Ese deporte de masas que une al mundo
01/07/2026
Autor: Juan Pablo Aranda Vargas
Cargo: Director del Instituto Promotor del Bien Común

En 1986, el mundial realizado en nuestro país se engalanó con el lema: “El mundo unido por un balón”. En 2026, el sentimiento de paz y fraternidad universal vuelve a encender los corazones de todo fanático del futbol. La FIFA, promotora, defensora y heroica musa del deporte más bonito del mundo, hizo auténtica poesía alrededor de este sentimiento:

Si el fútbol fuera una nación, sería la más grande del planeta,

Si el fútbol fuera un idioma, sería hablado en todo el mundo,

No me importa de dónde eres, ni quién seas,

Cuando te apasiona el fútbol, perteneces al equipo más grande del planeta,

El fútbol une al mundo.

¿Quién puede dudar de estos sublimes sentimientos cuando observa a las naciones unidas en cánticos, olas, bailes y celebraciones que muestran que el espíritu humano no está hecho para la guerra, sino para el espectáculo? ¿Quién no tiembla de emoción al ver a la hinchada noruega imitar a sus antepasados, remando cual vikingos a punto de tocar tierras ignotas? ¿Quién no estalla de alegría al contemplar a las fanaticadas de países africanos, históricamente sometidos, marginados y olvidados? ¿Quién tiene tan poco corazón como para no entender lo que este deporte hace por un mundo desquebrajado de dolores de guerra, hambre, enfrentamiento y un sinfín de males? ¿Quién, quién pecará de misántropo al negarse a vibrar con la humanidad toda unida por un balón?

Ahora bien, antes de pasar a las merecidas ceremonias, celebraciones, festividades y convites de los pacíficos, haremos bien en puntualizar que estos delicadísimos banquetes no están hechos para todos. Es decir, que hasta en el deporte más bonito del mundo hay niveles, clases, estamentos, jerarquías, colores y sabores. Imagínense vuestras mercedes que al hablar del mundial nos refiriéramos a toda la gente que habita el orbe. No, cuando decimos “el mundo… unido por un balón” queremos decir, en realidad, “esa parte del mundo que sí puede costear el precio de la paz”.

Considere el lector los siguientes datos, obtenidos por la inteligencia artificial—lo que nos obliga a considerar cierto grado de error pero que también, por lo general, tiende a acercarse a los hechos. Según ChatGPT, el boleto más caro en la Copa Mundial Qatar 2022 fue de US$1,607, mientras que el más caro de la Copa Mundial 2026 se estima en US$10,990. El precio se multiplicó casi siete veces, pasando de alrededor de MX$28,000 (al tipo de cambio de hoy, sin considerar inflación) a MX$194,000. Por otro lado, el paquete “Exclusive Tier” de la FIFA más caro para el mundial actual cuesta US$73,000, un paquete que incluye: “Entrada preferencial y acceso directo a los asientos; personal exclusivo para los palcos; menor precio por partido cuantos más partidos incluya” y que se describe como el óptimo para “entretenimiento corporativo, grupos que requieren privacidad, y fanáticos para quienes el presupuesto no les implica límite alguno”. Traducido, el paquete está diseñado para el 1% del 1% más rico; que son dueños (hijos o hijas del dueño), CEO’s (hijos e hijas del CEO), o accionistas y sus hijos, hijas, esposos, esposas y/o concubinas, concubinos (¿y concubines?), lo que aplique primero; que sienten asquito de mezclarse con lo que ellos consideran “masas” (que, aunque ellos no lo saben, porque muy poco es lo que saben de cierto, lo que ellos llamarían masas o plebe pertenecen al 10-15 por ciento más rico del planeta); y aquellos a quienes hablar de dinero les saca ronchas, pues es de mal gusto cuando uno lo tiene todo (y más, cuando ese “todo” le ha caído como herencia, sin trabajar ni un cochino día de su vida… ya habría sugerido Nietzsche que el trabajo es de y para esclavos).

