin miedo a cualquier infortunio que te pueda ocurrir. El Papa Francisco nos decía: “el mal no triunfará por siempre, existe un final para el dolor”, eso nos tiene que dar esperanza..
El deporte es una cuestión emocional. Quizá nunca antes el futbol nos había ilusionado tanto, quizá estamos descubriendo lo que es una “ilusión colectiva”. El “Tri” jugará un partido más, contra Ecuador, y ahí estaremos, en cada rincón del país, con nuestra playera verde, con conocidos o desconocidos, en una taquería, en tu trabajo o en casa, en el fondo todos con una misma ilusión, que nuestro país no deje de ilusionarse nunca, y no, no hablo solo de futbol.
Así que, mientras el silbato suena y el balón comienza a rodar, recordemos que el deporte es un regalo que nos ofrece una “vida en abundancia”. En cada partido y en cada jugada, como en nuestra vida entera, elijamos creer e ilusionarnos. Hagamos de la esperanza nuestra bandera. Y bueno… yo sé que no, pero… ¿y si sí? ¡Vamos México!










