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La democracia es una forma de dominación política. A diferencia de la monarquía o de la aristocracia, de los regímenes autoritarios o de los totalitarios, la democracia es el dominio de la mayoría, del pueblo, de los muchos. Por eso es importante recordar la célebre “fórmula de Gettysburg” de Abraham Lincoln (1863): “… es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. Esto quiere decir que la dominación política democrática emerge del pueblo, es ejercida por el pueblo mismo y es entendida en su interés. Sólo hay que hacer dos acotaciones: en primer lugar, “el pueblo” no es un ente monolítico, sino que, sobre todo en regímenes democráticos, se entiende en plural: el pueblo está formado por diversos grupos con distintos intereses, formas de pensar y de percibir las cosas, con diversidad de formas de ver hacia el futuro y de valorar su pasado. En segundo lugar, no se trata del gobierno de las mayorías sobre las minorías, sino con ellas. En una democracia, las minorías no deben ser aplastadas por las mayorías, a menos que estas se manifiesten en contra del orden legal y de la justicia o que amenacen el respeto de la dignidad de las personas.

En el mundo actual, es evidente que desde hace unas décadas hemos vivido el triunfo de la democracia en muchos países. Por regla general, cuando hablamos de la transición de un régimen no democrático a uno democrático hablamos de “democratización” o de “transición democrática”. Por el contrario, el paso de un régimen democrático a uno no democrático es denominado “colapso o quiebre de la democracia”. A pesar del avance de este sistema de dominación política, las democracias muestran también signos de debilidad en su estructura y en su rendimiento, por lo que algunas han llegado incluso a colapsar. Este es el caso, por ejemplo, de Venezuela. No hay ninguna “vacuna” contra ese derrumbe del orden democrático. Le puede pasar a cualquier país.

Entre los problemas estructurales que pueden hacer peligrar a la democracia, están los siguientes factores: el contexto, sobre todo las condiciones de desarrollo socioeconómico, la integración social y la cultura política. Por eso, cuando la cultura política no es propicia para la democracia y cuando faltan condiciones esenciales para la aceptación solidaria de las decisiones democráticas de la mayoría, hablamos de “Déficit democrático”. Otro factor es el peligro de la “dictadura de la mayoría”, como decía Alexis de Tocqueville, por lo que crece el peligro de que no solamente se excluya a las minorías, sino que se les ataque o se busque eliminarlas. Un tercer factor es el conjunto de privilegios que la tecnocracia y la burocracia se otorguen a sí mismas, pues propician que la distancia entre gobernantes y gobernados crezca. Otro factor importante es la vulnerabilidad de la población ante las dádivas electorales, pues eso provoca que haya votantes “comprables”, lo que socaba los fundamentos de la democracia. Por último, hay que reconocer que la voluntad del pueblo no está orientada por el conocimiento de la cosa pública, sino que cree fácilmente en promesas y en ficciones, es falible y puede ser seducida; todo esto pone límites a la democracia de referéndum, que nunca debe ser visto como un procedimiento rutinario, sino solamente como un proceso de reserva y que complementa a la democracia representativa. De algunos de estos factores, particularmente de los dos últimos, se aprovechan los demagogos y los populistas de diversos colores y tendencias.

Muchos regímenes democráticos actuales corren por eso mismo peligro de colapsar. La gravedad del momento se refleja en lo que pasa en la Ciencia Política: hace unos años, se trataba de entender teóricamente los procesos de transición a la democracia; hoy, empiezan a surgir cada vez con mayor empuje los análisis teóricos sobre el colapso de la democracia. Pero, a diferencia de los regímenes dictatoriales del pasado, en donde los dueños del escenario eran regímenes dictatoriales de corte militar (como en Sudamérica) o los países del bloque soviético que no habían llegado al poder por vía electoral, en la actualidad, muchos de los personajes que están propiciando el colapso de la democracia en sus países hay llegado por el camino de las urnas al poder, desde el que empiezan a desmontar las instituciones democráticas y a consolidar un poder político autoritario. En palabras de Boaventura de Sousa Santos, ex-profesor de sociología en la Universidad de Coímbra, se trata con ello de que las democracias pueden también morir democráticamente.

Veamos, para refrendar lo dicho, a quienes han llegado al poder por la vía electoral, que están en funciones o a punto de hacerlo, y que no se han caracterizado, una vez en el ejercicio del poder político, por sus convicciones democráticas: Vladimir Putin, en Rusia; Evo Morales en Bolivia; Nicolás Maduro, en Venezuela; Recep Tayyin Erdogan, en Turquía; el nicaragüense Daniel Ortega; Donald Trump en los Estados Unidos; Rodrigo Roa Duterte, en las Filipinas; Viktor Orbán, Primer Ministro húngaro. El último que se ha agregado a esta lista es Jair Messias Bolsonaro, en Brasil. Es la figura, como ya hemos afirmado antes, del “hombre fuerte”, quien, con mano dura, pone orden en el mundo, lucha contra los grupos establecidos, contra las élites políticas y económicas, contra la corrupción, contra lo ajeno o extraño que amenaza a la esencia de su pueblo, y busca reponer la grandeza perdida de su país respectivo.

Todos ellos tienen algunos puntos en común: son abierta y groseramente nacionalistas, ven en la prensa libre una amenaza y un peligro para su país, no se muestran partidarios de respetar los derechos humanos, se profesan mutua admiración, su discurso se dirige de manera muy agresiva contra las minorías, ya sean étnicas, culturales, de género o preferencia sexual, no son partidarios de la lucha contra el cambio climático, gustan de propagar mentiras al tiempo que acusan a otros de difundir “fake news”, rechazan las reglas y las instituciones democráticas, dicen ser la voz del pueblo sabio, descalifican a quienes no comparten sus ideas, poco les interesa el ámbito internacional y parecen no entender el fondo y la complejidad de problemas graves, como el de la migración.

¿Reconoce el lector algunas de estas características en algún personaje importante en nuestra palestra política? Puede ser que aún pensemos que el escenario en el que domine un autócrata nacionalista en México esté lejos, pero debemos asumir con una elevada convicción una tarea muy importante en nuestra universidad: la educación para la democracia, la educación para la inclusión, la educación para el respeto. Nuestra democracia está en grave peligro por la ausencia alarmante de contrapesos en las instituciones políticas y por la falta de una cultura política democrática en gran parte de nuestros ciudadanos y dirigentes. Debemos recomponer nuestra vida democrática y, como institución académica humanista que somos, tenemos que defender la cultura del argumento y de la reflexión en contra de la cultura del capricho y de la ocurrencia. El momento lo exige y nuestro deber nos llama.

Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Decano de Ciencias Sociales
Grupo de Investigación en Ciencias Sociales (INCISO-UPAEP)
UPAEP

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