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Por: María de los Ángeles Peralta Romero. 

Alumna de tercer semestre del Bachillerato Santiago.

 

Siempre he sido muy alegre. Cuando era niña me gustaba un programa muy divertido en el que aparecía un gran dinosaurio morado llamado Barnie. Debido a este simpático personaje fue que tomé el gusto por la danza. Generalmente cuando escuchaba las canciones del programa me ponía a bailar frente a la televisión como si fuera el mejor escenario de todos.

 

Conforme fui creciendo mi mamá fue notando que me gustaba mucho el baile por lo que decidió inscribirme a clases de ballet, jazz, hip hop, tahitiano, ori, y salsa. Al menos así lo anunciaban. No eran las mejores clases pero en ese momento me encantaban, me hacían feliz. No quería faltar. Fue difícil para mí cuando, por razones de salud, de tiempo y organización, dejé de ir por lo menos un año.

 

La siguiente academia a la que asistí era un poco mejor que la anterior. En este ciclo de mi vida, aparte de tener un nuevo género (el tap), también la danza empezó a tener un mayor impacto o significado en mi vida. Ya no sólo eran simples pasos o simples técnicas, ahora la danza era también una forma de deshacerme de las preocupaciones. Era mi momento, cuando yo dejaba de pensar en el paso siguiente y sólo me dejaba llevar.

 

Mudarme de Ciudad del Carmen a Puebla fue algo asombroso. Al principio estaba triste, pero después me sentí feliz por haberme atrevido a romper mis miedos para construir mi desarrollo personal. Todos los cambios son complicados. Pero no lo sabía. Era la primera vez que me enfrentaba a algo tan grande en mi corta vida. Fue reconfortante para mí encontrar, en la nueva ciudad, un lugar en el que me enseñaron que la danza no sólo es para liberarse de las preocupaciones sino también para expresar una historia ajena o tuya, por medio de sencillos movimientos. Aprender que el sentimiento también te hace crecer, me hizo desarrollar más mi lado reflexivo. A veces me pregunto por qué me tocan vivir algunos momentos difíciles y por qué hago las cosas de cierta manera. Estos cuestionamientos me causan tantos remolinos en mi cabeza que ya no sé qué hacer con ellos. Por eso la danza es mi salida para liberarlos y ordenarlos. De esta forma puedo actuar de la manera más correcta.

 

Durante mi estancia en la academia más reciente, empecé a dudar sobre la necesidad de tener reglas en el arte. Las reglas sólo limitan la creatividad, encierran al hombre en un monótono existir que le impide externar sus ideas. Aunque algunas personas digan que las reglas son para tener un orden, yo sigo pensando que a veces obstaculizan. Es difícil aceptar que todos te digan qué hacer y cómo hacerlo, sobre todo cuando estás expresándote a través del baile. Quizás, dentro de mi desarrollo personal, la danza fue sólo un punto de inicio y otra actividad artística está esperándome.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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