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Los actores militares occidentales, una vez terminada la Guerra Fría, se enfrentaron a un mundo nuevo: el colapso de la Unión Soviética significó, entre otras cosas, que a la marina de guerra de la naciente Federación Rusa se le siguió considerando como el enemigo a vencer. Sólo después de algún tiempo se descubrió que en realidad la antigua marina soviética nunca estuvo orientada a amenazar directamente las rutas de abastecimiento de los aliados occidentales por el Atlántico del Norte, sino que buscaba en primera instancia proteger sus propios submarinos atómicos lanzamisiles (llamados, en la terminología estadounidense, SSBN: submersible ship, ballistic missile, nuclear powered). Con el paso de los años, si bien los Estados Unidos siguieron manteniendo un indiscutible liderazgo en materia de conducción de la guerra marítima, se hizo evidente que los nuevos conflictos no estallarían generalmente entre Estados nacionales, sino entre estos y organizaciones terroristas y guerrilleras; que habría que estar preparados para llevar a cabo operaciones de rescate de grupos de civiles en regiones en crisis, de apoyar a la población civil ante la creciente violencia de los fenómenos naturales, etc. En resumen: los conflictos son ahora de carácter asimétrico y las funciones de las fuerzas navales son diferentes a las que tenían durante la Guerra Fría.

Por lo tanto, aparecieron nuevos conceptos: combate a la piratería, rescate de refugiados o desplazados o auxilio en casos de desastres naturales. Por eso es interesante (y preocupante) ver cómo en los últimos meses se ha venido discutiendo en el mundo occidental la necesidad de regresar a los conceptos clásicos de las operaciones navales: guerra de superficie, guerra submarina, guerra de minas, combate aeronaval, pero también aparecen unos nuevos: guerra de información, guerra cibernética o conducción de guerra electrónica. Así que estamos regresando, al parecer, junto con estos conceptos clásicos, a situaciones de conflicto que supuestamente ya estaban superadas. Vuelven por sus fueros vocablos como “Sea Control and Sea Denial” (esto es, el control de los mares y la capacidad para impedir que otros actores aprovechen en beneficio propio dicho escenario).

Sin embargo, debido a las cambiantes condiciones del mundo actual, el adjetivo “naval” ya no es suficiente; hay que hablar, mejor, de una estrategia “marítima” para enfrentar los nuevos problemas, que reclaman algo más allá de lo meramente militar para poder ser resueltos: piratería, delincuencia organizada (narcotráfico, trata de personas), contaminación de los mares con substancias tóxicas, agotamiento de los recursos pesqueros, cambio climático, etc. Como esto tiene que ver con un bien que pertenece a toda la humanidad (los mares), solamente podrá ser enfrentado con éxito si los Estados nacionales lo hacen de común acuerdo, pues estos retos no conocen de fronteras. Además, si vemos que la inmensa mayoría del comercio mundial y que alrededor del 80% de las comunicaciones se realizan por vía marítima (buques mercantes, cables de fibra óptica), es claro que es esencial para la Humanidad proteger los mares para poder seguir utilizándolos, cada vez de manera más responsable.

Si queremos enlistar los elementos de los que debe disponer toda estrategia naval/marítima de un país que quiera ser fuerte, podemos recurrir a las enseñanzas del célebre almirante estadounidense Alfred T. Mahan (1840-1914), aunque él se refería fundamentalmente a su propio país: el Estado y su sociedad deben aceptarse como nación marítima, es importante disponer de una armada poderosa y de astilleros eficientes, debe desarrollarse una gran industria pesquera, tener buenos puertos dotados de excelente infraestructura, hacerse de la capacidad para vigilar los mares próximos y para navegar por el Ártico, etc. En nuestros días, el almirante James Stavridis –de la misma nacionalidad que Mahan- complementa lo anterior con los siguientes componentes: la importancia del arma submarina y del apoyo aéreo, garantizar la conducción conjunta de la guerra (esto es: coordinación entre las diferentes fuerzas terrestres, navales y aéreas), consideración del ciberespacio, creciente importancia de los satélites y de las estaciones espaciales, y desarrollo de vehículos aéreos, submarinos y de superficie no tripulados. Todos estos elementos deben estar perfectamente coordinados para poder lograr una estrategia funcional, que pueda integrarse a lo que hasta ahora se ha realizado y que pueda aplicarse a un escenario globalizado, del que depende la supervivencia de las sociedades actuales. Recordemos, por último, que casi no ha habido en la historia un imperio duradero o un Estado fuerte que haya logrado perdurar sin el control de los mares, por lo menos de las aguas frente a sus costas.


Dr. Herminio S. de la Barquera y A.

Dirección de Posgrados en Ciencias Sociales

Grupo de Investigación en Ciencias Sociales (INCISO-UPAEP)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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