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Por: Yahir García Tlalmis

Alumno de primer semestre del Bachillerato Santiago

 

 

Los milagros existen gracias a la fe y a la humildad de cada persona. Algunos estudios afirman que la sociedad se ha alejado del pensamiento trascendental para refugiarse en un mundo material regido por el consumismo y el aislamiento de los otros. Me gusta pensar que la fe va más allá de las religiones y que la vida espiritual de las personas hace posible acrecentar el alma y la mente.

 

Los milagros y el mundo de la fe a veces son reducidos a una manifestación divina, como las apariciones marianas, sin embargo también ocurren en la vida cotidiana de las personas. Hay pequeñas revelaciones que ocurren frente a nosotros todos los días y que a veces pasan desapercibidas. En ocasiones un milagro puede estar asociado con una experiencia que nos marca de por vida. Hace dos años mi abuelo, una persona a la que quiero mucho, se accidentó en una escalera. Verlo tirado en el suelo me llenó de angustia y de miedo. Lo único que pude pensar fue en él y en la sangre que manaba de la herida en su cabeza. Pensé en una tragedia pero, al mismo tiempo, deseé con todas mis fuerzas que mi abuelo superara el accidente. Después recé y le pedí a Dios que las cosas salieran bien para mi abuelo. Él se recuperó después de un tiempo de convalecencia. 

 

Los milagros existen siempre y cuando aprendamos a reconocer los momentos en los cuales nuestra vida se transforma. Hay que aprender a vivir y a distinguir las cosas valiosas de la existencia. Hay que valorar el simple hecho de respirar a atesorar aquellos momentos en los que amamos, reímos, sufrimos y afrontamos retos en apariencia imposibles. Los milagros pueden suceder en cualquier momento y día. 

 

 

 

 

 

 

 

 

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