Pin It


En los regímenes democráticos se valora mucho la existencia de diferencias en la forma de pensar de los distintos grupos políticos, pues eso enriquece la discusión, mejora las probabilidades de encontrar salidas a los problemas y ayuda a la consolidación de la cultura política democrática. Incluso en los regímenes no democráticos existe la división política, pues está en la naturaleza humana el buscar la formación de grupos afines. Esto quiere decir que es prácticamente imposible encontrar agrupaciones políticas o sociales monolíticas. Sin embargo, una cosa es tener divisiones políticas y otra muy diferente el sufrir una polarización política. Precisamente este el problema que sufre el mundo en la actualidad: no solamente existe una marcada polarización social y política, sino que los dirigentes que más la promueven son quienes tienen mayor éxito en la carrera por el poder.

Por lo general, siempre se ha considerado que una sociedad muy polarizada constituye un problema, a tal punto que ningún Estado presume de ello. Un Estado polarizado es visto por la comunidad internacional y por distintos actores políticos internos como un peligro y como un foco de desestabilización. Esa ha sido la causa y el pretexto de intervenciones extranjeras y de intentos por revertir el cauce de las cosas, de manera legal o ilegal, cuando distintos actores, aduciendo un objetivo “superior”, el de salvaguardar la estabilidad de una región, invaden un país o intentan un golpe de estado. Estas fueron los argumentos que esgrimieron los Estados Unidos para invadir a Panamá en Diciembre de 1989, o las causas que, según los golpistas, movieron a los militares chilenos a romper el orden constitucional en 1973.

En la actualidad, el caso de Tailandia constituye un ejemplo claro de una sociedad polarizada, en donde, por decirlo de una manera muy simplificada, se enfrentan dos grupos identificados por colores, para representar a dos clases sociales y a regiones. Turquía es un caso similar; allí se enfrentan los “modernistas” contra los “tradicionalistas”. En ocasiones podremos decir que es bueno que la sociedad enfrente los problemas, como lo ilustran estos ejemplos o la lucha de la sociedad civil contra la corrupción en Corea del Sur. Pero también es cierto que la polarización puede instrumentalizarse por parte de algunos actores políticos, como en Corea o en Brasil: se organiza una campaña contra la corrupción, pero sólo para resaltar la del otro bando y negar la propia. Cada bando dice representar al pueblo y se proclama como defensor de sus intereses legítimos, pero el problema es que, además de la polarización de la sociedad, se presenta una escalada de posiciones encontradas y una acentuación de las diferencias entre los “buenos” y los “malos”, entre los “honestos” y los “corruptos”.

La polarización provoca, entre otras cosas, que se ponga más atención en las diferencias entre los grupos que en la aclaración de las posiciones propias, que generalmente se caracterizan por un “no” a algo: a la globalización, al imperialismo, a la corrupción, a la inmigración, a la injerencia de organismos internacionales, etcétera. Un fenómeno que acentúa la polarización es el populismo, como ocurre en el Reino “Unido” con el asunto del Brexit o en Francia en torno al “Front National”. En Alemania, el partido “Alternativa por Alemania” (recordemos que los partidos populistas casi siempre evitan el nombre de “partido”) se presenta como “la verdadera voz del pueblo” y pretende decir “lo que todo mundo piensa pero no se atreve a decir”. Como siempre, en todos estos casos se acentúa más lo que distingue de los demás que los detalles de lo que se propone como solución a los problemas, por lo que sólo pronuncian vaguedades y generalizaciones a veces sin orden ni concierto.

Una característica más de las sociedades polarizadas es que los adversarios asumen posturas radicales, en donde no caben la discusión ni la negociación, pues la búsqueda de compromisos se paraliza. Lo que pasa en Inglaterra es un ejemplo patético de esta realidad: están metidos en una profunda crisis política desde hace más de dos años y no se vislumbra la salida por ningún lado.

Desafortunadamente, los “hombres fuertes” de nuestra época (Erdogan, Putin, Urbán, Duterte, Trump…) carecen de una cultura política democrática que busque la conciliación y la reconciliación, que tenga como fin la unión de la sociedad, sino que gobiernan abiertamente para sus bases electorales. Resultado: más polarización y encono, y, a la larga, quizá menos gobernabilidad.

Así que lo que ocurre ahora en México no es un fenómeno aislado: nos hemos dado un Presidente que sigue prefiriendo recompensar y consentir a sus bases electorales en lugar de buscar la unión de la sociedad. Cada día polariza más y parece que seguimos en campaña, pues el discurso, nada mesurado ni respetuoso con los adversarios, no deja de hablar de “buenos”, “malos”, “pueblo bueno “, “minoría rapaz”, etcétera. Es muy importante no caer en ese juego, pues el Presidente incluso utiliza datos equivocados o falsos para apuntalar sus propuestas. Es cierto que en la política hay muchos intereses en juego y allí no funcionan los principios de la academia, pero en la universidad tenemos la obligación de transmitir a nuestros alumnos la cultura del argumento y de la honestidad en la búsqueda de la verdad. La división política es necesaria en toda sociedad democrática, pero la polarización sólo a ayuda a aquellos que no están comprometidos con la democracia. Debemos entonces dejar claro en dónde estamos, en qué creemos y con qué nos comprometemos.

Deseo a nuestros fieles lectores toda suerte de bendiciones en esta Navidad y en el año que se aproxima.

Dr. Herminio S. de la Barquera A.
Decano de Ciencias Sociales
UPAEP

Lo más reciente

Galerías Institucionales