Apuntes sobre El Pedagogo de Clemente de Alejandría, parte III
14/07/2026
Autor: Roberto Casales García
Cargo: Profesor Investigador de Formación Humanista

La pedagogía divina, a diferencia de la nuestra, conlleva una educación que debe ser considerada como “un tesoro que dura siempre” (p. 56). A diferencia de todos los pedagogos mortales, “nuestro Pedagogo, en cambio, es el Santo Dios, Jesús, el Logos que guía a toda la humanidad; Dios mismo, que ama a los hombres, es nuestro Pedagogo” (p. 56). Se trata, pues, de un Pedagogo que, así como te exige ser irreprochable, de igual forma te dice: “Mira, yo estaré contigo y te guardaré dondequiera que vayas, te restituiré a esta tierra, y no te abandonaré hasta haber cumplido lo que he dicho” (p. 56, Gen., 28, 15). El buen Pedagogo, el Logos, nos conduce y nos exhorta a no tener miedo en el camino, tal y como, por mediación de Moisés, fue “el guía del pueblo nuevo” (p. 57). Se trata de un Pedagogo que, “como amante que es de los hombres, el Logos no silencia sus pecados; muy al contrario, se los reprocha para que se convierta” (p. 57). Nadie, según Clemente de Alejandría, “podría educarnos con más cariño que Él”, algo que se hace patente tanto en la antigua alianza para el pueblo antiguo, como en la nueva alianza para el nuevo y joven.  Mientras que en la primera “la Ley educaba al pueblo con temor”, la segunda, al haber sido engendrado el Logos, “el miedo se ha trocado en amor” (p. 57).

El Pedagogo, por ende, nos ordena tanto dejar nuestras obras, nuestros antiguos pecados, como aprender a hacer el bien. Para Clemente de Alejandría, así, dado que “la Ley fue una antigua gracia otorgada por el Verbo por mediación de Moisés”, se sigue que “el nombre de Jesús anunciado en la Ley era un esbozo del Señor” (p. 58). No es raro, en este sentido, que Moisés ceda el lugar al Logos y aconseje al pueblo escuchar y obedecer a este sabio Pedagogo, pues, como se aprecia en el Salmo 117, citado también por Clemente de Alejandría, “el Señor que educa, me ha educado, y no me ha librado a la muerte” (p. 58). Como buen Pedagogo, el Señor también ejerce su autoridad para corregir y sanarnos, pues “ser castigado por el Señor y tenerlo por Pedagogo, equivale a ser liberado de la muerte” (pp. 58-59). Su poder, por ende, lo hace “venerable y grave, consolador y salvador” (p. 59). Pero hay quienes creen que, al ejercer su autoridad y servirse de la amenaza y el temor, Dios no es bueno. Estos olvidan, empero, que “quien teme al Señor se convierte en su corazón” (p. 59, Ecle., 21, 6). También olvidan “ese gran amor que le llevó a hacerse hombre por nosotros”, y que, compadeciéndose de nosotros, “ha participado de los sufrimientos de cada uno” (p. 59).

Que Dios nos ama y es bueno, según Clemente de Alejandría, se sigue de lo siguiente: 1. si Dios odiara algo, no querría que eso existiera; así, dado que “nada existe si Dios no le da existencia”, se sigue que nada de lo que existe es odiado por el Logos y, por tanto, que “si el Logos no odia a ninguno de los seres que ha creado, es evidente que los ama” (p. 59). De todas las criaturas, Dios ama más al ser humano, ya que es “la más bella de sus criaturas, un ser viviente capaz de amar a Dios” (p. 59). Así, dado que “quien ama desea ser útil al ser amado” y el bien es lo más útil –pues no existe nada superior al bien-, se infiere que Dios, que es bueno, es útil y “no hace otra cosa que ser útil” (p. 59). Además, dado que “ser útil deliberadamente es superior a serlo sin proponérselo”, podemos decir que Dios “se ocupa y se preocupa del hombre”, lo cual, según Clemente de Alejandría, se hace patente cuando nos educa “por obra del Logos, que es el verdadero colaborador del amor de Dios hacia los hombres” (p. 60). Si lo útil es bueno, no por el placer que produzca, sino por ser provechoso, y la justicia es “buena en sí misma y por sí misma”, luego podemos decir que lo justo es útil y provechoso, y que el ser justo es una forma de hacer el bien al amado. Dios, como Pedagogo, en consecuencia, es bueno cuando corrige y castiga, es decir, cuando es justo, “pues este modo de proceder es de suma utilidad en orden a la recta educación de los niños” (p. 60).

