Reflexiones sobre Putin y las democracias occidentales
03/05/2022
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Decano de Ciencias Sociales

Desde hace ya mucho tiempo, en este y en otros espacios y oportunidades, hemos afirmado que Vladimir Putin es el enemigo más peligroso de la democracia. Muchos han sido los elementos que nos han servido para apoyarnos en esta aseveración: la paulatina instauración de un régimen dictatorial en Rusia es solamente uno de ellos. Para poder cumplir con este objetivo, Putin no ha dudado en perseguir a opositores y críticos del sistema, y hay muchos indicios que apuntan a que no nada más los ha acosado y perseguido, sino que ha mandado eliminar a muchos de ellos, por medio del envenenamiento o de atentados; a otros los ha encarcelado bajo acusaciones ridículas y ha provocado el exilio de otros más. Por si esto fuera poco, se ha hecho con el control de la Duma (el parlamento ruso), pues las fuerzas de seguridad impiden el libre ejercicio de las campañas políticas a los opositores, además de que los medios estatales de comunicación han desplazado a los privados, por lo que mantienen un estricto control de las noticias que llegan a la población.

En la práctica, Putin tiene, como Presidente de la Federación Rusa, una posición dominante en el sistema político de ese país. Eso no solamente tiene que ver con la fuerza que constitucionalmente le son conferidas a la cabeza del Estado, sino también a que este dirigente, por medio de su partido político “Jedinaja Rossija” (“Rusia Unida”) controla el parlamento. Las elecciones parlamentarias, en septiembre 2021, estuvieron plagadas de irregularidades: los candidatos opositores al régimen tuvieron muchísimas dificultades para participar, pues muchos de ellos fueron impedidos de participar al negárseles el registro bajo acusaciones de, por ejemplo, pertenecer a organizaciones extremistas o de tener dinero en el extranjero. De esa forma, muchos candidatos o aspirantes a candidatos pertenecientes a diferentes grupos opositores tuvieron que abandonar el país. Solamente el partido liberal pudo participar en los comicios; la oposición real quedó fuera. Aunque hay varios partidos presentes en la Duma, en realidad, en las grandes cuestiones que se discuten, votan con “Rusia Unida”, por lo que estamos ante una “oposición sistémica”. De todas maneras, el partido hegemónico, con 324 escaños de un total de 450, tiene una cómoda mayoría.

Las organizaciones internacionales que han asistido desde hace años a las elecciones rusas como observadoras tuvieron muchas trabas para hacerlo en las elecciones de 2021. Por ejemplo, la Organización para la Seguridad y la Colaboración en Europa, que desde 1993 enviaba observadores electorales a Rusia, por primera vez no pudo hacerlo, debido a las restricciones impuestas por el gobierno, so pretexto de la pandemia de COVID. Todo esto, aunado al voto forzoso de militares y funcionarios, al masivo fraude en la votación electrónica y a las irregularidades en el voto a domicilio, ha traído como consecuencia que el 45% de los rusos considere que las elecciones no fueron justas.

Pero no solamente por sus ataques a las instituciones democráticas que existían en Rusia podemos considerar a Putin un enemigo de la democracia; tampoco basta considerar su lucha extrema en contra de opositores políticos, casi todos ellos proclives a la democracia, sino también por sus constantes intentos por debilitar y demoler las instituciones democráticas de varios países occidentales. Ya quedó demostrada, por ejemplo, la intervención de los servicios secretos rusos en el proceso electoral que llevó al triunfo a Donald Trump en 2016. De todos es sabida la enorme admiración que Trump siente por Putin, similar a la que tiene la candidata populista Marine Le Pen en Francia, quien incluso se atrevió a hacer campaña valiéndose de una fotografía en la que aparece ella, muy sonriente y orgullosa, estrechando la mano del tirano Putin. Le Pen perdió la segunda vuelta en Francia hace unos días y el empleo de esta fotografía en su campaña oficial demuestra no sólo su apego y admiración por Putin, sino que además va en línea con el apoyo que Le Pen ha manifestado a la infame invasión rusa a Ucrania.

De hecho, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas de hace unos días es uno más de esos procesos electorales y referendos en Europa y en Estados Unidos en donde han jugado un papel importante los intereses de Vladimir Putin y de su camarilla de oligarcas, casi todos ex miembros de la tristemente célebre KGB, es decir, viejos colegas y amigos del dictador. Así que la Sra. Le Pen ha sido, es y seguirá siendo la candidata de Putin. Lo peor de esto es que no es la única, puesto que en realidad debemos partir de la existencia de un amplio grupo de tontos útiles. Desde Rusia, un equipo de hackers apoyó en el ciberespacio la campaña de Le Pen, a quien también ayudaron radicales de derecha desde Estados Unidos. Otro gran admirador y empleado de Putin es Julian Assange, el fundador de Wikileaks, por lo que muchas veces ha actuado y se ha manifestado en favor de Putin. 

