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Durante las últimas dos semanas, el mundo entero, particularmente los interesados en políticas de defensa nacional, han seguido con interés y preocupación el caso de la desaparición del submarino argentino “ARA San Juan” (ARA es la abreviatura por “Armada de la República Argentina”). Es de esperarse, dado que en el momento de escribir estas líneas ya se ha suspendido la búsqueda de sobrevivientes y sólo se estará buscando la nave, que esta tragedia marítima traiga consigo muchas turbulencias en la vida militar y política del país sudamericano. Hagamos algunas reflexiones al respecto.

1. El “San Juan” es un submarino perteneciente a la clase TR-1700, que engloba a una serie de submarinos de propulsión convencional, desarrollada, por petición de la Armada Argentina, por los astilleros alemanes “Nordseewerke, en Emden. Se planearon 6 unidades, se empezaron a construir 4 y se pusieron en servicio 2. Con la desaparición del “San Juan” queda solamente uno, el “ARA Santa Cruz”, primero de la serie, en servicio.

2. No existe otro submarino de esta clase en alguna otra fuerza naval del mundo, ya que la licencia de construcción pertenece a la Armada argentina. Este tipo de buques está concebido como submarino de ataque contra fuerzas de superficie, contra otros submarinos, contra tráfico mercante y para realizar operaciones de minado. Como una norma interna, los submarinos argentinos llevan el nombre de alguna provincia cuyo nombre empiece con “S”.

3. Aunque estos submarinos ya están ciertamente entrados en años (sirven a la Armada argentina desde 1985), no son totalmente obsoletos. De hecho, el “San Juan” fue sometido a una “reparación de media vida” entre 2007 y 2014: entre otras reparaciones, se realizó el cambio de las placas de las baterías, se reparó el casco, se cambió la planta propulsora y se dotó a la nave de un nuevo periscopio. Su sistema de tiro le permite procesar automáticamente cinco blancos y guiar tres torpedos de manera simultánea. Se supone que con estas reparaciones, el navío podría servir a la Armada otros 30 años.

4. Aparentemente el submarino estaba en buenas condiciones mecánicas y marineras, aunque se especula acerca de la calidad de las baterías. El viaje era de rutina y no había torpedos a bordo. Sin embargo, debido a las malas condiciones meteorológicas, entró agua por el snorkel hacia las baterías, lo que provocó un incendio que pudo ser controlado. Este tipo de incidentes (la entrada de agua por el tubo de respiración de las baterías) es hasta cierto punto normal, pero debe haber habido algún problema con la válvula que cierra este conducto, por lo que posiblemente entró más agua de la que se esperaba, por lo que se presenta “humo sin llamas”, pues el agua salada, al contacto con las baterías, produce un corto circuito y un incendio, lo que a su vez genera un gas cloro, muy peligroso.

5. Los tubos de ventilación son necesarios para obtener oxígeno y poder recargar las baterías, por lo que un submarino como el “San Juan” necesita hacer snorkel aproximadamente el 20% del tiempo de navegación. Un submarino de este tipo navega generalmente a 15 o 20 metros de profundidad; lo único que sobresale son unos “tubos” que cumplen diferentes funciones: la antena de comunicaciones, el radar, el periscopio y el snorkel. Cuando hay mala mar, como ocurrió en este caso, el submarino debe navegar bajo el agua.

6. Hasta donde sabemos, la tripulación logró controlar el incidente, aisló las baterías de proa y continuó hacia su base en Mar del Plata empleando solamente las de popa. A las 0730 del 15 de Noviembre tuvo lugar la última comunicación rutinaria con el submarino; todo parecía marchar bien. Ante las malas condiciones climáticas, el buque proseguiría su navegación sumergido.

7. Súbitamente, a las 1031, la “Comprehensive Nuclear-Test-Ban Treaty Organization” registró, cerca de la posición en la que se presumía al “San Juan” y a 390 metros de profundidad, el ruido de una “explosión”. Esta institución está encargada de monitorear los mares del mundo en busca de ensayos nucleares. Lo que seguramente ocurrió fue una “implosión”, es decir, la rotura hacia adentro del casco del submarino, debido a que en su interior la presión era inferior a la del exterior. Se calcula que, en un evento de esta naturaleza, el casco del “San Juan” habría sido destruido en cosa de 40 milisegundos.

8. Cuando la tripulación de un submarino desea que este emerja, la nave lo hace, a menos que haya algún obstáculo que lo impida. Todo parece indicar que la tripulación perdió el control sobre el buque. Falta entonces encontrar las causas. Si el submarino colapsó (es decir, “reventó”) a 390 metros de profundidad, es decir, a 200 metros más arriba de la profundidad “de destrucción”, que es de 600 metros, podríamos especular que los trabajos de reparación en el casco no fueron bien realizados (es decir, los trabajos para volver a soldar el casco), por lo que su fuerza estructural cedió a relativamente poca profundidad.

9. En estos momentos, siete barcos especiales rastrean el área con sofisticados equipos en busca del submarino. Si bien la región de búsqueda no es muy extensa, el problema radica en el fondo, en donde la profundidad pasa rápidamente de unos 300-400 metros a casi 4 000.

10. La situación para la Armada argentina es delicada: en un país en donde no se olvidan los crímenes de la dictadura militar (se acaban de dictar severas sentencias hace unos días), el costo político para las fuerzas armadas por la pérdida del “San Juan”, sobre todo si se confirma que hubo negligencia en los trabajos de reparación o algún otro error humano no atribuible a la tripulación, podría ser muy alto. Por lo pronto, es casi un hecho que el Atlántico se ha convertido nuevamente en la tumba de una tripulación completa, que murió cumpliendo con su deber. Ojalá no tuviéramos que decirlo: que descansen en paz.

 

Dr. Herminio S. de la Barquera y A.

Dirección de Posgrados en Ciencias Sociales

 

Grupo de Investigación en Ciencias Sociales (INCISO-UPAEP)

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