Algunos autores contemporáneos, como Peter Singer (1975: 295), atribuyen al Génesis gran parte de los excesos y de los abusos que el ser humano ha realizado sobre el medio ambiente, como si en las Escrituras, al afirmar que el hombre debe “dominar” y “someter”, implicara una relación tiránica con el mundo. Según esta lectura de la Escritura, la visión judeocristiana mantendría que todos los animales deben servir al hombre, y que éste debe dominarlos con un poder absoluto ilimitado. Esta lectura, sin embargo, carece de fundamentos teológicos que la respalden, ya que, desde la tradición, el Magisterio y las Escrituras, la capacidad del hombre para “dominar” y “someter” al mundo no se comprenden aisladamente, sino en relación a su ser a imagen y semejanza de Dios. El primer paso para comprender el trasfondo de esta misión se sostiene en afirmar que la creación, el mundo, es bueno: no en vano, cada momento de la creación, Dios se detiene a contemplar lo creado y dar fe de que el mundo es bueno (Gn, I, 4, 10, 12, 18, 21, 31). Para cada acto de la creación, Dios no se cansa de afirmar la bondad constitutiva del mundo y del orden que ha instituido para gobernar la creación. Dios ve que el mundo es bueno, que cada creatura es un bien, de modo que el dominio del hombre no debe ser arbitrario o abusivo, sino que debe corresponderse con ese bien recibido: “el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo cuidara y lo trabajara” (Gn, 2, 15).
Tener la potestad para “dominar” y “someter” al mundo, en consecuencia, no supone un dominio despótico sobre el mundo, sino un servicio de representación de Dios, que es consecuente con su ser a imagen y semejanza. El ser humano es responsable de administrar los bienes recibidos, una función que, al ejercer en representación de Dios, como sostiene José Luis Sicre (2004: 86), implica también saber administrar esos bienes como Dios lo haría, es decir, tratando de imitar a Dios en su gobierno. Dios nos hace a imagen y semejanza suya, lo que implica, según Ravassi (1992: 50), que “el hombre es, pues, como Dios, pero no es Dios”. Al ser a imagen y semejanza, poseemos un valor mucho más elevado que cualquier otro ser creado, sin que por eso dejemos de ser seres finitos y limitados, siempre frágiles y vulnerables, necesitados de Dios. Ser como Dios no es ser Dios, y por eso debemos esforzarnos siempre por imitarlo, por ser dignos representantes de Dios en el mundo. Tener dominio sobre el mundo, por tanto, no significa que tengamos “autonomía absoluta y brutal”, ni que tengamos “la facultad de abusar y de destruir a su capricho” (Ravassi, 1992: 55), sino, como afirma San Ambrosio (330), que nos fue concedido “el poder de discernir mediante el uso de una sobria razón”. Cuando se afirma que fuimos creados a imagen y semejanza, así, “no hablamos de una imagen del ser, sino”, como sostiene San Juan Crisóstomo, “de una imagen del mando” (Homiliae in Genesim).
Todo esto supone un gobierno y una administración del mundo que se ciñe a criterios morales, a ciertas limitaciones que nos permiten cuidar de los bienes recibidos, de la casa común. No en vano san Juan Pablo II nos recuerda que el ser humano tiene una “responsabilidad específica sobre el ambiente de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de su dignidad personal” (Evangelium Vitae, 42). Se trata, así, de una “limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de "comer del fruto del árbol" (cf. Gn 2,16-17)”, la cual, según san Juan Pablo II, “muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no sólo biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune” (Evangelium Vitae, 42). Esta limitación no es una prohibición arbitraria de Dios, sino que es un marco referencial que nos permite orientar esa forma de administrar el mundo, de modo que se le haga justicia al mundo y al bien que representa. Dominarlo no es abusar y explotar, sino cuidarlo, amarlo, y servir, siempre procurando el mayor bien para toda la creación, presente y futura.