Hay otros cómplices de la maquinaria rusa en contra de las democracias: uno de ellos es Silvio Berlusconi, de quien se sospecha ha sido sobornado por Putin para obtener su apoyo, por ejemplo, después de la anexión de Crimea en 2014. Sin embargo, hace unos días, y ante un público que le aplaudió de pie, Berlusconi se manifestó profundamente decepcionado por la guerra contra Ucrania y muy dolido por el comportamiento de Putin, a quien siempre consideró un amigo y un demócrata. Bueno, al menos ya abrió los ojos el polémico político italiano. Otro político que al parecer también fue “comprado” por Putin es otro italiano, Matteo Salvini, populista, quien ya ha sido Vicepresidente y Primer Ministro en su país. A este individuo parece que lo compraron con jugosos negocios en la rama petrolera; los rusos gustan en llamarlo “el Trump europeo”, por sus posturas políticas similares. Es partidario de una Europa “cercana a Rusia”, misión y sueño en los que tiene como aliados al “Partido de la Libertad Austriaca” (FPÖ), a la “Alternativa por Alemania (AfD), a la Sra. Le Pen en Francia, al impresentable Victor Orbán en Hungría y a los “demócratas” populistas suecos. También en Inglaterra tiene Putin muchos aliados en organizaciones populistas y de derecha, y la sospecha de que Rusia influyó en el referendo en torno al Brexit es sumamente fuerte. Obviamente, a Putin le interesaba que el Reino Unido saliera de la Unión Europea, por lo que apoyó al actual Primer Ministro en esa tarea. Sin embargo, a pesar de las sospechas, ni el gobierno inglés ni los servicios secretos han investigado este tema muy a fondo. Como sea, Boris Johnson se ha convertido en uno de los más decididos aliados del gobierno ucraniano en su guerra defensiva contra la invasión rusa y le ha suministrado muchísimo armamento y capacitación militar. Las relaciones del gobierno de Putin con empresarios y políticos ingleses parecen ser tan ricas como confusas.

También es curioso que los intentos de las agencias secretas rusas para inmiscuirse en el referéndum independentista escocés de 2014 no se hayan investigado por las agencias inglesas de inteligencia y contraespionaje. Por supuesto que la separación de Escocia del Reino Unido hubiera sido motivo de fiesta en el Kremlin.

Como hemos podido ver, todos los políticos que muestran su admiración por Putin y por su régimen están en el bando de los autoritarios, en el bando de los enemigos de la democracia, en el bando de los populistas y demagogos. Son admiradores de un personaje que no respeta ni la vida ni la dignidad de sus propios conciudadanos; por eso actúa como actúa contra los civiles ucranianos y sirios; por eso emprende guerras de exterminio, por eso manda envenenar a sus críticos, o los encarcela ilegalmente; por eso la tortura es práctica común, al igual que la persecución contra críticos y periodistas independientes. Por eso, la guerra contra Ucrania no sólo es una cobarde agresión contra el pueblo de esa nación, sino contra la democracia y lo que ella representa: la libertad, la igualdad de todos ante la ley, el respeto a la dignidad de la persona humana, el Estado de derecho, la autonomía de la persona, el respeto a los derechos humanos, la resolución de los conflictos por las vías pacíficas e institucionales.

Los países occidentales deben despertar de su ilusión de que, haciendo negocios con un tirano, lo tendrán tranquilo y de su lado. Eso no funcionó. Es como una especie de “síndrome de Moctezuma”, quien creyó que, enviándole regalos y obsequios a Hernán Cortés, lo mantendría alejado. Nada más falso: como en el caso de los regalos a Cortés, los contratos jugosos con Putin sólo exacerbaron sus ambiciones y su desprecio abierto contra la democracia. En estos momentos de peligro para la democracia, nos tiene que mover la convicción de que sólo el derecho es capaz de someter al poder y de conseguir la paz; sólo la democracia y la búsqueda del bien común nos pueden ayudar a resolver los graves problemas a los que nos estamos enfrentando en el mundo entero. La paz no solamente es la ausencia de guerra, sino que es, como ya lo advertía San Agustín, la tranquilidad en el orden. Y los tiranos son los principales enemigos de la democracia y de la paz.