En los últimos meses hemos visto publicaciones respecto a la actividad del Sol. Tormentas solares “históricas”, eyecciones que “amenazan a la Tierra” y advertencias confusas sobre riesgos para la salud. Sin embargo, la ciencia nos da una explicación menos preocupante y mucho más interesante. Para comenzar, conviene recordar qué es el Sol es una enorme esfera de gas ionizado, con temperaturas cercanas a los 15 millones de grados centígrados en su núcleo, compuesta principalmente por hidrógeno y helio. En esas condiciones extremas, los electrones se separan de los átomos y generan complejas interacciones con el campo magnético solar. De ahí surgen fenómenos que hoy ocupan titulares: manchas solares, regiones ligeramente más frías en la superficie, y las eyecciones de masa coronal, gigantescos chorros de partículas que pueden viajar por el espacio. Lejos de ser eventos caóticos o impredecibles, estas manifestaciones siguen un patrón bien conocido.
La actividad solar tiene un ciclo de aproximadamente 11 años, con variaciones de entre 8 y 14 años. Actualmente, el Sol se encuentra en el máximo del ciclo solar, razón por la cual observamos un aumento notable en su actividad de 2024, que continuó durante 2025 y ha generado noticias diversas en lo que va del 2026. Nada fuera de lo normal. Incluso las recientes erupciones de categoría X —las más intensas en la escala utilizada por la NASA—como la X5.1 del 11 de noviembre y la X4.0 del día 15, aunque potentes, no representan los eventos más grandes jamás registrados. Además, son vigiladas de manera permanente por organismos como el Laboratorio Nacional de Clima Espacial de la UNAM y observatorios internacionales como el telescopio solar SOHO.
La pregunta inevitable es: ¿esto nos afecta? Podemos decir que las personas en la superficie terrestre no estamos en riesgo. Aunque el Sol emite vientos de partículas que pueden tardar entre 15 y 72 horas en llegar a nuestro planeta, la Tierra cuenta con un escudo natural que es el campo magnético terrestre y su atmósfera. La mayor parte de la radiación peligrosa nunca entra a la Tierra. En los casos más extremos, la radiación entre por los polos, generando auroras que se observan en latitudes altas, como la apenas captada desde el espacio en enero del 2026.
Aun cuando las personas no se verán afectadas por estos fenómenos, la preocupación es diferente para la infraestructura tecnológica. Las tormentas geomagnéticas pueden inducir corrientes en redes eléctricas de alto voltaje, generar fallas en transformadores o provocar apagones temporales. No dañan electrodomésticos comunes, pero sí justifican el uso de reguladores de voltaje para equipos sensibles. Los satélites son otro punto vulnerable: la radiación puede dañar componentes electrónicos y la expansión de la atmósfera superior aumenta la fricción, provocando que algunos satélites en órbita baja pierdan altitud. Las telecomunicaciones también pueden verse afectadas, especialmente la alta frecuencia (HF), y el GPS puede presentar errores de algunos metros, irrelevantes para usuarios comunes, pero críticos para operaciones de precisión.
Las tormentas solares no incrementan la radiación ultravioleta ni dañan la piel. Solo ciertos grupos; tripulaciones aéreas en vuelos polares y astronautas requieren protocolos especiales de protección. Recordemos que la radiación ultravioleta está mayormente ligada a la contaminación terrestre. El mensaje final que compartimos a través de este artículo es: el Sol no está “fuera de control”. Simplemente atraviesa una fase normal de su ciclo. No hace falta alarmarse; hace falta entender.










