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           1.-María[1].

 

 

 

            María tiene tres años y hace un par de meses ingresó al primer grado de preescolar, lo que significa su primera incursión en la escuela. Es una niña inteligente y con mucho carisma pero de pronto empieza a faltar a clases. Cuando la directora del jardín de niños indaga la razón de estas faltas la respuesta que recibe por parte de los papás es que “María no ha querido ir a la escuela”:

 

            La directora le propone a los papás que la maestra visite a María una tarde en su casa, para que a ella le resulte una figura familiar; tal vez con esta estrategia pueda animarse a regresar a la escuela. Aunque la maestra reporta que la niña siempre está contenta en la escuela, no llora ni extraña su casa y no parece sufrir la asistencia al colegio, accede a ir a la casa de María.

 

            La maestra regresa al otro día de esta visita y manifiesta una enorme sorpresa por lo que vio ahí. “La casa es el reino de María”, dice la profesora Lety. Hay juguetes en la sala, el comedor, el baño, la cocina, las recámaras, etc. y toda la casa tiene las paredes pintadas por ella.

 

            María está ahora en la oficina de la directora de la escuela. Se encuentra sentada en las piernas de su papá, que está sentado a su vez junto a la mamá de la niña. Ambos están ahí para dialogar con la directora sobre la continuidad de su hija en la escuela. Cuando la directora les pregunta: ¿Por fin, se va a quedar María en la escuela? ¿Qué han decidido? El papá se dirige a la niña y le dice: “Dile a la maestra lo que decidiste”. El final es previsible: María le dice a la directora que no quiere volver a ir a la escuela. Los papás acatan esta decisión.

 

            Una niña de tres años decide “libremente” sobre su futuro en la vida.

 

            El miedo a ser padres.

 

 

 

            2.-Marco.

 

 

 

            Marco tiene cinco años y es el hijo primogénito de un matrimonio joven formado por dos profesionistas que rondan apenas los treinta años. Ellos, como muchas parejas actuales, han leído muchos libros sobre el tema de la crianza y siguen al pie de la letra las teorías de moda en este campo.

 

            La teoría más actual afirma que es necesario dejar que los hijos experimenten con los sentidos sin ponerles ninguna restricción, para poder tener un desarrollo armónico. Ellos dejan que Marco experimente lo que desee y donde lo desee.

 

            Los papás de Marco se encuentran en una cena con amigos. Una pareja que aún no tiene hijos y es muy amiga de ellos los ha invitado a conocer su casa nueva. Ellos no tienen quién les cuide a Marco y lo llevan a la cena. Todo transcurre normalmente hasta la hora en que se sirven los alimentos. Como los niños tienen que experimentar, él tiene permiso de meter las manos al plato y batir la comida, jugar con ella y experimentar su textura. Pero Marco quiere también experimentar qué se siente embarrar la comida en las paredes de la casa nueva y en los muebles de la sala. Por supuesto le está permitido porque sus papás siguen lo que los expertos dicen acerca de lo que debe ser una buena crianza para los niños.

 

            El resultado también es previsible: Marco se sale con la suya, sus papás no tienen el menor sentimiento de culpa sobre los daños causados porque se trata de un niño y los anfitriones contienen su molestia pero deciden jamás volver a invitar a sus amigos.

 

            Un niño de cinco años provoca el distanciamiento de unos amigos de toda la vida.

 

            El miedo a ser padres.

 

 

 

            3.-“El segundo D”.

 

 

 

            En una escuela secundaria se recibe una denuncia por redes sociales. Se informa a las autoridades de la escuela que casi todo el grupo de segundo D de secundaria practica el “cutting” (http://www.salud180.com/jovenes/cutting-es-una-nueva-moda-entre-adolescentes ), una forma muy popular de autoagresión que consiste en cortarse los brazos con una navaja de rasurar o un cutter, produciendo muchas lesiones pequeñas y superficiales.

 

            Cuando la dirección y los maestros empiezan a investigar, la denuncia resulta cierta. La mayor parte del grupo acepta que se corta los brazos cotidianamente e informa que reciben instrucciones a través de las redes sociales sobre la forma de hacer las cortadas y las estrategias que deben usar para evitar que sus papás y maestros se den cuenta de lo que hacen. Ellos ignoran quién está detrás de estos mensajes que reciben y justifican lo que hacen como “normal”, afirmando que no les causa ningún problema, que “no duele”.

 

            La escuela decide convocar a una reunión de padres de familia de segundo D. Cuando le plantean a los papás las cosas que están pasando, muchos de ellos se sorprenden porque afirman no tener idea de que sus hijos estuvieran en esta dinámica de autoagresión. La orientadora les explica que deben estar pendientes de lo que sus hijos reciben en sus teléfonos celulares y la computadora, supervisar sus contactos y relaciones en redes sociales. Sin embargo los papás manifiestan que no pueden hacer eso porque “sus hijos e hijas no quieren mostrarles esta información y se enojan con ellos cuando se las solicitan”.

 

            Un grupo de adolescentes de trece o catorce años puede decidir auto-agredirse y ocultar información a sus padres sobre sus contactos en redes sociales aunque esta información sea crucial para evitar que sigan haciéndose daño.

 

            El miedo a ser padres.

 

 

 

            4.-Ejercer la autoridad.

 

 

 

            El gran columnista German Dehesa (http://gruporeforma.reforma.com/libre/offlines/pdf/archivos/%5B2%5DDehesa.pdf ) lo expresaba de una manera muy acertada: los miembros de las generaciones actuales de adultos vivimos bajo una doble dictadura. Fuimos regañados y sometidos por nuestros padres y ahora vivimos sometidos y regañados por nuestros hijos.

 

            El filósofo vasco Fernando Savater (http://www.fernandosavater.com/ ) ha escrito también en diversas ocasiones sobre este fenómeno de los padres de familia contemporáneos que tienen un enorme miedo a ejercer la paternidad y recurren al falso y dañino esquema de pretender ser amigos de sus hijos.

 

            En este sentido, Savater subraya la enorme importancia de fomentar en los hijos el principio de realidad, elemento indispensable para que puedan llegar a ser adultos y aprendan a vivir en sociedad.

 

            “...el principio de realidad implica la capacidad de restringir las propias apetencias en vista de las de los demás, y aplazar o templar la satisfacción de algunos placeres inmediatos en vistas al cumplimiento de objetivos recomendables a largo plazo.

Los niños -esta obviedad es frecuentemente olvidada- son educados para ser adultos, no para seguir siendo niños. Son educados para que crezcan mejor, no para que no crezcan... puesto que de todos modos, bien o mal, van a crecer irremediablemente.

Si los padres no ayudan a los hijos con su autoridad amorosa a crecer y prepararse para ser adultos, serán las instituciones públicas las que se vean obligadas a imponerles el prinicipio de realidad, no con afecto sino por la fuerza”.

(http://optica.machorro.net/Personal/Savater/info/xElValorDeEducar_Savater.html)

 

            La educación indudablemente empieza en la familia y sigue en la familia con el apoyo de la escuela, de tal modo que es mucho más difícil la labor de los profesores cuando no existe el apoyo de unos padres que no tienen miedo de serlo y de ejercer la autoridad, que como afirma el mismo Savater, no consiste en mandar o en imponer sino precisamente –desde el origen etimológico de la palabra- en ayudar a crecer.

 

 

 

 

 

 

[1] Las anécdotas aquí narradas son reales pero los nombres y datos han sido cambiados por razones de privacidad de los protagonistas.

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