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“Vocación tempranera y siempre bien sentida,

esta de ser Maestro por amor entregado,

este ir alumbrando caminos por la vida,

ilusionadamente, de niños rodeado. 

 

Poner alma de artista en la noble tarea,

con fuerza misionera y mano delicada; 

saber irse quemando en aras de una idea,

saber seguir la estrella del bien entresoñada...” 

Juan Berbel. Maestro.

(http://www.uhu.es/cine.educacion/poesiaenlasaulas.htm )

 

Este artículo se publica previo al quince de mayo, que en México se celebra el Día del maestro (término que incluye en buen castellano a maestros y maestras aunque nuestro sesgo general de sentido común nos haga hoy incapaces de la abstracción). Resulta pues obligado dedicar el texto de esta semana a analizar y homenajear a los docentes que día a día dejan lo mejor de sí mismos para formar a las nuevas generaciones que van a transformar este país.

Me atrevo a tomar prestado el título del excelente libro de Benito Taibo –cuya historia no tiene que ver con maestros- para tratar de reflexionar sobre la relevancia y el sentido del quehacer docente y la urgencia de revalorar esta profesión que por múltiples factores ha perdido mucho de su antiguo estatus social en las últimas décadas.

¿Por qué titular este artículo dedicado a los maestros Persona normal?

La razón fundamental es que considero que una de las razones que ha contribuido a esta pérdida de estatus del maestro o al menos que impide que este proceso se pueda revertir en nuestra sociedad, es la idealización del rol del profesor y la visión de pureza, apostolado y casi santidad que conlleva.

Al igual que en el caso de las madres, cuyo día acabamos de celebrar, la sociedad ha ido creando una cultura en la que se mira al maestro como un ser extraordinario, especial, dotado de grandes cualidades, altruista y generoso, prácticamente sin defectos ni limitaciones.

Para muestra va el botón del poema que encabeza este artículo. Poner alma de artista en la noble tarea, /con fuerza misionera y mano delicada; /saber irse quemando /en aras de una idea,/saber seguir la estrella del bien entresoñada...” dice el poeta para referirse al maestro, desde una visión idealista y esencialista que se basa en una idea estática y casi determinista de la vocación, entendida como una especie de iluminación divina que se tiene desde el momento en que se nace.

Es natural que cuando comparamos esta visión -que está presente en muchísimos poemas, canciones, discursos oficiales e incluso en la autopercepción de los profesores por la fuerza de nuestra cultura- con los profesores reales, los docentes de carne y hueso que tienen a su cargo la formación de nuestros hijos exista siempre un gran déficit que produce desilusión y hasta molestia. ¿Por qué el profesor de mi hijo o hija no es el apóstol que “con fuerza misionera” llega al aula todos los días? ¿Por qué tiene el profesor de la escuela que he elegido para mis hijos tantos defectos y limitaciones?

La respuesta parece obvia pero socialmente no está tan clara en la consciencia colectiva: porque los maestros son seres humanos con virtudes y defectos, con fortalezas y limitaciones, con ideales y valores pero también con incongruencias y contradicciones.

El filósofo vasco Fernando Savater lo dice con claridad en su ya clásico libro El valor de educar: lo malo de la educación de las nuevas generaciones –que aspiramos a que sean excelentes seres humanos- es que está en manos de profesores que como seres humanos tienen muchos defectos. Pero ahí radica el valor de la educación y lo insustituible del profesor, en que la principal asignatura que se aprende en la escuela es en qué consiste ser humano y eso solamente lo pueden enseñar seres humanos.

De manera que lo verdaderamente valioso e insustituible por las tecnologías, materiales o dispositivos es la calidad de la persona –con virtudes y defectos- que asume y va construyendo la vocación de educador –que no es algo con lo que se nace, que se cultiva y se trabaja y también se puede perder- para volverse un ejemplo para nuestros niños y jóvenes. Un ejemplo no de pureza ni de perfección sino de búsqueda honesta de aprendizajes tanto científicos y técnicos como éticos y sociales, un ejemplo de trabajo honesto y permanente por el desarrollo profesional y personal, un ejemplo de compromiso y entrega amorosa a los educandos.

Por eso dice Karl Menninger junto con muchos otros autores que “…lo que es el maestro, es más importante que lo que enseña. Por esta razón un docente es mejor no en la medida en que logra parecerse a un modelo ideal sino en la medida en que llega a ser cada vez más auténticamente sí mismo.

Sólo en esa medida puede hacerse realidad lo que plantea Brad Henry: “Un buen maestro puede crear esperanza, encender la imaginación e inspirar amor por el aprendizaje”. (https://www.lifeder.com/frases-maestros/ )

Ojalá vayamos todos cambiando nuestra mirada acerca de los docentes y a partir de esta imagen de ellos como seres humanos concretos y limitados como cualquiera pero comprometidos con el crecimiento integral de los educandos reconstruir el valor social que otorgamos a la profesión de la esperanza.

Muchas felicidades a todos los maestros. Personas normales que se esfuerzan cada día por ser mejores y desarrollar ambientes, presencias y encuentros que faciliten a las futuras generaciones de mexicanos a desarrollarse como seres humanos completos y comprometidos.

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