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Hoy viernes termina oficialmente el sexenio de Enrique Peña Nieto, quizá el más impopular en la historia reciente del país. Si a eso se le agrega la fuerza y legitimación que adquirió el Presidente Electo, Andrés Manuel López Obrador, podremos entender en parte que este periodo larguísimo de transición haya sido igualmente único en la historia de México: más que una transición pareció un gobierno en ejercicio adelantado del poder, por parte del Presidente Electo, y la renuncia a ejercerlo, por parte del saliente.

La imagen y la herencia que deja el gobierno saliente son extremadamente negativas, al grado de que es muy difícil encontrar puntos a su favor. Pareciera que en todo estamos peor que cuando Peña asumió el cargo hace 6 años: en materia de seguridad pública, aspecto en el que criticó ferozmente a su predecesor, deja un país ensangrentado y en condiciones más lamentables que las que encontró. En lo que toca a la corrupción, que él prometió combatir enérgicamente, la administración saliente dejó prácticamente todas las tareas que se había comprometido a hacer, sin cumplirlas. Le dio a su contrincante Andrés Manuel López su principal bandera en la campaña electoral. Por supuesto que hubo cómplices: hay empresas, funcionarios y sectores que se enriquecieron descaradamente al amparo de la administración que ya se va. ¿Hubo algún castigo para los responsables políticos del desastre del tren de la CDMX a Querétaro? ¿Y del desdichado socavón, que provocó la muerte de dos inocentes? ¿Y las casas de la esposa del Presidente Peña y de los Secretarios Videgaray y Osorio Chong? ¿Y por qué en nuestro país los bancos cobran comisiones muchísimo más altas que las que cobran en sus países de origen? ¿Por qué se incrementó tan descaradamente la deuda pública pasando de un 0.4% del PIB en 2013 a aproximadamente un 2.2%? Peña encontró a la moneda mexicana con un valor de 12 pesos por dólar y la dejará en más o menos 20.5, con la eficaz ayuda de último momento del Presidente López. Vale resaltarlo: la economía es quizás el único aspecto más o menos aprobatorio de Peña, pero habrá que ver si resiste las ocurrencias de la administración entrante.

El problema de Peña, además de la evidente incapacidad y de la absoluta falta de voluntad política para combatir la corrupción, fue la carencia de un diagnóstico certero y apropiado que le permitiera a su administración trazar un rumbo para tratar de solucionar los graves problemas nacionales. Así, por ejemplo, en el tema de la inseguridad, el diagnóstico falló: la naturaleza del problema no era solamente de tipo político, sino estratégico. No bastaba con sentarse a dialogar con todos los actores, sino que había que moverlos conjuntamente hacia un mismo objetivo. Los gobernadores nunca lo siguieron y la concentración monstruosa en la Secretaría de Gobernación fue más un obstáculo que un eficaz instrumento contra la delincuencia organizada. Los sucesos de Iguala muestran cómo está concertación no funcionó; el abandono criminal de la Policía Federal es también un ejemplo de la carencia de un adecuado diagnóstico.

El problema de López parece similar: carece al parecer de diagnósticos certeros sobre los problemas del país. Sí, hay que combatir la corrupción, pero ese combate y un eventual triunfo no traerán necesariamente consigo la resolución de problemas muy graves y enraizados profundamente en la vida y en la cultura de los mexicanos. Volviendo al ejemplo de la inseguridad, en esta etapa de transición, el Presidente Electo pasó de un discurso en el que la Guardia Nacional no era prioritaria (en Agosto) y en el que había que ir retirando a las fuerzas armadas de la lucha contra la delincuencia (discurso permanente en la campaña), pasó a encomendar ese nuevo cuerpo de seguridad a la Secretaría de la Defensa Nacional. Como bien señala Alejandro Hope, lo que aparentemente mueve a López es una necesidad y voluntad de control: quiere controlar directamente una herramienta de intervención que actúe con rapidez, como trató de hacer en la CDMX cuando la gobernó. El problema es nuevamente el diagnóstico: incluso si se alcanzaran las improbables metas de reclutamiento de 50 000 elementos en tres años, no dispondría de más de un policía por cada mil habitantes, mientras que en la capital de la República hay 9. Esto quiere decir que será imposible reproducir su experiencia local (independientemente de que haya sido buena o no) a escala nacional. Y otro detallito: las tareas de seguridad no pueden recaer en su mayor parte en las fuerzas federales, como sea que se vayan a llamar, pues 95% de los delitos en el país pertenecen al fueron común. No podemos llamar a la Guardia Nacional si hay un pleito de borrachos en la esquina. López repetiría el error de Calderón y de Peña: enfrentarse al problema de la inseguridad sin una visión inclusiva y estratégica, debido a la falta de un diagnóstico correcto.

Si el diagnóstico falla, podemos cometer errores inadmisibles, como el de la cancelación del aeropuerto en Texcoco, pensando que, como el mismo López dijo, “los mercados son inteligentes” y se estabilizarán cuando vean que disminuye la corrupción. ¿En verdad son inteligentes los mercados? ¿Y la psicología y la percepción no importan? Ya vimos que sí importaron: incertidumbre en los mercados, salida de capitales por casi dos mil millones de dólares, caída de casi 20% de la Bolsa, depreciación del peso, etcétera. Y eso que aún no arranca el nuevo gobierno.

Otros errores de diagnóstico, atados a una idea equivocada de la democracia y del federalismo, pueden llevarnos a socavar el federalismo mexicano, en vez de regenerarlo; a confundir a gobiernos con pueblos, como en el caso de la invitación a Nicolás Maduro; a pensar que las convicciones son más importantes, para un gobernante, que la legalidad; a manosear a la democracia simulando consultas, a menospreciar a las instituciones y a los órganos autónomos. Una característica que comparten los “hombres fuertes” en el escenario político internacional es el desprecio por la crítica y por la prensa libre, no discuten con argumentos sino con descalificaciones. De eso debe apartarse de inmediato el nuevo Presidente, mostrando que tiene un talante democrático y no autoritario.

Desde la sociedad civil, de la que nuestra institución educativa forma parte importantísima, debemos colaborar con las instancias de gobierno para ofrecer apoyo en lo que aparentemente están flojas: en la elaboración de diagnósticos acertados, en la formulación de críticas constructivas y bien fundamentadas, en la creación de un ambiente de colaboración respetuoso y en la elaboración generosa de propuestas viables, impregnadas del espíritu UPAEP.

Dr. Herminio S. de la Barquera A.
Decano de Ciencias Sociales
UPAEP

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