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Una vez más la democracia mexicana demostró ser un sistema efectivo para la reconfiguración pacífica del poder político y una vía para que el ciudadano pudiera castigar con su voto, a partidos políticos percibidos como ineficientes, corruptos e incapaces. 

Independientemente de si el resultado entusiasma a muchos y  preocupa a otros tantos, es innegable que la avasallante victoria de MORENA y su coalición de partidos pequeños,  le da una buena dosis de oxígeno a una democracia que venía siendo blanco de muchos cuestionamientos, sobre todo por parte de aquellos segmentos de población que no habían visto a la opción de izquierda, ganar la presidencia. 

En estas últimas elecciones,  el dos veces candidato a la presidencia de la República que argumentó fraude electoral en las dos ocasiones que perdió (2006 y 2012), ganó de forma abrumadora y llevó a su organización política a ser la principal fuerza política del país. 

La coalición ganadora de las elecciones,  dominará ambas cámaras del poder legislativo federal. Ganó cinco de las nueve  gubernaturas del país  que se disputaron, y obtendrá el control de 19  de los 32 congresos locales (de acuerdo a los resultados del  PREP, hoy la coalición de AMLO está cerca de tener la mayoría necesaria para modificar la Constitución). 

Con este resultado  me parece que se debería solidificar la legitimidad del sistema electoral mexicano como mecanismo eficiente de acceso y alternancia  del poder. Asimismo no dejo de  señalar que hoy MORENA tiene el mandato popular de fungir como el principal garante y protector de las instituciones y procesos  democráticos que lo llevaron al poder. 

Sin embargo, la democracia no sólo tiene que ver con mecanismos de acceso al poder, sino también con la capacidad de producir gobiernos de calidad. En la literatura de la ciencia política, orbita un concepto que hoy más que nunca resultará vital para México. Me refiero a la  noción de la  calidad de la democracia. 

Aunque es un concepto que está sujeto a diversas interpretaciones, la idea central es que la democracia debe de ser un sistema de gobierno que transforme cualitativamente la relación entre gobierno y gobernados, de tal manera que el ciudadano tenga una serie de elementos que le permitan evaluar y controlar no sólo el acceso al poder de grupos políticos, sino el ejercicio del poder de los mismos grupos, una vez que éstos accedieron a las estructuras de gobierno gracias al voto. 

En los 21 años de vida democrática en México, me parece que una de las lecciones que hemos aprendido como sociedad, es que es un rotundo error suponer que los partidos políticos, una vez en el poder,  serán eficientes, transparentes representativos y no corruptos. Es decir, como ciudadanos no nos podemos confiar de nadie ni de ningún partido. 

Es necesario que nuestra sociedad cuente  con un “seguro de vida ciudadana” expresado en un andamiaje institucional que controle eficazmente a los grupos en el poder, los obligue a rendir cuentas y a  trabajar en función del bien común. 

Son múltiples y complejas las aristas para desarrollar una verdadera democracia de calidad. Aquí me referiré brevemente a sólo una de ellas, a  la relación entre ciudadano y legislador. 

En una democracia de calidad, el legislador  debe realizar mínimamente las siguientes funciones: Fungir como vínculo entre las necesidades, intereses y deseos de un distrito o estado y el contenido de leyes, disposiciones y partidas presupuestales. 

Debe ejercer el papel  de contrapeso eficaz contra aquellas decisiones del presidente que no se ajusten a los intereses y bienestar de la población representada. Asimismo debe de  ser un órgano capaz de vigilar con lupa el ejercicio del poder por parte del Jefe de Estado y sus secretarías.

En México, el vínculo ciudadano-legislador  ha estado históricamente roto. Seamos sinceros, en esta elección,  ¿Conocías las propuestas de ley de los aspirantes al poder legislativo que votaste?  ¿Conocías sus nombres antes de estar frente a la boleta electoral? ¿En algún momento tu diputado o senador te rindió cuentas de su comportamiento legislativo para que premiaras a su partido con tu voto? 

Es tan deficiente dicho vínculo, que apostaría a que tu respuesta a las preguntas anteriores fue  No y apostaría a que tus candidatos al legislativo hicieron poco por acercarse a ti.

Ahora bien, ¿El triunfo de MORENA y su coalición mejorara la calidad de la democracia en el aspecto comentado? La respuesta  es no necesariamente, inclusive puede disminuir la calidad de la misma. 

La realidad es que frente al esquema de incentivos que enfrentan hoy los legisladores mexicanos (de cualquier partido político, hay que decirlo), para ellos es mucho más redituable obedecer y votar de acuerdo a los designios de su líder político, que votar en función de lo que demanda su electorado. Hoy en día las dirigencias partidistas ponen y quitan, financian o dejan de financiar las campañas de los candidatos, a partir de que tan obedientes fueron con respecto a las órdenes del dirigente.

De esta forma, no es buena noticia  que en las próximas legislaturas, vayamos a tener  congresos cuyos candidatos obtuvieron su curul no por méritos propios, sino por la gran capacidad de convencimiento del candidato presidencial de su partido. Ni es buen presagio, que vayamos a  tener un Congreso Federal dominado por la misma coalición que ocupará la presidencia. 

¿Qué medidas si producirían una mejor democracia en términos del vínculo legislador-ciudadano? 

A riesgo de quedar corto mencionaría: 

(1)Disminuir financiamiento electoral público a partidos con el objeto de que el candidato a un puesto legislativo  tenga que hacer una verdadera campaña en su distrito y que una vez terminado su periodo rinda cuentas a los que lo apoyaron. 

(2)Leyes que hagan factible la candidatura de personas sin partido para garantizar un piso parejo en la competencia electoral, sobre todo porque en ocasiones, ninguna plataforma partidista convence al votante. (3)Disminuir o cancelar la figura de los legisladores plurinominales, ya que ellos llegan al Congreso sin ser votados directamente. 

 Y a partir de la reforma electoral de 2014, la cual legaliza la relección consecutiva de legisladores a partir del 2018, (4) modificar la ley para que no le sea posible a los partidos políticos decidir que militante  puede optar por la reelección. Es esencial que la posibilidad de que un legislador sea reelecto dependa en su mayoría de su electorado no del líder del partido.

 El punto insisto, es crear una estructura de incentivos que le hagan costoso al candidato que buscará su curul o su reelección, privilegiar una vez en funciones,  la línea de su dirigencia partidista por sobre el bien común de su demarcación.

Por supuesto, las anteriores medidas no son del agrado de los partidos políticos, ya que les restaría poder en el sistema político y los obligaría a moverse de su zona de confort de ser votados en una democracia de baja calidad. 

Hoy MORENA y su coalición, gracias a su mayoría en cámaras,  tienen la inusual posibilidad de hacer cambios de forma rápida, legales e institucionales que mejoren la calidad de la democracia.  La pregunta es ¿MORENA tiene incentivos para mejorar la democracia en México? ¿Estarán dispuestos a realizar cambios que empoderen al ciudadano y que debiliten  a la partidocracia? 

Sin la presión del ciudadano por una democracia de calidad, seguro que no.

 

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