El pasado 11 de noviembre festejamos a uno de los santos más populares que ha tenido la cristiandad: San Martín de Tours, o, en latín, Sanctus Martinus Turonensis. Es el primer santo en la historia en ser venerado a pesar de no haber sido un mártir; es decir: todos los santos anteriores a él, comenzando con San Esteban, el llamado “Protomártir”, padecieron la muerte por el martirio, prácticamente como condición para ser venerados como santos. En el caso de Martín, no fue determinante la forma de morir, sino, particularmente, su forma de vivir, pues ya en vida gozó de un enorme favor por parte del pueblo.
San Martín era y es tan popular que no solamente en las iglesias católica, ortodoxa y anglicana se le recuerda, sino también en la luterana, de tal manera que, en la tradición de estas iglesias, es el símbolo de la solidaridad y de la paz con los grupos marginados.
A Martín, en el rito romano de la Iglesia Católica se le festeja el 11 de noviembre, mientras que el rito hispano (también llamado “mozárabe) registra su fiesta el 10 del mismo mes, mismo día que la Iglesia Copta y que los ortodoxos etíopes. El 11 también lo festejan los anglicanos y luteranos, en tanto que los ortodoxos lo hacen el 13 de febrero, 12 de octubre, 11 y 12 de noviembre; a su vez, la Iglesia Armenia le dedica el 5 de noviembre. Su popularidad sigue siendo tan grande que su festividad se celebra solemnemente en Rotemburgo, Maguncia, Hildesheim, Eisenstadt, Milán, Salzburgo y Santiago de Compostela. En América, muchas poblaciones llevan su nombre, como en México, Perú y El Salvador (hay que señalar que, en Argentina, el nombre de una ciudad, en la Provincia de Mendoza, no es en honor al santo de Tours, sino del General José de San Martín).
El nombre “Martinus” es de origen romano y nos remite al dios de la guerra: Mars – Martis. El sufijo “nus” indica pertenencia: el que pertenece a Marte; incluso puede entenderse como “guerrero”. También podría significar “el nacido en el mes de Marzo” (“mensem martium”), primer mes del año romano y dedicado a Marte. El nombre se “cristianizó” con el correr del tiempo gracias, entre otros personajes, a San Martín de Tours y a San Martín de Dume, arzobispo de Braga (Portugal) en el siglo VI, de tal manera que, en la Edad Media, los nombres más empleados fueron Martín, Pedro, Juan, Nicolás y Cristóbal. Lutero mismo recibió el nombre de Martín debido a que nació el día anterior (10 de noviembre) a la festividad del santo.
San Martín debe haber nacido en los años 316/317 en lo que hoy es Hungría, en Szombathely. Hijo de un tribuno militar romano, pasó su juventud en Pavía. Aunque creció en una familia pagana, desde su niñez entró en contacto con el cristianismo, siendo admitido entre los catecúmenos. No se sabe por qué tardó mucho en bautizarse, aunque no era inusual en esa época hacerse bautizar en la edad adulta. Un decreto de Diocleciano, el emperador, obligaba a los hijos de los oficiales romanos a servir en el ejército, así que tuvo que seguir, en contra de su voluntad, la carrera militar. Sirvió como oficial en una unidad de élite del ejército. Por eso es que San Martín después se convertiría en el patrono de quienes se niegan a hacer su servicio militar por objeción de conciencia. Participó en varias campañas, hasta que, estando de servicio cerca de la ciudad alemana de Worms (llamada en ese entonces Civitas Vangionum), se negó a entrar en el combate que se acercaba en contra de los germanos, diciendo que ya no quería ser visto como “miles Caesaris” (soldado del emperador), sino como “miles Christi” (soldado de Cristo), por lo que solicitó su baja del servicio. Se le negó, por lo que tuvo que seguir en el ejército hasta cumplir su servicio obligatorio, que duraba 25 años. Se dice que, a pesar de haber servido tantos años en las filas del ejército, jamás mató a nadie en combate.
Un acontecimiento le dio fama eterna: dice la tradición que, estando ante las puertas de la ciudad de Amiens, vio a un mendigo que sufría por el frío, por lo que sacó su espada y cortó su capa para darle la mitad al pobre hombre. Por la noche, se le apareció Jesús en la figura del pordiosero, como recordando aquello de “lo que le hiciste al más pequeño de los míos, a mí me lo hiciste”. Al poco tiempo, Martín recibió el sacramento del bautismo.
Martín terminó su servicio militar y se convirtió en discípulo del prestigiado obispo Hilario de Potiers, quien era más o menos de su misma edad y quien después también ascendería a los altares. De él recibió las órdenes sacerdotales. Hacia el 360 fundó el monasterio de Ligugè, el primero en las Galias. Su espíritu cristiano y sus obras lo hicieron muy querido por la gente, de tal manera que, cuando la ciudad de Tours, distante unos cien kilómetros del monasterio, requirió de otro obispo, el pueblo no quiso a otro que no fuese Martín, el ermitaño. Dice la tradición que Martín no deseaba esa responsabilidad, por lo que se escondió en un establo; los habitantes del pueblo salieron a buscarlo con linternas (de ahí la tradición, viva hasta la actualidad en Alemania, de las procesiones de niños con su linterna el 11 de noviembre). No lograban encontrarlo, pero unos gansos lo descubrieron y, con sus graznidos, lo delataron. Fue consagrado obispo en julio del 372, pero siguió viviendo en un monasterio o en una cabaña frente a las murallas de la ciudad.
