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Hace unos días, el equipo del Presidente Electo dio a conocer el plan de seguridad que el gobierno federal entrante echará a andar a partir del 1° de Diciembre próximo. Si uno compara el discurso que ahora se escucha en torno al problema de la inseguridad, quizá el tema más delicado, sentido y urgente de la vida cotidiana del país, y lo compara con el discurso de campaña, es evidente que hay una gran distancia entre ambos. Esto, como ya hemos dicho en otras ocasiones, es lógico, pues generalmente la narrativa de una campaña se diferencia del mensaje que hay que emitir cuando ya se ha ganado y la gran tarea de gobernar es inminente. Sin embargo, en este caso, la distancia entre ambos discursos es demasiado grande como para dejarla pasar desapercibida.

Quizá lo más relevante que haya que destacar es que no solamente se seguirá encomendando a las fuerzas armadas un papel destacado en la lucha contra la inseguridad, sino que incluso se le encargará desempeñar una función aún más importante que la que venía cumpliendo. En esto, sin embargo, hay varios puntos incomprensibles, por lo menos para quien esto escribe. Por ejemplo: las diferentes regiones en las que se pretende dividir al país para coordinar las tareas de las distintas fuerzas de seguridad estarán encomendadas al ejército. Entonces, ¿la marina actuará bajo las órdenes del ejército? Otra pregunta: ¿las policías naval y militar asumirán sin más funciones de policía en otros ámbitos, aún cuando esa no es su vocación? ¿Por qué no hay una sola mención a los urgentes programas de mejoramiento profesional de los diferentes cuerpos policiales del país? Siempre se ha dicho que las fuerzas armadas seguirán en las calles en tanto las corporaciones policiacas no se capaciten y fortalezcan de manera suficiente, pero ahora parece que ese mensaje se ha omitido por completo. En lugar de decir que la actuación militar debe terminar cuanto antes, ahora pareciera que se apuesta por perpetuar su actuación de policía de manera permanente. ¿Y qué pasará con la Policía Federal? La administración de Peña Nieto casi deja morir a dicha corporación, que ha llegado, sin embargo, a niveles de capacitación bastante aceptables. ¿Por qué no fortalecerla, en lugar de sacarse de la manga el invento de una Guardia Nacional, lo que puede significar que se echen a la basura años de experiencia que la Policía Federal ha acumulado?

Pienso que un gran problema que sigue teniendo la clase política del país es que no ha diseñado una serie de políticas de Estado en diversos campos de la política que al parecer no consideran esenciales para el desarrollo nacional. ¿Qué tipo de corporaciones policiacas necesita México? ¿Qué tipo de fuerzas armadas serán necesarias en el futuro inmediato y a mediano y largo plazo? ¿Por qué seguimos careciendo de una doctrina de superioridad aérea? ¿Por qué no hemos desarrollado una política marítima? ¿Por qué seguimos encomendando a las fuerzas armadas tareas que deberían cumplir instancias civiles, tales como la protección y auxilio en casos de desastres naturales, las tareas policiales o la protección de material electoral?

En Europa, las ideas en el ámbito de la seguridad que se han expuesto por parte del Presidente Electo y de su equipo han despertado mucha suspicacia y desconfianza, pues se cree que las nuevas estructuras y formas de actuación que se pretende iniciar pueden traer consigo el descuido en las políticas de protección a los derechos humanos, además de que no se ve para cuándo los cuerpos policiacos por fin puedan hacerse cargo de las labores de protección ciudadana. Una percepción que comparten muchos estudiosos es que las fuerzas armadas, con toda la buena voluntad que puedan tener, nunca serán capaces de resolver los problemas de inseguridad si no se acometen medidas para fortalecer otros ámbitos: justicia, prevención del delito, política social, educación en los valores de la democracia, reforma total de las policías, etc. La propuesta de que la autoridad en materia de inteligencia civil se degrade a una de inteligencia policiaca tampoco se considera como provechosa para un Estado democrático y que tiene considerable importancia económica en el escenario internacional.

Hay decisiones que pueden ser populares e inofensivas, como la de convertir a Los Pinos en centro cultural; pero hay otras, como la de desaparecer al Estado Mayor Presidencial, la de vender el avión presidencial o la de suspender los trabajos para construir un aeropuerto de primer nivel, que tendrán (o que ya han tenido) consecuencias catastróficas.

Ya lo hemos externado en otras ocasiones: es letal para una democracia el tener un mal gobierno, pero es peor el no tener una buena oposición que actúe como contrapeso y como órgano de reflexión. En materia de seguridad, sigue siendo esencial que los gobiernos estatales asuman las tareas que deberían cumplir, en lugar de dejar cómodamente en manos del gobierno federal las tareas de policía. No sé, en este tema de la seguridad, si tendremos más de lo mismo o, muy probablemente, más de lo mismo, pero peor.

Dr. Herminio S. de la Barquera A.
Decano de Ciencias Sociales
UPAEP

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