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Vivimos tiempos de una polarización política que yo no había visto antes. Siempre ha habido diferencias, eso ni duda cabe, pero antes podíamos sentarnos en familia a la mesa y expresarlas… hoy, entre amigos y familiares hay malestar, diferencias irreconciliables, vituperios. Los ánimos están más caldeados que nunca: un buen laboratorio para corroborarlo son las redes sociales. 

Pero, ¿esta efervescencia que llega hasta el mutuo insulto, no entre los candidatos, sino entre los hermanos y amigos, se extiende a todos los mexicanos? No. También existe una gran indiferencia, sobre todo en el sector juvenil. Soy profesor universitario y el sector ya está “vacunado” contra los políticos. Para muchos jóvenes asistir a las elecciones, interesarse en los debates, leer las propuestas es visto como la cooperación a una inmoralidad pública, pues sin importar partidos y colores, para muchos de ellos todos los políticos roban, mienten, asesinan, dan derecho de suelo al narco, etc. ¿Por qué votar por cualquiera de ellos? ¿Por qué jugar a la ruleta rusa de la democracia en este 2018? ¿Qué de interesante tiene elegir quién nos pondrá el zapato en el cuello?

Así las cosas, en este pequeño laboratorio que es mi espacio vecinal, familiar y laboral encuentro dos grandes grupos: los polarizados y los indiferentes, y no hay peor caldo de cultivo para un conflicto social que estos dos ingredientes, son como juntar tolueno con ácido nítrico y sulfúrico. 

¿Qué pienso de la polarización? Antes charlábamos de las diferencias políticas un poco como sucede con las diferencias en el fútbol. Sabíamos algo del adversario y hasta reconocíamos sus buenos goles, las buenas jugadas. Hoy no, de entrada si en las redes sociales alguien pone, por ejemplo, un comentario a favor de Meade, antes de leerlo por completo, las respuestas se apresuran con la típica introducción: “no seas X” (donde usted puede imaginarse cinco palabras altisonantes que van desde la ingenuidad hasta la franca maldad). Los unos llaman a los otros Pejezombies, Meadelovers, Canayas, etc. Cada uno desde su fanatismo acusa de fanático al otro, de ignorante y de cómplice. Pronto se culpan entre todos, y algo así como el “masoquismo moralizante” que denunciaba Octavio Paz, vuelve a poblar nuestras conversaciones. 

Si gana Andrés Manuel, dicen sus opositores, la “culpa” será de los que votaron por él, como si su voto los hiciera traidores a la patria. Ya no son, pues, las meras descalificaciones las que me preocupan, sino la moralina barata pero amendrentadora que está a la base de las injurias. Si no se vota por el Frente, resulta que entonces se peca mortalmente por no favorecer el cambio, por quedarnos en Peña o por regresar a Echeverría. Si se vota por Meade se pertenece a la mafia, se es corrupto hasta el tuétano. Moralizan pronto la opción política, y cada uno de los equipos de campaña se apresta a revivir una suerte de inquisición de las posiciones políticas contrarias.

¿Qué pienso de la indiferencia? Que es el lado opuesto de la polarización. Es un bastión también moralista, pero de aquellos que buscan una alternativa a este estercolero donde los partidos y los independientes se divierten en el casino político donde se reparte el botín jugoso de nuestra economía. Pues bien, cuando miro esta indiferencia pretendidamente justificada, observo dos causas: una homogeneización ideológica, donde el común denominador es el populismo, lo cual resta diferencia sustantiva a la propuesta de un candidato frente a otro. Hoy los candidatos se igualan entre sí, en parte fruto de alianzas entre los partidos diversos, estas alianzas pragmáticas diluyen las diferencias y terminan homologando programas y propuestas; en parte fruto de querer cantar el mismo canto de las sirenas que atrae la atención del votante, con el cual se promete resolver todo: corrupción, impunidad, pobreza, desempleo, bajos niveles educativos, violencia e inseguridad. Todo se resolverá en un abrir y cerrar de urnas el próximo primero de julio.

Pero además de la homologación ideológica existe otra causa de indiferentismo, y tiene que ver con algo más psicológico: el sentimiento de culpa generado por uno mismo, y del que hablaba al inicio del artículo. Veamos: si el pueblo mexicano fue el que eligió a Fox, a Calderón, a Peña… y los resultados se reducen a sangre, pobreza y desesperanza, entonces los verdaderos y auténticos culpables del desastre que vivimos somos nosotros mismos, no los políticos (¿recuerdan el discurso de “V” de Venganza?). Se opera una suerte de “soberanía popular” al revés: ya no es la conciencia orgullosa de sabernos los que mandan, sino sabernos, con vergüenza, la causa última del estado que guarda la patria. El indiferente ya no quiere seguir hipotecando el futuro. Prefiere cortar su dimensión política por lo sano y delimitar su espacio de responsabilidad y eficacia: amigos, familia y unos cuantos vecinos… lo demás, que ruede. Pienso que es muy fácil juzgar a los demás por su voto desde la barrera del voto nulo o el ausentismo, justificándose en un neognosticismo que no se quiere ensuciar las manos ni la conciencia con asuntos tan mundanos como la política. 

