La ciencia es una de las grandes obras de la civilización humana. Con ella, como humanidad hemos adquirido un vasto conocimiento de lo que en otros tiempos fue ignorado y hemos alcanzado con ello una comprensión mayor de lo que se ha pensado sobre el mundo y el hombre tal, que se ha convertido en patrimonio universal de todos los pueblos y de su cultura, en la medida en que se tiene acceso a él. Más aún, con la ciencia hemos conseguido un poder técnico y tecnológico que nos permite hoy incluso afirmar que el planeta que habitamos y el cosmos han sido, de alguna manera, conquistados por el ser humano, modificando su apariencia y sus condiciones naturales. Este poder y dominio se extiende sobre la materia y la energía, sobre los minerales, y la Tierra como sistema, y aun la vida biológica.
Las ciencias humanas y sociales también han proporcionado un cúmulo de conocimientos que han ampliado y transformado el saber antiguo sobre el ser humano y la sociedad, tanto por la extensión de sus hallazgos como por la novedad de sus enfoques. Nos han ofrecido un panorama más detallado y preciso de los procesos que se verifican en fenómenos asociados a la personalidad, el raciocinio, la afectividad, la libertad, así como en los fenómenos sociales, políticos e históricos. La perspectiva de su contrastación empírica e interpretación teórica nos permite elaborar un panorama más confiable de las intuiciones aquilatadas por la humanidad sobre sí misma a lo largo del tiempo.
Esta “joven” novedad existencial, respecto de los siglos y milenios que le antecedieron, tras importantes revoluciones incluso dentro de la misma historia de la ciencia, y de la que nosotros somos herederos, ha dotado de indudable prestigio al saber científico, hasta el punto de que parece natural asumir que una afirmación merece ser tomada en cuenta— sin importar qué tan contraintuitiva o extraña pueda parecer— si cuenta con respaldo científico.
Más todavía, a lo largo de su historia, también se ha depositado la esperanza del bien y de la felicidad humana en lo que la ciencia y la tecnología podrían aportar a la humanidad, a partir de sus logros innegables y de una prospectiva razonable; incluso, no pocas veces, de una manera exagerada o imposible de alcanzar.
En contraste, hoy también se percibe una sensación de desconfianza y pesimismo respecto de la ciencia, debido a su manejo desigual en relación con la equidad y la justicia, a su aplicación indebida y a un uso destructor, efectivo o potencial, contrario a la prosperidad de pueblos y naciones y a la dignidad de las personas, así como por prestarse, en ocasiones, a una ideologización insostenible, sobre todo a partir de la experiencia relativamente corta, pero muy intensa y violenta, del siglo XX y lo que va del XXI.
Además, hoy se abren grandes expectativas ante un nuevo panorama científico-tecnológico con los avances obtenidos.
Por un lado, el desarrollo de nuevos conocimientos teóricos y prácticos aumenta y potencia exponencialmente el saber y el poder ya conseguidos; por el otro, estos mismos avances podrían modificar radicalmente nuestra concepción de lo humano mediante la intervención sobre nuestra propia naturaleza, nuestras relaciones y las estructuras sociales.
Particularmente, además de las disciplinas clásicas— en las que continúan surgiendo novedades—, hoy vemos consolidarse otras, como la Nanotecnología, la Biotecnología, las Tecnologías de la Información y la IA, así como las Ciencias Cognitivas, junto con aplicaciones de mucho mayor capacidad de manipulación, velocidad y eficiencia, así como también, con una creciente inserción en la economía y la política mundiales.
Todo esto configura la imagen de una época lanzada hacia hallazgos prometedores, aunque también llenos de interrogantes frente a un futuro incierto. Pero esta afirmación se quedaría corta si no reparáramos en que la ciencia y la tecnología, entrelazadas en lo que ahora se denomina “sistema tecnocientífico”, son también causa y condición del cambio de época que estamos experimentando, sin que ello implique abandonar la visión científico-tecnológica que hemos incorporado, como parte constitutiva de nuestra mentalidad y de nuestras vidas, aparentemente de manera casi definitiva.
Llaman por eso poderosamente la atención dos fenómenos, distintos en profundidad, pero sintomáticos de lo que ocurre y de la significación que pueden tener para definir hoy la identidad humana y de los que trataré en la siguiente entrega.
Por un lado, el fenómeno de rechazo y alejamiento de la ciencia, que se traduce en un difícil aislamiento existencial respecto de ella en la realidad concreta; o también el culto a la pseudociencia que se presenta, no obstante, como “auténtica ciencia”. Por el otro, los excesos cientificistas.
Lo más serio de esto es que, ya sea una posición u otra, por sus deficiencias o excesos, alteran nuestra visión del hombre y de nuestro lugar en la naturaleza, así como de las importantes cuestiones éticas y antropológicas que le atañen.
Es importante aquí el empeño y compromiso con la labor de discernimiento de la verdad que todo esto implica para nuestra vida, nuestra sociedad y su futuro. Sin duda, creo yo, esta es una tarea de la que no podemos dispensarnos.










