Modo simbiótico, parte 4: Nunca hemos sido uno solo
24/03/2026
Autor: Dra. María José Alvarado López
Cargo: Profesora Investigadora Ingeniería en Biotecnología

Lecciones de biotecnología para la vida diaria

Luego de nuestra pausa obligada por mi época favorita del año, la temporada de mangos, volvemos al modo simbiótico. Y ahora vamos a hablar de los simbiontes más cercanos a nosotros. Durante mucho tiempo creímos que éramos individuos autónomos. Un cuerpo, una identidad, un “yo” bien delimitado por la piel. Desde hace años, en el laboratorio mientras hacemos biotecnología, hemos desarmado esa ilusión con una elegancia brutal: no somos organismos aislados, somos consorcios vivos. En cada centímetro de nuestra piel, en nuestro intestino, en nuestras mucosas, viven comunidades enteras de bacterias, hongos y virus que no están “sobre” nosotros, sino que forman parte de lo que somos. Sin ellos, simplemente no funcionaríamos igual.

Hoy sabemos que el número de células microbianas en nuestro cuerpo es comparable al de nuestras propias células humanas, y que el material genético de nuestros simbiontes -lo que llamamos microbioma- supera por mucho al nuestro. A estos microorganismos los conocemos como microbiota: comunidades de bacterias, hongos y virus que nos acompañan toda la vida. No “tenemos” microbiota. Somos un ecosistema híbrido con ella. Nuestro sistema inmune se educa en diálogo con estas comunidades a través de metabolitos como los ácidos grasos de cadena corta (butirato, propionato, acetato), esenciales para la regulación inflamatoria y la integridad de la barrera intestinal; nuestro metabolismo depende de ellas para degradar polisacáridos complejos que nuestras enzimas no pueden procesar. Incluso la producción de neurotransmisores y la señalización del eje intestino-cerebro están moduladas por estos inquilinos microscópicos.

Pero esta simbiosis no es romántica ni estática. Es dinámica, negociada y delicada. Cuando tomamos antibióticos de amplio espectro, por ejemplo, no solo eliminamos al patógeno que nos enferma: reducimos drásticamente la diversidad microbiana y alteramos redes metabólicas completas. Esto puede favorecer la colonización por patógenos oportunistas como Clostridioides difficile o modificar la regulación inmunológica a largo plazo. Cuando vivimos bajo estrés crónico, cambian los niveles de cortisol y se altera la composición bacteriana. Cuando homogenizamos nuestra dieta —alta en ultraprocesados y baja en fibra fermentable— empobrecemos la diversidad interna y reducimos la producción de metabolitos protectores. Y sin diversidad, los ecosistemas —internos o externos— se vuelven más frágiles. La vida es insistente en esta lección: los sistemas vivos prosperan cuando hay diversidad regulada, no cuando todo es uniforme.

Desde la biotecnología, este conocimiento ha abierto puertas fascinantes. Hoy se realizan trasplantes de microbiota fecal como una forma de restauración ecológica interna en casos recurrentes de infección por C. difficile. Se estudian bacterias genéticamente modificadas capaces de producir moléculas antiinflamatorias o enzimas terapéuticas directamente en el intestino. Se desarrollan consorcios microbianos definidos —no probióticos aislados, sino comunidades diseñadas— para modular respuestas metabólicas o inmunológicas específicas. Algunos de mis estudiantes exploran biomarcadores microbianos que podrían anticipar enfermedades metabólicas, autoinmunes o incluso neurodegenerativas antes de que aparezcan síntomas clínicos evidentes. No estamos hablando de suplementos de moda: estamos aprendiendo a gestionar ecosistemas vivos dentro del cuerpo humano con herramientas de biología de sistemas y secuenciación metagenómica.

Incluso miramos la microbiota de otros organismos para aprender de sus capacidades metabólicas. La microbiota ruminal, por ejemplo, es un consorcio altamente eficiente en la degradación de lignocelulosa y producción de metano, lo que ha inspirado estudios para optimizar biodigestores y reducir emisiones. La microbiota de ciertas polillas y larvas que consumen plásticos contiene enzimas capaces de modificar polímeros sintéticos, abriendo posibilidades en biodegradación de contaminantes. La simbiosis no es solo un fenómeno biológico: es una plataforma tecnológica.

Y aquí la pregunta se vuelve más profunda. Si somos un ensamblaje de especies cooperando, ¿dónde termina el “yo”? ¿Qué significa cuidar mi salud si mi bienestar depende de comunidades que no veo y que operan en red? La microbiota nos obliga a abandonar la fantasía de la autosuficiencia biológica. Nos recuerda que la vida no se sostiene eliminando al otro, sino aprendiendo a convivir con él.

Pero tal vez la lección no se queda en el intestino ni en la piel. Si nuestro propio cuerpo funciona como una comunidad diversa, interdependiente y regulada por equilibrios dinámicos, ¿por qué insistimos en pensar que las comunidades humanas pueden prosperar desde el aislamiento, la homogeneidad o la exclusión? La naturaleza de los seres vivos no es metáfora fácil, pero sí es maestra constante: la diversidad bien integrada fortalece; la ruptura indiscriminada debilita.

Quizá por eso esta simbiosis me parece tan potente como lección para la vida diaria. Cuidar el cuerpo, el suelo o el océano responde a la misma lógica: todo está conectado. En una cultura obsesionada con el control y la esterilidad, la microbiota nos enseña que la salud no es esterilidad, sino equilibrio. Que la diversidad no es amenaza, sino resiliencia. Y que intervenir un sistema vivo requiere algo más que tecnología: requiere escucha, humildad, empatía y paciencia para comprender la complejidad. Y tal vez eso es lo que se llaman ecología integral: reconocer que los sistemas —sean células, cuerpos o sociedades— están entrelazados, y que romper un equilibrio tiene consecuencias que van más allá de lo inmediato. Por eso ahora quisiera preguntarte: si nunca fuimos uno solo, ¿por qué seguimos viviendo como si lo fuéramos?

Cualquier cosa que quieras preguntarme de lo que escribo, dímelo: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it. y en cuanto pueda te contestaré y si no tengo la respuesta, sé que mis colegas de la Facultad de Biotecnología nos podrán ayudar. Estas serán las lecciones de biotecnología para la vida diaria.