¿Qué hacer frente a este panorama? ¿Estamos condenados a participar sólo desde la polarización o a expresar nuestra indignación sólo desde la indiferencia? Se me ocurren dos acciones muy a la mano.

Un grande del siglo XVI nos puede dar más de una pista: el jesuita Francisco Suárez. Para este exponente del republicanismo, el poder viene de Dios y es depositado, no a una persona designada por la sangre y bendecida por la mitra, sino al pueblo, quien lo cede voluntariamente a quien dirige la comunidad. Estrictamente hablando, el soberano no es el rey, sino el pueblo: el poder reside original y esencialmente en el pueblo. Y por este derecho, el pueblo puede destituir, por ejemplo, a un tirano injusto o a un rey de pacotilla. En el interregno, el pueblo recupera el poder, para volverlo a ceder en un acto de renovación. 

No tenemos que esperar a un Carlos IV o Fernando VII, quienes renunciaron al trono en favor de Napoleón Bonaparte, lo cual motivo que el pueblo Español, y con él las colonias de ultramar, consideraran que no les ligaba una obediencia a Francia, de ahí que por una vacante del poder legítimo y la ocupación de uno ilegítimo quedaba justificada la independencia. La madurez democrática nos debe alentar a una mayor presencia en la esfera del poder.

No soy anarquista. Sin autoridades ni instituciones esto se va al garete, aún lo poco que nos queda se perdería. Lo que imagino es un pueblo con autoestima, que se sabe mandador (el que manda) y no mandatario (el que nos hace los mandados, literalmente). Mi diferencia con Suárez es la siguiente: ¡ya estuvo bueno de tener el poder sólo un día cada seis años! Un miserable día precedido por millones de spots publicitarios donde la mercadotecnia política hace sus mejores experimentos de manipulación mediática. 

¿Por qué no “conservar” el poder todo el tiempo? Pero, ¿cómo? Pensemos nuevas formas de apropiación del poder político. Poder tal vez sea sinónimo de “presencia”… tenemos que rescatar ese verbo fundamental que tiene nuestra lengua: “estar”. Estar allí, en Asociaciones Políticas Nacionales (en el país, desde 1997 hasta hoy sólo se han creado 74). Por supuesto, nuestro “estar” está también en el cabildo, entre vecinos, en un sinfín de instituciones. Estemos en agrupaciones de la sociedad civil, estemos en los medios de comunicación, estemos en marchas en las calles, estemos en las oficinas de nuestro diputado local al menos una vez en toda su gestión. Las universidades deberían ser sede de un estar compartido, donde se vuelvan a encontrar los distintos agentes sociales. 

Algunos historiadores de arte dicen que el barroco, entre otras manifestaciones artísticas, consiste en un “horror vacui” (horror al vacío), y que su afán estriba en llenarlo todo, en tapar la desnudez con la belleza. Pues algo semejante pienso que debe suceder en estos tiempos, urge una “ciudadanía barroca” en el sentido de que tienda a llenar todos los espacios de poder, que su “estar” no deje cabida ni a lagunas jurídicas ni a espacios de maniobra para robar el erario, que no permita lo “oscurito” como espacio donde se pactan los grandes negocios a costa de nuestro bienestar. ¿Ya estamos hasta la madre de los políticos? ¡Llenemos de nuevo el espacio vacante que hemos dejado voluntariamente! Claro, el pan y circo hoy está en nuestros celulares y en Netflix, allí quieren que “estemos” bien entretenidos. Pero si salimos y ocupamos el espacio real, si “estamos” en el poder que legítimamente nos corresponde, la cosa va a cambiar, sea quien sea nuestro próximo mandatario (el que nos haga los mandados). 

La segunda acción que tenemos a la mano es “escuchar”. El encono no conduce a nada. Basta ya de la prepotencia descalificadora y de los argumentos ad hominem vulgares. Leamos directamente a los candidatos y sus propuestas, quitemos tanto filtro y elijamos bien, de manera informada y responsable. Y si alguien piensa distinto… ¡a respetar! Basta ya de posiciones para las cuales los que no piensan como ellos o son idiotas o son perversos. Les voy a confesar algo: me he dado la oportunidad de leer las plataformas electorales y los programas de gobierno que han presentado los distintos candidatos (están en el sitio web del INE), y la verdad encuentro algunas muy interesantes. Encuentro puntos importantes en Andrés Manuel, ideas buenas en Anaya, propuestas bastante sensatas en Meade, (aún me falta leer a los independientes, pero en estos días completaré la tarea). Ni López Obrador es tan perverso como lo quieren hacer ver, ni Anaya es tan maquiavélico como lo pintan, ni Meade es un tecnócrata sin posibilidades reales. Escuchémoslos, escuchémonos entre nosotros, aprendamos el difícil arte de convivir respetando las diferencias. Por supuesto, el día de la elección, salgamos todos a votar, y al día siguiente, salgamos todos de nuevo a seguir construyendo futuro a seguir conviviendo en este hogar común que vale la pena y tiene futuro.

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