Sobra decir, finalmente, que la mayoría de las pasiones, según Clemente de Alejandría, “se curan por medio de castigos y preceptos muy rígidos, y por la enseñanza de algunos principios”, pues “la reprensión actúa como una operación quirúrgica en las pasiones del alma” (p. 60). El castigo o amonestación, en este sentido, sirve como terapia para el alma enferma, en cuanto que “disuelve los endurecimientos de las pasiones, limpia la suciedad de las impurezas de la vida, la lujuria, y allana aún las hinchazones de la soberbia, restituyendo al hombre a la santidad y a la verdad” (p. 60). El Logos, “reprendiendo a los que desobedecen la ley, los libera de la esclavitud, del error y de la cautividad del Enemigo” (p. 60), conduciendo las almas a la santidad y a la comunión: un buen Pedagogo es aquel cuyo arte de reprimir no es signo de odio, sino de buena voluntad. De esta forma, Clemente de Alejandría distingue al amigo que amonesta del enemigo reparando en lo siguiente: mientras que el último lo hace “con espíritu de burla”, el primero lo hace con amor, “empleando palabras duras como flagelo” para despertar “la mente entorpecida” y “exhortarlos a la conversación” (p. 61).

Teniendo por objetivo la salvación, “el Logos se adapta como una melodía al modo de ser de cada uno: unas veces tensa las cuerdas; otras, las relaja” (p. 61), sólo así el temor y el castigo pueden tener en sí algo provechoso, algo que un buen pedagogo sabe usar en aras de nuestra salvación. La pedagogía divina que propone Clemente, por tanto, concibe a Dios como un juez que, así como puede amonestarnos por nuestras faltas, también “es el único que puede perdonar los pecados, el único que puede discernir la obediencia de la desobediencia” (p. 61). No persigue el mal ni desea cumplir sus amenazas, sino reprender para bloquear aquel “impulso que lleva al pecado”, razón por la cual “prefiere advertir antes que actuar” (p. 62). Se trata, pues, de una pedagogía divina cuyo método consiste en “suscitar el temor para que evitemos el pecado”, amonestando “no por su cólera, sino por su justicia”, de modo que “Dios, por su bondad, busca nuestro arrepentimiento” (p. 62). El castigo, en consecuencia, “es bueno y provechoso para el que lo recibe”, y no un acto de venganza, la cual se caracteriza por “devolver mal por mal”, y es contraria a la enseñanza del Logos, quien incluso “nos enseña a orar por los que nos calumnia” (pp. 62-63).

Por más que todos reconocen que es bueno, no todos admiten que es justo; vemos, sin embargo, que “reparte sus dones justa y equitativamente; y por ser bueno, hace llover igualmente sobre justos o injustos” (p. 63). Así, dado Dios que es uno y el Creador, el Padre, es justo y bueno, se sigue que también el Logos, que es “Hijo en el Padre” (p. 64), es justo y que, por tanto, “no es contrario al carácter del Logos salvador el reprender con solicitud… medicina de la divina bondad que hace nacer el rubor del pundonor e introduce la vergüenza ante el pecado” (p. 64). El castigo se vuelve, por ende, en “un pequeño dolor para evitar una muerte eterna” (p. 64). Esto significa que nuestro Pedagogo, así como “da testimonio en favor de los que practican el bien, y exhorta a los elegidos a obrar mejor”, de igual manera “desvía el impulso de quienes habían emprendido el camino del pecado, y los anima a seguir una vida mejor” (p. 64).

