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En estas épocas, cuando en los diferentes escenarios políticos parece crecer en popularidad la figura del hombre fuerte, es pertinente preguntarse por la calidad de la democracia que estamos construyendo, debido a que estas figuras no parecen estar comprometidas con los valores que la democracia requiere para nacer, vivir y fortalecerse; por lo menos no con las democracias de tipo occidental, que ponen el acento discursivo en las libertades personales y en el respeto a las minorías . Figuras como Vladimir Putin, Victor Urbán, Jair Bolsonaro o Donald Trump, por nombrar sólo a algunos de ellos, no se distinguen precisamente por sus férreas convicciones democráticas, aunque han llegado al poder utilizando los caminos de la democracia.

¿Cómo podemos calificar la calidad de la democracia? Hay muchísimas propuestas al respecto, que buscan definir criterios para ello y que tratan de sistematizar su aplicación . Ahora utilizaremos los criterios que han desarrollado los politólogos David Campbell y Christian Schaller, en Austria.

El primer criterio parte de la calidad de la democracia y de sus preguntas iniciales generales. ¿Son la igualdad y la libertad criterios necesarios para ello? ¿Hasta qué punto logran realizarse en un sistema político concreto?

El segundo criterio parte de los derechos fundamentales y de la sociedad civil: ¿Hasta qué grado están los derechos políticos fundamentales a disposición de la sociedad? ¿Cómo se garantizan?

En tercer lugar está la participación: ¿cuáles son las posibilidades de que la población influya de hecho en los procesos de toma de decisiones y cómo puede asegurarse esto?

Luego tenemos al sistema de controles y de responsabilidades. ¿Facilita o dificulta el sistema electoral los cambios de gobierno? ¿Hasta qué punto consideran los tomadores políticos de decisión los temas que para la población son importantes y significativos?

Por último, en quinto lugar, tenemos el criterio de la relación entre la solución de conflictos y la democracia: ¿Hasta qué grado se encuentran la libertad y la igualdad en un sistema político en mutua contradicción? ¿Cómo resuelve un sistema político las posibles tensiones entre las demandas de participación política y el ejercicio eficiente de gobierno y de solución de problemas?

En el caso de América Latina, tenemos un subcontinente en el cual se llevan a cabo de manera regular procesos electorales desde hace décadas, pero en donde persisten grandes desigualdades en materia democrática. Así, junto a los países que registran una gran calidad en su vida democrática, como Costa Rica, Chile o Uruguay, tenemos ejemplos lamentables como Cuba, Venezuela y Bolivia. En el caso particular de Cuba, parece que ni siquiera se puede cumplir con el primer criterio, el de la libertad. Ciertamente hay mucha participación en los procesos electorales, pero que no incide en la toma de decisiones.

El segundo criterio también acusa un déficit regional, pues en muchos de los países latinoamericanos aún no existe un respeto institucionalizado y que esté anclado en la cultura política de gobernantes y gobernados en torno al valor de los derechos fundamentales.

El sistema de controles y la llamada a la responsabilidad también es desigual. En México, la voluntad del electorado ha vuelto a provocar un cambio de gobierno, por lo que en 18 años se han sucedido tres partidos postulando al candidato triunfador a la Presidente de la República. Aún es muy temprano para hablar de un cambio de régimen y de la aparición de un nuevo partido hegemónico; lo que sí podemos afirmar es que el electorado hizo uso eficiente de su capacidad de sanción electoral: castigó a quienes consideró culpables y premió al que creyó capaz de gobernar al país. Un sistema así, en donde el elector tenga en sus manos un instrumento de control, no funciona, por ejemplo, ni en Nicaragua ni en Bolivia. En este último caso, en donde el Presidente Evo Morales muestra una especial predilección por las consultas populares, la última le fue desfavorable, al votar la mayoría de los electores por prohibirle una nueva postulación a la Presidencia de la República. Sin embargo, hace unos días, el Tribunal Supremo validó su candidatura, otra vez.

El cuarto criterio registra así mismo fallas constantes en el subcontinente, al grado de que podemos identificar una gran insatisfacción popular con los procesos democráticos y con la democracia misma como tipo de régimen: la gente percibe que los que toman las decisiones lo hacen sin considerar las necesidades apremiantes de la población; en lugar de gobernar para todos, la percepción generalizada es que se han enriquecido groseramente, en alianza con una élite empresarial nacional y extranjera.

Posiblemente sean las grandes desigualdades en materia económica y social las que constituyan el principal escollo para la calidad de la democracia en nuestra región, pues mucha gente se ve obligada o incentivada, por ejemplo, a vender su voto o a intercambiarlo por dádivas temporales. Ese es quizá el reto más importante de Latinoamérica en materia democrática: tratar de garantizarle a todos los ciudadanos las condiciones sociales elementales para que todos se sientan comprometidos a cuidar y consolidar el régimen democrático. Hasta ahora no se ha descubierto o inventado un régimen político superior: o cuidamos a la democracia o la perderemos, así de simple. No hay vacuna contra el regreso de regímenes autoritarios. Son muchos los casos en los que el pueblo, por vía electoral, decide elegir a políticos no comprometidos con los valores democráticos, quienes, aprovechando el poder conferido a ellos, buscan acabar después con el régimen de libertades civiles y políticas. Es decir: el pueblo, democráticamente y quizá sin desearlo, puede matar a la democracia.

Dr. Herminio S. de la Barquera A.
Decano de Ciencias Sociales
UPAEP

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