Esta tendencia no es, por supuesto, exclusiva del futbol. El primo hermano con esteroides de este deporte, el football—deporte que, en su mayoría, se desarrolla sin los pies, vale decir—y su otro primo apto para gente con gigantismo, el básquetbol, presentan cifras igualmente escandalosas. Según nuestro asistente ChatGPT, las finales de la NBA más recientes registraron boletos VIP a más de US$50,000, mientras que los boletos más baratos se ubicaban entre US$3,500 y 3700. Para el Super Bowl de febrero de 2025, los boletos más baratos costaron entre UD$3,000 y 4000, mientras que las suites de lujo llegaron a la cifra entre US$750,000 y 2 millones de dólares.

Asumamos que una familia del Congo decidió venir al mundial de México. ChatGPT calcula que una familia de 4 integrantes gastaría alrededor de US$7,000 con un presupuesto ajustado, y entre US$14,000 y 20,000 con un presupuesto medio. Esto quiere decir, en pesos mexicanos, entre MX$123,000 y MX$352,000. En este mismo país, el salario promedio de un trabajador en el sector formal es de US$40, o MX$700. A fin de costear este viaje, asumiendo que ambos padres trabajan y ganan el promedio, los padres deberán haber ahorrado su sueldo íntegro los últimos 88 meses, esto es, durante 7 años. Es decir, que esta familia deberá pasar sin vivienda, comida, vestido, medicinas y demás, ahorrando cada peso durante 7 años para unirse al coro de los pacíficos unidos por un balón.

Ahora bien, se me ocurrió pedir a ChatGPT hacer el mismo cálculo pero ahora para una familia noruega. La conclusión que hizo la inteligencia artificial—que, digámoslo con claridad, no se caracteriza por su sensibilidad ética—fue esta:

The interesting comparison is that the actual World Cup trip cost is not dramatically different for a family from Norway versus DR Congo. The difference is that the trip might represent a few months of savings for many Norwegian households, whereas it could represent many years of savings for a typical household in DR Congo.

Quizá la conclusión a la que debamos llegar nosotros, seres humanos con una espina dorsal ética robusta, es que quizá sea cierto que los pobres no quieren la paz, o no pueden soñar todavía con la paz. Porque, seamos honestos, primero es la lana, después estar unidos en paz por un balón.

Asumamos un momento de seriedad. Rechacemos la ubicua tentación de hacer mofa de nuestros problemas y analicemos por un segundo las cosas con detenimiento. El absurdo aumento de precios que los espectáculos en general tienen en la actualidad no son resultado de los mecanismos “ciegos” de un mercado que funciona en términos de oferta y demanda. Esos mecanismos son, en el mejor de los casos, el caballo de Troya que penetra el tejido social, desarmándolo y, en última instancia, asesinándolo. El aumento de precios es la consecuencia necesaria de un sistema económico que, desbordado y fuera de su eje, esfera y dimensiones—y precisamente por esto no puede hablarse de “oferta y demanda” sin más—que ha impuesto una antopología que asume la desigualdad como el telos de una sociedad de consumo, sociedad que es a su vez observada como la mejor posible… para el 1% del 1% del planeta. Asistimos a una VIPzación social que divide al mundo entre el microhábitat de pudientes ultrarricos y la marabunta de pelados y peladas víctimas de un sistema financiero diseñado contra ellos y que, sin embargo, trabajan como hormiguitas para darse el lujo de soñar ir a un partido un día y pedir una cerveza de 150 pesos sin preocuparse por lo que va a comer al día siguiente.

