Tensiones paradójicas del mundo digital
19/12/2025
Autor: Dr. Roberto Casales García
Foto: Profesor de Formación Humanista

Tradicionalmente decimos que un cuerpo está tenso cuando a éste se le aplican dos fuerzas opuestas entre sí, como ocurre, por ejemplo, cuando éstas conducen a un mismo cuerpo hacia direcciones contrarias. En el caso de las tensiones paradójicas, sin embargo, ocurre algo diferente, ya que aquí no tenemos dos fuerzas opuestas, sino una sola fuerza que, cuanto más tiende hacia un extremo, más se mueve hacia el extremo contrario. Algo parecido a lo que ocurre, por ejemplo, con las trampas chinas para dedos o con las “atrapanovias”: en ambos casos vemos que, cuanto más trata uno de sacar el dedo, más atrapado se queda. Claro que aquí se aplica, en sentido estricto, una tensión del primer tipo y no una tensión paradójica en cuanto tal. Para que estas trampas funcionen es necesario que se apliquen dos fuerzas opuestas entre sí, de modo que la tensión producida es la que activa el mecanismo que atrapa el dedo. En una tensión paradójica sólo hay una fuerza, de modo que no hay oposición de origen, sino una sola fuerza que, a pesar de ir o apuntar hacia una dirección determinada, termina en el lugar totalmente opuesto. Algo que ocurre con mucha frecuencia en el mundo digital.

En este mundo, en efecto, nos encontramos con fenómenos como la hiperconectividad o la hiperindividualización, cuyos excedentes terminan, no obstante, en cierto déficit. La hiperconectividad que se busca a través de las redes sociales, el uso de smartphones y otras tecnologías propias del mundo digital, por ejemplo, apunta a mantenernos siempre conectados unos con otros, de modo que la comunicación sea más efectiva. El sujeto hiperconectado, sin embargo, se encuentra profundamente desconectado del mundo, de su entorno y, por supuesto, de los miles o millones de seguidores que pueda tener en sus redes sociales. Está conectado a la red, a la nube, e incluso vemos que muchos de sus followers “conectan” con el contenido que éste suele crear para alimentar sus redes sociales. No obstante, el número de seguidores con los que mantiene una relación profunda y significativa, una relación de proximidad, se reduce a un porcentaje mínimo, casi insignificante. Pero no necesitas ser un personaje famoso del mundo digital para experimentar esto, basta un simple ejercicio de honestidad en el que cada uno entre a sus redes sociales, vea sus contactos, y estime el número de personas con las que realmente tiene un contacto real y efectivo, no un mero like o un follow. Si somos realmente sinceros, nos daremos cuenta de que tenemos más contactos que gente con la mantengamos una relación significativa.

Algo semejante ocurre en el caso de la hiperindividualización y su búsqueda desenfrenada por ser auténticos: cuanto más se esfuerzan los individuos por ser auténticos, más terminan por unificarse a la masa ingente que sigue exactamente las mismas tendencias, las mismas modas, hace y piensa lo mismo de lo mismo. El resultado es claramente desastroso -por no decir penoso-, pues no sólo no se logra la dichosa autenticidad, sino que además se corre el peligro de crear comunidades de semejantes que nos vuelvan cada vez más indiferentes a la alteridad, a la diferencia. Un mundo en el que cada uno está profundamente ensimismado, luchando constantemente por ser auténtico, es un mundo en el que el tejido social también se va mermando. Y esto ocurre con mayor fuerza cuando nuestro entorno se vuelve un todo uniformado en el que sólo convivimos con aquellos que consideramos nuestros semejantes.

Pero las tensiones paradójicas que se dan en el mundo digital no se limitan a este tipo de tensiones que son, en muy buena medida, herencia propia de una modernidad tardía. También tenemos otro tipo de tensiones paradójicas como, por ejemplo, aquellas que se relacionan o afectan la autonomía de los usuarios, al grado que pueden terminar generando otra serie de problemáticas de las que debemos ser conscientes. Un claro ejemplo de esto se aprecia al percatarnos del modo en el que las redes sociales y el uso de la IA que subyace a las mismas afecta nuestra autopercepción y, consecuentemente, la conformación de nuestra identidad personal. Actualmente existen una amplia variedad de estudios que muestran el impacto negativo que tienen las redes sociales sobre nuestra autopercepción, como ocurre, por ejemplo, con el uso de filtros y otros medios para modificar nuestra apariencia y producir aquella imagen que queremos proyectar en las redes. Si bien no creo que debamos satanizar el uso de las redes sociales, ni creo que sea necesario abandonar el mundo digital, como algunos sostienen, considero que ser conscientes de estas tensiones paradójicas es de vital importancia para poder habitar de mejor forma este nuevo entorno. Si queremos humanizar las redes sociales y hacer más propicio este mundo digital, es necesario que también seamos conscientes de los riesgos potenciales que esto puede tener.