Lecciones de biotecnología para la vida diaria
El año pasado iba a seguir escribiendo sobre simbiontes para ustedes, pero la vida decidió que primero los viviera. Durante semanas, mi cuerpo dejó de ser un sistema autónomo. No respiró solo, no se alimentó solo, no se reparó solo. Dependí de otros cuerpos, de manos, de máquinas, de sustancias invisibles circulando por mis venas para seguir aquí. Hubo una pausa forzada, una ruptura literal y, después, un proceso lento de reconstrucción. No sobreviví sola. Y fue ahí, desde el lugar más vulnerable y corporal posible, donde entendí algo que llevo años explicando desde la biotecnología: la vida nunca ha sido individual. Vivir siempre ha sido un acto compartido, aunque a veces se nos olvide.
En biología llamamos simbiontes a los organismos que viven asociados de manera tan íntima que su supervivencia depende de esa relación. Los líquenes o los corales y sus zooxantelas —que, por cierto, estamos estudiando en la Universidad— son algunos ejemplos. No se trata solo de “ayudarse”; se trata de dejarse sostener, intercambiar funciones, repartirse tareas vitales. Hay simbiontes que intercambian nutrientes, otros que protegen, otros que regulan, otros que hacen posible la vida en ambientes extremos. Gracias a ellos existen bosques, arrecifes, suelos fértiles… y también cuerpos humanos funcionales. La biotecnología ha aprendido a observar estas alianzas para restaurar ecosistemas, mejorar la salud, diseñar bioinsumos, entender enfermedades y proponer soluciones más integrales. En las próximas columnas hablaré de esas vidas compartidas: de simbiontes que no brillan solos, pero sostienen mundos enteros. De líquenes, de corales, de microorganismos que nos habitan. Y de lo que pasa cuando entendemos que vivir no es resistir aislados, sino aprender a existir en relación.
Los líquenes son quizá el ejemplo más radical —y más honesto— de lo que significa vivir en simbiosis. No son un solo organismo, sino la asociación íntima y obligada entre un hongo y un organismo fotosintético, generalmente un alga o una cianobacteria. Obligada, porque separados no sobreviven así en la naturaleza: solo existen siendo juntos. El hongo aporta estructura, protección y la capacidad de retener agua; el fotobionte aporta energía a partir de la luz. Ninguno domina al otro, ninguno “salva” al otro: se sostienen mutuamente. Por eso los líquenes son el símbolo perfecto de esta serie: porque nos recuerdan que hay vidas que no se explican desde la autosuficiencia, sino desde la interdependencia.
Y junto a los líquenes, casi siempre aparecen los musgos. No son simbiontes obligados como ellos, pero rara vez viven aislados. Los musgos crean microecosistemas: retienen agua, moderan la temperatura, estabilizan el suelo y alojan comunidades de bacterias y hongos que transforman nutrientes y facilitan la vida de otros organismos. En muchos ambientes extremos —como tundras, suelos volcánicos recientes, zonas erosionadas o áreas que se recuperan después de incendios— los musgos no solo sobreviven: preparan el terreno para que otros puedan llegar. No fusionan su vida con la de otro, pero la sostienen. Son una lección distinta, pero complementaria: a veces la simbiosis no es vivir mezclados, sino crear las condiciones para que la vida florezca alrededor.
Desde la biotecnología, los líquenes no solo se admiran: se estudian con enorme interés. Son organismos pioneros, capaces de colonizar roca desnuda, ambientes extremos y zonas altamente contaminadas. Por eso se utilizan como bioindicadores de calidad del aire, ya que su presencia —o ausencia— revela niveles de contaminantes atmosféricos con gran precisión, como ocurre con el dióxido de azufre en zonas urbanas e industriales. Además, producen metabolitos secundarios únicos, muchos con propiedades antibióticas, antioxidantes o antiinflamatorias, que hoy se exploran en aplicaciones farmacéuticas y cosméticas, como el ácido úsnico usado en formulaciones antimicrobianas. Su capacidad para iniciar la formación de suelo los vuelve clave en estudios de restauración ecológica temprana, y su resistencia extrema inspira desarrollos en biotecnología ambiental y materiales vivos, desde estrategias de biorremediación hasta superficies “bioinspiradas” —muchas veces construidas directamente a partir de líquenes, musgos o sus metabolitos— capaces de retener agua y nutrientes. Los líquenes nos enseñan que la innovación no siempre nace de lo nuevo, sino de observar con atención relaciones antiguas que han funcionado durante millones de años
La lección de los líquenes y los musgos para la vida diaria es sencilla, pero incómoda: no siempre estamos hechos para sostenernos solos, ni para sostenerlo todo. Hay momentos —biológicos, emocionales, vitales— en los que vivir implica dejarnos envolver y alimentar por otros, como hacen los líquenes. Y hay otros en los que nuestra tarea es más silenciosa: retener, preparar, cuidar, como los musgos que crean las condiciones para que la vida llegue después. En una cultura que glorifica la autosuficiencia, ambos nos recuerdan que la interdependencia no es debilidad: es estrategia de supervivencia y de florecimiento.
La pregunta queda abierta: hoy, tú… ¿te estás dejando sostener, o estás siendo musgo para alguien más?
Cualquier cosa que quieras preguntarme de lo que escribo, dímelo: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it. y en cuanto pueda te contestaré y si no tengo la respuesta, sé que mis colegas de la Facultad de Biotecnología nos podrán ayudar. Estas serán las lecciones de biotecnología para la vida diaria.










