El pasado mes de mayo, 46 integrantes de la comunidad UPAEP, entre profesores, directivos, administrativos y colaboradores de distintas áreas de la Universidad, participamos en una experiencia organizada por la Escuela de Negocios dentro del proyecto SPES, con el objetivo de brindarnos la oportunidad de crecer en nuestro conocimiento personal, comunitario y de Dios.
Durante cinco días recorrimos el tramo final del Camino Francés, desde Sarria hasta Santiago de Compostela, un camino de poco más de cien kilómetros que es realizado por miles de peregrinos de todo el mundo. Nunca se trató solo de un viaje, sino de una experiencia de peregrinación que nos invitó a vivir nuestra fe, fortalecer la comunidad universitaria y reencontrarnos con nosotros mismos. Cada etapa representó una oportunidad para avanzar geográficamente hacia Santiago, pero también para, poco a poco, a cada paso, profundizar en nuestro camino interior.
Una experiencia entrañable fue descubrir que las relaciones humanas cambian cuando compartimos algo más que espacios de trabajo. En el Camino desaparecen los puestos, las oficinas y muchas de las estructuras que normalmente nos definen. Las largas caminatas, las pausas para descansar, las comidas compartidas y las conversaciones espontáneas nos permitieron conocer a personas con quienes quizá habíamos coincidido durante años en la Universidad, pero cuya historia personal desconocíamos por completo.
Caminar juntos también nos enseñó una lección sencilla, pero poderosa: avanzar paso a paso. Cuando se observan los kilómetros que faltan para llegar a Santiago, la meta puede parecer lejana e incluso abrumadora. Sin embargo, el Camino enseña que las grandes metas se alcanzan concentrándose en el siguiente paso, y después en el siguiente. Esta enseñanza resulta especialmente valiosa para quienes trabajamos en la formación de personas, en proyectos académicos o en la construcción de iniciativas institucionales que requieren paciencia, perseverancia y visión de largo plazo.
Al mismo tiempo, el Camino confronta a cada peregrino con sus propios límites. El cansancio físico aparece inevitablemente y obliga a escuchar al cuerpo de una manera poco habitual. Aprendimos que no siempre podemos avanzar al mismo ritmo y que, en ocasiones, la mejor decisión es disminuir el paso, descansar o aceptar la ayuda de otros. En una cultura que suele valorar la autosuficiencia, esta experiencia nos recordó que reconocer nuestras limitaciones no es una debilidad, sino una oportunidad para crecer.
Quizá una de las lecciones más significativas fue descubrir la fuerza de la comunidad. Aunque el Camino parece una experiencia individual, nadie lo recorre completamente solo. Siempre hay alguien que anima, acompaña, espera al que viene más lento o comparte palabras de aliento cuando el cansancio comienza a pesar. Esa compañía te da la posibilidad de compartir la vida y de maravillarse con alguien más. La solidaridad espontánea nos recordó que las metas importantes se alcanzan mejor cuando caminamos junto a otros.
La Universidad funciona de manera similar. Detrás de cada logro académico, proyecto institucional o experiencia formativa existe una comunidad que acompaña, sostiene y hace posible el trabajo común. El Camino nos permitió experimentar de forma tangible algo que a veces olvidamos: ninguna misión verdaderamente importante se construye en solitario.
Encontrar espacio para la reflexión
No todo fue la experiencia física: incluso, no es la más relevante. El Camino nos ofreció algo cada vez más escaso en la vida contemporánea: tiempo para reflexionar.
En medio de agendas saturadas, reuniones, dispositivos móviles y responsabilidades cotidianas, pocas veces disponemos de varias horas continuas para pensar. Caminar durante largas jornadas crea un ritmo diferente, un espacio interior que favorece el silencio y la introspección.
A lo largo de la peregrinación fuimos acompañados espiritualmente por el Padre Joan, quien nos ayudó a dar sentido a la experiencia mediante reflexiones diarias inspiradas en distintos pasajes de la Sagrada Escritura. Cada jornada concluía con momentos de oración comunitaria y con la celebración de la Eucaristía en las parroquias de los distintos pueblos que forman parte del Camino. Estos momentos fueron dando forma y nombre a lo vivido cada día. Como culmen del Camino, tuvimos la oportunidad de participar en la Eucaristía celebrada en la Catedral de Santiago de Compostela, dando fin así a una experiencia espiritual que había comenzado varios días antes sobre los senderos gallegos.
La experiencia no siempre es inmediata. Durante buena parte del recorrido predominó el cansancio físico y una pregunta persistente: ¿por qué estamos haciendo esto? Mientras otras personas parecían conectar rápidamente con el significado espiritual de la peregrinación, otras se centraban más en el esfuerzo, los kilómetros por recorrer y el desgaste acumulado.
Estas experiencias nos invitaban a mirar nuestra propia vida, nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra vocación desde una perspectiva distinta. Más allá del esfuerzo físico, este peregrinar se convirtió en una oportunidad para preguntarnos quiénes somos, qué sentido damos a nuestro trabajo y cómo vivimos nuestra fe en medio de nuestras responsabilidades profesionales y personales.
El Camino no exige que todos vivamos lo mismo ni que experimentemos las mismas emociones. Cada persona recorre también un camino interior distinto. El verdadero propósito no está únicamente en llegar a Santiago, sino en permitirse vivir el proceso, compartirlo con otros y abrirse a preguntas que en la rutina diaria rara vez encontramos tiempo para formular.
Volver para servir mejor
Quizá la enseñanza más importante del Camino comienza cuando termina. El valor de la experiencia no está únicamente en haber recorrido los más de cien kilómetros ni en haber llegado a la Plaza del Obradoiro frente a la Catedral de Santiago. La enseñanza más importante está al responder la pregunta: ¿cómo regresamos a nuestra vida cotidiana después de haber vivido algo así?
Regresamos con una conciencia renovada sobre la importancia de la comunidad. Regresamos comprendiendo mejor que ninguna persona crece sola y que nuestra misión universitaria solo cobra sentido cuando se construye junto a otros.
Regresamos también con una invitación a ejercer un liderazgo más humano, más cercano y más centrado en el servicio. En una Institución de inspiración católica, el liderazgo no consiste únicamente en alcanzar resultados, sino en acompañar personas, escuchar, comprender y ayudar a que otros desarrollen plenamente sus talentos.
La experiencia me recordó que la educación es mucho más que transmitir conocimientos. Implica acompañar procesos de crecimiento humano, reconocer la dignidad de cada persona y contribuir a la construcción de una comunidad donde cada individuo pueda descubrir su vocación y ponerla al servicio de los demás.
Esa es, quizá, la mayor enseñanza que me llevo del Camino de Santiago vivido junto a mis compañeros de UPAEP: comprender que la formación integral no ocurre solamente en las aulas. También sucede cuando caminamos juntos, reflexionamos juntos y aprendemos a reconocer en el otro a un compañero de camino.
Porque, al final, lo más importante es la manera en que regresamos para seguir caminando nuestro camino de cada día.