San Martín puede ser visto como una especie de bisagra cultural entre la civilización romana y el reino de los francos. Su vida ascética lo convirtió en un modelo de vida del sacerdote o del obispo en la Antigüedad Tardía. Sus milagros y obras de caridad lo hicieron famoso rápidamente en su región, por lo que no debe extrañarnos la enorme popularidad de la que goza hasta nuestros días, lo que se refleja en el nombre “Martín”, aún muy difundido. Es también considerado como protector de numerosas actividades comerciales y de negocios. Es curioso que, en la mitología griega, el protector de los comerciantes, el dios Hermes (el Mercurio romano), también protegiera a los ladrones: los antiguos veían en el comerciante a una suerte de ladrón disfrazado. Recordemos que Hermes robó el ganado de Apolo, es decir, él mismo cometió un hurto. Con San Martín cambia la perspectiva: ahora es uno de los santos más populares y queridos quien protege a los negociantes, comerciantes y emprendedores.
Su nobleza y su espíritu caritativo se pueden ver en la siguiente historia. En el año 385, estando Martín en la ciudad de Tréveris (Trier, en la actual Alemania), en donde se encontraba el emperador Magnus Maximus, tuvo lugar una fuerte disputa entre los obispos católicos y el obispo herético Prisciliano de Ávila. A petición de San Martín, quien gozaba de amplio prestigio, el emperador dio por terminado el asunto y se comprometió con él a no hacer daño alguno al obispo Prisciliano. Sin embargo, una vez que Martín se marchó, hizo ajusticiar al obispo herético. En cuanto Martín se enteró del caso, protestó enérgicamente ante el emperador, al igual que sus colegas, el obispo San Ambrosio de Milán, San Jerónimo (el que coordinó la traducción de la Biblia, la conocida como Vulgata) y el mismísimo papa Siricius (quien, al parecer, fue el primero en utilizar para sí mismo el título de “papa”). En Oriente, San Juan Crisóstomo advertía: condenar a muerte a un hereje equivale a desatar en la tierra una guerra sin cuartel.
De la postura de estos personajes católicos por defender la vida de un adversario en la fe deberíamos aprender todos. Ellos se escandalizaron de que el emperador hubiese mandado torturar y ejecutar a un hombre piadoso y entregado a Dios, independientemente de que fuera considerado un hereje. Además, se sentaba un pésimo precedente: el emperador se inmiscuía en asuntos eclesiásticos, lo cual era reprobable, sin olvidar que lo que debe buscarse es la conversión del hereje, no su muerte.
San Martín realizó una impresionante y exitosa labor evangélica, sobre todo entre la población rural, que seguía sin aceptar el cristianismo (de ahí el nombre “pagano”, que proviene del latín paganus, el habitante de los pueblos o del campo). También fundó numerosos monasterios y promovió la formación de sacerdotes. Se dice también que obró numerosos milagros. Su labor al frente de su diócesis le acarreó, empero, la animadversión de algunos jerarcas eclesiásticos e incluso de algunos sacerdotes, pues se sabía que el clero en esas regiones de las Galias estaba muy sumido en los goces materiales.
El 8 de noviembre del 397, en la ciudad de Candes (actualmente Candes-Saint-Martin, cerca de Tours), en donde realizaba una visita pastoral, falleció el buen obispo Martín. En medio de una gran concentración de personas, fue enterrado en Tours el día 11. Esta festividad fue vista como el inicio del invierno, como la fecha de los primeros vinos y como el día para pagar deudas e impuestos, tanto en dinero como en especie (por ejemplo, con “los gansos de San Martín”). La mitad de su capa (cappella, en latín, es decir, “capita”) se conservó durante largo tiempo y dio el nombre a las iglesias pequeñas (capillas) y a los grupos de cantores e instrumentistas que cantaban en ellas (capillas musicales). Hay además una gran cantidad de animales, plantas y aparatos que llevan el nombre de San Martín o de Martín, en honor a este importantísimo santo de la Antigüedad Tardía, personaje que imprimió su sello en la cultura cristiana de Occidente. A San Martín de Tours se le representa generalmente como soldado romano a caballo (de allí que se le conozca como “San Martín caballero”), partiendo su manto para darlo a un pordiosero que está sentado; también aparece vestido como obispo, rodeado de gente pobre. Es patrono de los viajeros, de los pobres, de los pordioseros, de los despreciados, de los sastres, de los comerciantes y negociantes de todo tipo, de los herreros y forjadores de armas, tejedores, soldados y de quienes rehúyen el servicio de las armas, así como de los molineros, hosteleros, venteros, posaderos y artesanos.
Por todo lo anterior, San Martín de Tours es el santo patrono del Decanato de Negocios en nuestra universidad.