Como Pedagogo de la humanidad, el Logos divino se sirve de los “múltiples recursos de su sabiduría” y “se vuelva materialmente para salvar a sus pequeños”; es por ello que “amonesta, reprende, increpa, reprocha, amenaza, cura, promete, premia” (p. 65), tal y como hace un buen padre al educar a su hijo. Dios es un buen Pedagogo que, así como nos reprende cuando obramos mal, nos cuida y educa persiguiendo no el placer del momento, “sino la felicidad futura” (p. 65). Su prueba más grande de amor es que, “a pesar de conocer perfectamente la desvergüenza de este pueblo reacio y rebelde, lo exhorta al arrepentimiento… ya que la ocasión para el arrepentimiento es gracias que concede al libre arbitrio del alma” (p. 65). Nos censura, no para cancelarnos, sino para predisponernos para el bien, pues “la represión es un reproche que se hace a los negligentes o despreocupados” (p. 66). Dios reprueba nuestros actos y nos reprocha, “se sirve del temor como un revulsivo muy duro”, ya que éste “abre las llagas y, a la vez, convierte al pueblo, dirigiéndolo hacia la salvación” (p. 66). Dios procura, sin embargo, suavizar “la acerbidad y dureza” de su reproche, para mostrar la bondad de su pedagogía, por ello busca primero advertirnos, pues “la advertencia es un reproche que hace a uno más reflexivo” (p. 67).

Como buen Pedagogo, el Logos ajusta su reproche según sea necesario un remedio más o menos fuerte, pues cada situación demanda un tipo de reproche diferente: a veces tiene que usar la invectiva, que es un reproche muy fuerte, otras veces recurre a la acusación, a la supervisión, a la queja o a la burla, que encierran un grado diferente de reproche. Así, por ejemplo, usa la reprimenda como “increpación a los hijos que se rebelan contra el deber”, donde se ve que el “empleo del temor (como técnica) es fuente de salvación; y el acto de salvar es propio del que es bueno” (p. 68, paréntesis mío). Clemente de Alejandría afirmará, en este sentido, que “si es hermoso abstenerse de pecar, también lo es que el pecador se arrepienta; así como es un bien excelente estar siempre sano, también lo es recobrar la salud tras la enfermedad” (p. 68). También nos dice que “la reprobación y la reprimenda…son golpes que afectan el alma”, una afectación en virtud de la cual se “curan los pecados” para reconducir “a la moderación a quienes se han dejado llevar por la intemperancia” (p. 68). Esto es necesario en virtud de nuestra peculiar condición: como seres “que en esta vida somos enfermos, aquejados por nuestros vergonzosos deseos, por nuestros excesos vituperables y por las demás inflamaciones de las pasiones, necesitamos del Salvador” (p. 69).

Enfermos, pues, nos encontramos necesitados de un Salvador, de alguien que “nos dé luz” y sea “fuente de la vida”, porque “muertos, necesitamos de la vida”, así como siendo “niños, necesitamos pedagogos; y toda la humanidad necesita a Jesús” (p. 69). Necesitamos un guía que nos ayude a no caer en la condenación, un buen pastor y pedagogo en quien podamos depositar nuestra vida, para que, saciándonos con su justicia, nos conduzca a la salvación. Como buen pastor y pedagogo, Dios “entrega por nosotros lo mejor que tiene: su alma”, pues, como “gran bienhechor y amigo del hombre… ha querido ser su hermano, cuando podía ser su Señor” (p. 70). Así, este Pedagogo es tan bueno y justo que, aun cuando el camino o senda de las “represiones de los pecados” es tortuoso, su justicia clama: “si venís a mí con rectitud, yo seré recto con vosotros” (p. 70, Lev. 26, 21.23.27). El buen Pedagogo, en consecuencia, no calla ante el pecado, sino que, en calidad de juez, “viene a administrar justicia contra quienes han rehusado seguir una vida honesta” (p. 70): es un juez que “se comporta con ellos con extrema dureza”, con la intención de “ver si puede frenar el impulso que les conduce a la muerte” (p. 70).

En calidad de juez y Pedagogo, según Clemente de Alejandría, Dios “sabe que el temor es lo que les mueve a convertirse”, razón por la cual podemos distinguir entre dos tipos de temor: el que “conlleva el respeto, y es el temor que experimentan los ciudadanos con respecto a los honestos gobernantes”; y el que conlleva odio, que es el temor que sienten los esclavos ante los amos severos, o quienes consideran a Dios no “como padre, sino como amo” (p. 70). Mientras que el segundo tipo de temor nos conduce a obrar por la fuerza, el primero se encuentra “entre las cosas que por la piedad se llevan a cabo libre y voluntariamente” (p. 70), de modo que su poder supone tanto justicia como caridad: “en ambas funciones se ejerce el poder del Justo” (p. 71).

Referencia:

  • Clemente de Alejandría, El Pedagogo, trad. Joan Sariol Díaz, Madrid: Gredos, 1988.