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En pasadas colaboraciones he externado mi preocupación –lo recordarán mis fieles cuatro lectores- de que al parecer el Presidente electo y su equipo de trabajo no tienen mucha idea de cómo abordar y atacar el gravísimo problema de la inseguridad en México. Ha quedado ya atrás, muy atrás, el calor de la campaña política, por lo que uno supondría que dichas personas no se ven movidas a decir lo primero que les viene a la mente con tal de ganar más adeptos, sino que ahora, ya con información privilegiada en las manos y con el triunfo en el bolsillo, pueden sentarse a reflexionar y a planear con más calma. Desafortunadamente parece que esto no es así. Siguen disparando ocurrencias a diestra y siniestra. Como lo que dijo López Obrador hace unos días en Monterrey me parece sumamente grave, comentaré el tema.

Aunque sea inverosímil, nuestro próximo Presidente afirmó que, dado que nuestro país no teme ninguna amenaza de alguna potencia extranjera, podemos darles otro uso a la Marina y al Ejército (no mencionó a la Fuerza Aérea, pues aparentemente no sabe de su existencia); es decir, que en lugar de servir como instituciones para la defensa exterior, podemos transformarlas para servir a la defensa interior y a la seguridad pública. Ya inflamado de un ardiente fervor patrio, remató diciendo que, en caso de una invasión extranjera, todos los mexicanos defenderíamos al país. En serio, así dijo.

No puedo creer que alguien que va a ser Presidente de este país ignore para qué sirven las fuerzas armadas. No se trata de tener en estos momentos una amenaza extranjera. Debemos entender que las instituciones militares de un país democrático y pacífico funcionan como un seguro médico: lo mejor de todo es tenerlo y no necesitarlo. Uno nunca sabe lo que nos depara el futuro, por lo que es esencial mantener a dichas fuerzas permanente en buenas condiciones, porque, además, ante el avance tecnológico, deben estarse capacitando constantemente. Ese es uno de los puntos que he criticado ante el abandono del ala de combate de la Fuerza Aérea Mexicana: se la pasan dando saltos tecnológicos cada 30 años, en lugar de ir evolucionando junto con la transformación tecnológica.

Ciertamente es muy improbable la amenaza de algún Estado extranjero en nuestro entorno geopolítico, pero todo mundo sabe que las amenazas a las que se enfrentan las fuerzas armadas contemporáneas son también de otro tipo, no forzosamente de naturaleza militar: delincuencia organizada, terrorismo, contrabando, piratería, desastres naturales, problemas ambientales, etc., por lo que no solamente deben existir, sino que deben estar en constante capacitación (incluyendo las maniobras con las fuerzas militares de países amigos) y a la vanguardia tecnológica. Alguien debe explicarle al gobierno en ciernes lo que son los conflictos asimétricos.

Ya hemos dicho en otras oportunidades que la paradoja de nuestras fuerzas armadas es que están sobreexigidas pero subalimentadas: se les exige mucho, más allá de sus funciones de defensa nacional, pero con un presupuesto raquítico e insuficiente. Pero parece que el Presidente electo piensa que las fuerzas militares mexicanas están subutilizadas, ya que no se enfrentan a una amenaza patente del exterior. Así que hay que transformarlas en fuerzas policiacas.

Un pequeño detalle: los militares mexicanos son militares porque esa es la vocación que sienten. Si quisieran ser policías, seguramente muchos de ellos ya lo serían. Como militares que son, están sujetos a otro tipo de disciplina, de entrenamiento, de peligros; su pasión son las armas y la defensa del país, no el trabajo policiaco. Para realizar funciones de policía se requiere, en primer lugar, de personas que quieran ser policías. Esta perogrullada no la entiende el equipo de trabajo del Presidente electo ni él mismo. No podemos seguir empleando a los militares en labores de policía. Ahora resulta que, lo que criticó duramente en la campaña, lo lleva “ad absurdum”. Como atinadamente dice Alejandro Hope, ese sí experto en seguridad, no como el Sr. Durazo: “No todo es asunto de policías y ladrones”.

Durante la pasada campaña electoral, López Obrador mencionó la tremenda ocurrencia de crear una “Guardia Nacional”. No es ocurrencia el haberlo planteado, sino la idea que tenía el entonces candidato de lo que es una guardia nacional: él creía que era una suerte de ensaladera, en donde cupieran todos los cuerpos armados de este país, desde policías municipales hasta pilotos militares. Esa idea ya había desaparecido, hasta donde entiendo, pero lo que acaba de proponer en Monterrey se le parece muchísimo.

Para concluir, debemos decir que toda nación, sobre todo si se trata de una con cierta importancia en el escenario mundial, debe poseer fuerzas militares. Pero también debemos poseer fuerzas policiacas. Ambas deben estar en perfectas condiciones, ambas deben servir para las funciones respectivas, ambas son esenciales, ambas son respetables, ambas, actualmente, están en serias dificultades. Las primeras, por exceso de trabajo y por estar cumpliendo funciones que no les son propias. Las segundas, porque han estado abandonadas a su suerte, porque los responsables políticos no muestran interés por mejorarlas, porque a todos les parece mejor el camino fácil: desangrar a las fuerzas militares para suplir a medias a las policiales. Nadie parece entender que, si el problema es profundo, las soluciones deberán de ser igualmente complejas y difíciles. Los políticos actuales de moda en el mundo entero parece que prefieren soluciones simples, de atajos, de rapidez, de efectos mediáticos. Nada más extraño para ellos que la reflexión, el estudio y la mesura. Figuras como Marine Le Pen, Donald Trump, Recep Erdogan, Giussepe Conte y Sebastian Kurz son acabadas figuras de esta tendencia, muy variopinta, pero muy visible. Espero que la nueva propuesta de salida fácil de López Obrador termine al darse un encontronazo con la realidad, que no siempre sabe de colores partidistas.

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