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[El estudiante de Ing. Mecatrónica relata su experiencia en el país teutón]

“Empecé a sentirme muy nervioso, a pensar que ya no vería a mi familia así que un día antes de irme a Alemania fue la fiesta de mi pueblo, hubo una cabalgata y en la madrugada un baile, así que me quedé. En la madrugada tenía que tomar el avión entonces ya no dormí, me fui directo al aeropuerto y me subí al avión”, relató Israel Sánchez Musito, estudiante de noveno semestre de Ingeniería Mecatrónica de la aventura que apenas comenzaba.

Y es que realizó dos semestres de intercambio en Emden, ciudad ubicada al Noroeste de Alemania, perteneciente al estado de Bezirk, Baja Sajonia, lugar al que llegó después de 14 horas de vuelo, 2 horas más de viaje en tren y acompañado de sus dos maletas de 23 kilogramos cada una.

“Llegué a Bremen, de ahí tenía que tomar un tren que me llevaría a la estación de trenes para que pudiera llegar a mi destino, pero yo no sabía eso, así que me llevó a la Universidad de Bremen de donde me tuve que regresar, un camino de aproximadamente 30 minutos para que en la estación principal comprara mi boleto y ahora sí iba atento de dónde bajarme pues el boleto estaba carísimo, eran 25 euros; aunque disfruté el viaje pues el paisaje era muy rural y nunca me había subido a un tren de pasajeros”,  manifestó.

Al llegar ya estaba esperándolo Johana, la buddy que la Hochschule le asignó para que lo asistiera antes y durante su estancia en Emden y quien le dio hospedaje por unos días pues aún no le entregaban el departamento donde vivió por un año. 
“Johana fue de mucha ayuda, durante estos días me enseñó a moverme en el pueblito y fuimos con sus compañeros de casa al bar. Al otro día, en reunión con los que llegamos de intercambio, conocí a estudiantes de todas partes, españoles, franceses, ingleses, polacos, venezolanos, asiáticos, de todo, un mundo de colores. Nos presentamos y nos dieron la bienvenida”, comentó el estudiante originario de Texpeco, municipio ubicado al suroeste de Puebla.

Una vez que iniciaron sus clases, Israel hizo nuevas amistades con quienes salía los fines de semana para conocer nuevos lugares y no quedarse en casa. María de España, Bastian de Francia, Mauro de las Islas Canarias,  Sam de Inglaterra, otra chica de Francia e Israel, fueron los únicos 6 de los 40 estudiantes extranjeros quienes salían a todos lados juntos y también quienes extendieron a un año su estancia en Emden, Alemania.

“En realidad quería extender mi estancia para conocer otra parte de Alemania, había pedido que si me podían cambiar de ciudad, pues aunque el pueblito era lindo, la vida en la ciudad es más interesante. En noviembre apliqué para unas prácticas en la Volkswagen, y como me quedé esperando la respuesta, se me pasó la fecha para meter mis papeles para hacer mi intercambio en otro lugar.

Fue en enero que recibí un correo donde me decían que querían una entrevista conmigo, aunque había estudiado muchísimo se me hacía complicado sostener una conversación en alemán al 100 por ciento, pues llamé y concretamos el día de la entrevista. Me contestó quien fue mi jefe durante 6 meses y la verdad fue bastante paciente conmigo pues él hablaba muy rápido y no le entendía del todo” narró Sánchez Musito.

El día de la entrevista, describió Israel, era invierno, me tomaba 30 minutos caminando y 30 en bici para llegar a la planta, pero el suelo estaba congelado entonces era muy peligroso, llevaba mi traje y una chamarra, se me congelaron las manos. Opté por llevar la bici, crucé un puente, venía una curva y terminé resbalando. Por los nervios solo me limpié y continué mi camino, al otro día me di cuenta que estaba todo morado de la pierna”, refirió.

No obstante de los inconvenientes, Israel fue aceptado para hacer sus prácticas en la planta armadora, donde tuvo que practicar el idioma, conocer la burocracia alemana pues durante una semana visitó más  oficinas que nunca para poder renovar su visa ahora de practicante.

