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El misterio del arte rupestre
[Del fuego de los chamanes al calor de las cuevas]
Dejaremos a un lado la puesta en escena de algunos autores, que debería ser tildada de romántica al invitarnos al encuentro de los chamanes inmersos en sombras fugitivas pues no eran ignorantes de las técnicas más propicias para poner la justa luz que sus mentes demandaran. Jean Clottes, David Lewis-William, Reinach, Begouën, Leroi-Gourham o Laming-Emperaire pocas veces nos han llenado nuestra imaginación con una “niña” de doce años embarazada que representa una cosmovisión alargando su mano hacia el finito espacio de una cueva. ¿Es culpa del lector o de su contexto cultural? Las prácticas chamánicas llevadas a cabo en el interior de las cavernas y que concluyen con la realización de las pinturas sobre la roca, son el factor determinante para la explicación de representaciones, las cuales tienen un alto componente de intencionalidad basados quizás en un condicionamiento de estados alterados de conciencia. Recorramos aunque solo sea por unos segundos y desde nuestra imaginación o “San Google”,como dice un estimado investigador, Quercy, Perigord, los Pirineos, País Vasco y Asturias. En estos escenarios parece criticable la asignación exclusivista de que factores neurológicos de conciencia alterada fueran los únicos en actuar ante la realización del arte prehistórico. La investigación neuropsicológica de laboratorio ha mostrado que existen tres etapas del estado de conciencia alterada que Clottes y Lewis-Williams tratan de explicar por medio del estudio de varias pictografías, haciendo énfasis en que estos tres estados son universales y forman parte integral del sistema nervioso humano, aunque reconocen que los significados atribuidos en cada estado son condicionados por la cultura propia del chamán, siendo esta misma la que proveerá los fundamentos para entender la experiencia chamánica. Las representaciones geométricas deberían ser fruto de este primer estadio, sin diferenciar trazos indeterminados, tectiformes, claviformes,&elipsis; es decir, todo signo geométrico seria causa y fin de un primer estadio de alteración. ¿Tendríamos por tanto en estas representaciones el primer paso para la lectura de las mismas, considerándolas el punto inicial para lograr una lectura correcta y continuar “leyendo” el resto de representaciones? ¿Estas figuras geométricas, aisladas o en conjunto, deberían preceder siempre a conjuntos que atribuiríamos a los siguientes estadios de conciencia alterada? ¿La cosmovisión del hombre paleolítico admitiría como “sacros” estos signos geométricos por el mero hecho de ser fruto de los primeros estadios de una alucinación aun sin llegar a su máxima expresión y sin buscar paralelismos mentales a los mismos? Podríamos seguir haciéndonos preguntas de las que difícilmente sepamos las respuestas, pero algunas de ellas parecen cuestionar que la atribución de estos signos exclusivamente a ser fruto de la plasmación de visiones de un primer estadio alterado de la conciencia, parece una postura demasiado conformista y simple.

Y qué podemos argumentar sobre “el mundo del más allá situado detrás de la pared de las superficies subterráneas” cuando cada vez tenemos más testimonios de que las expresiones gráficas se multiplican con nuevos estudios y que no se limitan solamente a espacios en el interior de las cuevas. Numerosos abrigos o espacios al aire libre recogen testimonios arqueológicos y por lo tanto la práctica de ritos sale también al exterior en comunicación con el entorno.

Si tenemos en cuenta, como defiende I.Hodder, la consideración de que el simbolismo de una sociedad no se limita a ciertas actividades concretas ordenadamente distribuidas a lo largo del año, sino que impregna todos los aspectos de la vida cotidiana, y se materializa tanto en objetos y lugares específicos como en el entorno que conforma el espacio vital de los grupos humanos; el arte interacciona con todos los restantes aspectos de la vida, y ejerce un papel importante ligado a la ordenación del mundo, tanto de los vivos como de los muertos (Santos y Criado, 1998). Y dentro de estas matizaciones la proliferación de hallazgos de manifestaciones paleolíticas grabadas a lo largo de grandes extensiones de terreno, evidencian que en los grupos humanos del paleolítico dejaron su paisaje marcado con representaciones zoomorfas y antropomorfas del mismo estilo que las realizadas en las cuevas.

¿Deberíamos suponer que se trataría entonces de un nuevo ámbito que podríamos denominar como “comunicación directa con el mundo natural ” ? ¿Deberíamos cuestionar las bases de la comunicación directa con el “mundo inferior” que en Mesoamérica se ha relacionado en otras cronologías con el inframundo, que entre otros aspectos usa enérgicamente como explicación de las representaciones de manos, o simplemente añadir nuevos ámbitos de comunicación con otros “mundos”?

Si dentro del cosmos chamánico encontramos una estratificación generalmente compuesto por tres niveles: el de la vida cotidiana, el mundo superior y el inferior; ¿debemos considerar que en el Paleolítico sólo se atendería al mundo inferior, que las representaciones referentes a los otros dos niveles se han perdido o que simplemente seríamos incapaces de diferenciar a cual nivel corresponde una u otra representación? Por lo tanto, debemos poner en tela de juicio el reduccionismo de las supuestas prácticas chamánicas como expresión con el mundo inferior en el interior de las cuevas.

Esos “interruptores al otro mundo”, ese “lazo entre la persona, el velo rocoso y el mundo de los espíritus que se agitan detrás de el”, teniendo referencias en manos en negativo y en positivo ¿Tendrían idéntico significado ambas? ¿Servirían para “adentrarse” en el mundo inferior las manos de un tipo para servir de lo contrario las otras?

El etnólogo Pierre Erny dijo “Antiguamente el otro mundo es en todas partes de una extraordinaria proximidad. Los dioses, los genios, los difuntos, las fuerzas que animan el mundo se hallan tras las apariencias, están ahí, al alcance de la mano. Basta con cruzar una tenue pared para alcanzar la otra cara, el dorso de las cosas y la historia” . No deja de ser una hipótesis más y más que una afirmación rotunda

Parece evidente que esas paredes, visibles o invisibles, interiores y exteriores que nos separan de “otros mundos” participarían de una limitación espacial en el interior de las cuevas y tendrían en la orografía sus muros exteriores. Pero aún lo es más que el pensar, como afirmó Brian Inglis, que la mente humana sería la única que pondría las barreras reales a estos supuestos contactos de los estados alterados de conciencia con un mundo de dioses independientemente del medio en que se desarrollaran. Barreas con la intención de superar pero también con tendencia a creer que se han cruzado y por tanto pueden ser transmitidas.

Y mientras en nuestra imaginación sigue estando desde el inicio esa “niña” embarazada representando en el Paleolítico una de sus creaciones solo podemos terminar de una forma, como diría Leroi-Gourhan:

"Sólo podemos percibir la religión paleolítica en una débil penumbra(&elipsis;) Esta extraordinaria asamblea ordenada en las paredes permanece muda(&elipsis;) Aquello que figuraba en el contenido oral y operativo de la religión paleolítica era quizá mucho más variado de lo que trasluce a través de las figuras".

Mtro. David Sánchez Sánchez
Director Académico de la Maestría en Estudios Históricos
UPAEP

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