Asistimos, asimismo, al sarcástico mensaje de los ricos a los pobres: “Miren lo que hay al final del camino; miren lo bien que se la pasa uno… si tan solo trabajaran, si tan solo ahorraran, si tan solo fueran como nosotros”. Asistimos al juego de un mercado de ilimitada adaptabilidad: A quienes no tenemos para ir al estadio, es decir, a casi todos, nos consolaron recordándonos que la tecnología haría llegar el milagro del mundial a pantallas de televisión, desde los chafas vejestorios de plasma hasta las QD-OLED y MiniLED con IA integrada de 100 pulgadas (que, vendida por Samsung, alcanza los MX$100,000 pesos, cifra que representa cerca de un año de trabajo para quienes ganan el salario mínimo en México). Esto, por supuesto, si y solo si uno tiene la suscripción adecuada—el VIX Premium, no el VIX versión perrada que es pal’ pueblo entero, **promocionado por ese paradigma de estupidez que es Christian Castro, o por su equivalente en otros países.

El deporte, ese que une países, naciones, corazones, almas y gargantas, ha sido definitivamente entronizado a la lógica del capitalismo salvaje. Podríamos hipotetizar, sin trazo alguno de rubor, que quizá estamos viviendo la Copa del Mundo más exclusivista de la historia une al mundo.

Es tal la internalización de la injusticia, es tal la coraza que la aplastante mayoría de seres humanos nos ponemos para ya no sufrir la vida en este mundo, que a nadie parece molestar demasiado que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, utilice un exclusivo jet privado Gulfstream G650ER operado por Qatar Airways Executive para trasladarse de partido a partido, que tiene costos operativos entre UD$8,000 y 15,000 por hora, lo que implicará un gasto total aproximado de entre 1 y 2 millones de dólares y alrededor de 600 toneladas de CO2. Y esto es, para muchos, algo aceptable o, cuando menos, justificable para un alto ejecutivo. La FIFA, por supuesto, no ha ofrecido programa alguno para mitigar este gasto y esta contaminación. En última instancia, ¿no es todo esto un precio bajo por unir al mundo por un balón?

Termino esta larga perorata anticlimática y atrevidamente anticelebratoria, la cual ha sido probablemente abandonada ya por quienes, por algún error, entraron a esta columneja pensando que encontrarían algo feliz y esperanzado y no esa actitud crítica y mordaz que ya me caracteriza. Termino, pues, repitiendo y volviendo a traer a la mesa las inmortales palabras de Díaz Mirón, en su poema Asonancias: “nadie tendrá derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo estricto”. Tener no es un problema; la propiedad privada es un derecho natural inalienable. Sin embargo, tal y como recuerda Rerum novarum, el uso de los bienes debe ser común antes que individual. Esto es, lo que es mío por derecho no puede ser derrochado en lo superfluo y lo frívolo, sino que debe ir al encuentro del otro, buscando sanar heridas, llenar barrigas y terminar guerras. No es el exceso de riqueza y su gasto en idioteces lo que genera la paz, sino el auténtico bienestar que cobija a la familia humana y que erradica la miseria—la pobreza nunca desaparecerá, tristemente (Mc 14,7), pero, tal como dice Stiglitz en The Price of Inequality, nuestra pregunta debe ser cuántos pobres y qué tan pobres, es decir, trabajar siempre porque haya menos pobres con una pobreza menos cruel.

La Copa del Mundo no ha dado ejemplo de la unión del género humano, sino todo lo contrario, ha puesto en escena la brutal desigualdad que azota al mundo y que amenaza con destruir las posibilidades mismas de existencia para millones de niños, niñas, mujeres, hombres y ancianos que ven el futuro disolverse sin promesas, sin esperanzas, sin sueños ni lisonjas. Esperemos, trabajemos por no tener que decir mañana a nuestros hijos e hijas, como temía el Jefe Seattle, en 1855: “La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia”.

Referencias

FIFA. Football Unites the World. https://inside.fifa.com/campaigns/football-unites-the-world

Jetpac Global. FIFA World Cup 2026 Ticket Package. https://www.jetpacglobal.com/blog/fifa-world-cup-2026-ticket-package/