“Cuando ya por fin me incorporo a la planta me hacen firmar cien hojas, todo en alemán, me dieron unas llaves para mi locker, también me dieron una plática de seguridad y al siguiente día ya empiezo en forma a trabajar. La hora de entrada era 7:10, me levantaba a las 6 para preparar el desayuno, comer e irme en bicicleta. Llegaba a la hora indicada, llego al locker, me cambio, de ahí dejo mis cosas en el laboratorio y a las 7:30 todos nos reuníamos para tomar el té”, relató Israel.

Sin embargo, el entonces practicante de la Volkswagen, confesó eran momentos incómodos al principio debido a que los alemanes son muy reservados y serios. “A veces eran muy curiosos, querían saber por qué estaba ahí, me veían como bicho raro porque yo soy moreno y de ojos negros; todos ellos eran blancos. ¿Cómo es México? ¿Es peligroso? Siempre me preguntaban sobre el muro, querían saber si eso nos afectaba como país”.

Además, la dieta de Israel era distinta, lo que llamaba también la atención de los teutones pues mientras todos llevaban su pan con mantequilla, él llevaba su sándwich de jamón, lechuga, tomate y aguacate. “Siempre era el bicho raro pues había quien solo llevaba su huevo hervido, otro pan con lechuga”, confesó el estudiante de Mecatrónica.

Así eran todos los días, y 10 minutos antes de las 8 de la mañana llegaba el jefe y les daba indicaciones para el día, iniciaban labores y a las 9:30 era el desayuno, “comíamos otra vez, un tecito, un cafecito. Es muy típico de allá ponerle al té un terrón de azúcar grande y luego crema, siempre. También en esta pausa, jugábamos cartas, allá aprendí pues yo no sabía, me explicaron y al terminar la media hora de descanso, otra vez a trabajar”.

“A las 12 comíamos, teníamos una hora para ello, íbamos a la cantina, así se llamaba el restaurante, comíamos la famosa currywust, salchicha en salsa de curry, tomábamos nuevamente té y jugábamos cartas para estar nuevamente de regreso en el trabajo hasta las 15:00 horas. Diez minutos antes  todos tomábamos nuestras mochilas, nos cambiábamos, dejábamos las cosas en el locker y en mi caso, me iba a la Universidad pues tenía clases. Todas las tardes llegaba muy cansado; había nuevos compañeros de intercambios que siempre querían ir de fiesta, llegaban los viernes y yo lo único que quería era dormir”, confesó.
“Se acercaba el momento de mi regreso y fue muy triste, dejé muchos amigos, fueron como dos semanas de despedidas, y así como me fui, así regresé. Un día previo a mi regreso fui de fiesta a Göttingen, tomé el primer tren el domingo por la mañana y tomé nuevamente mis maletas de 23 kilogramos cada una”.

Israel también reveló que fue una experiencia hermosa de la cuál aprendió mucho no solo de la cultura alemana, sino de todas aquellas con las que estuvo en contacto, como las ensaladas al estilo español, el arroz con yogurth como los jordanos, el baguette de los franceses y hasta le tomó sabor al pan con mantequilla de los alemanes, el cuál ahora extraña.

“Mi mamá me dice que hablo diferente, que me comporto diferente, como diferente, que cuando llegué me costó un poco hablar español. Y creo que sí cambié porque el trato con las personas  no es el mismo, cambié la forma de ver las cosas, ahora las veo desde otra perspectiva, cuando me fui era muy superficial, ahora veo todos los problemas que tiene mi país”, destacó.
Con esta experiencia, Israel sólo piensa en terminar sus estudios, hacer una maestría y regresar a Alemania, trabajar por dos años allá en el país europeo que le llenó de memorias su teléfono y computadora.

La beca que tramitó Israel cubrió su boleto de avión de ida y regreso, además por semestre le otorgaron mil euros los cuales aprovechó para pagar la inscripción de la universidad, comprar la credencial de estudiante, pagar la renta, comida, impuestos así como sus viajes escolares.

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