Enzimología parte 1. La vida necesita catalizadores
30/04/2026
Autor: Dra. María José Alvarado López
Cargo: Profesora Investigadora Ingeniería en Biotecnología

Lecciones de biotecnología para la vida diaria

¿Se acuerdan cuando explicábamos el modo hongo? Una de las aplicaciones más importantes para las que estamos usando hongos es en la producción de enzimas, y en su momento dije que serían varios temas más de esta columna, pues vamos a empezar en ello. Este es un tema largo… así que vamos por partes.

No me gusta ser totalitaria en mis afirmaciones (porque siempre hay excepciones, pero ahora no la encuentro), pero primero tengo que decirles que todos los seres vivos existimos gracias a las enzimas. Los seres vivos producimos enzimas que usamos para prácticamente todas nuestras funciones.

Cuando pensamos en biotecnología, generalmente pensamos en mis amados bichos, ADN, biorreactores o procesos industriales sofisticados. Detrás de las transformaciones que logramos con todos estos artefactos y que hacen posible la vida -y también muchas de las tecnologías más limpias que soñamos desarrollar- hay protagonistas mucho más pequeñas, discretas y elegantes: las enzimas.

Las enzimas son macromoléculas, casi siempre proteínas, que funcionan como catalizadores biológicos. En palabras sencillas: hacen que una reacción química ocurra más rápido sin gastarse en el proceso. Sin ellas, la vida sería desesperadamente lenta. Las reacciones que dentro de las células ocurren en segundos, tardarían años, siglos o incluso eones en suceder. En cierta forma, las enzimas son la estrategia mediante la cual la vida hace posible lo que fisicoquímicamente es imposible.

Y eso, para un biotecnólogo es una maravilla.

Me explico: las enzimas pueden transformar sustancias específicas bajo condiciones relativamente suaves (generalmente neutras o ambientales) de presión, pH y temperatura, sin requerir la brutalidad energética que suelen requerir muchos procesos químicos industriales. Gran parte de la tecnología humana (quiero decir, procesos industriales) ha avanzado a punta de calor, presión, y reactivos agresivos. La vida, en cambio, lleva millones de años resolviendo problemas con moléculas que trabajan con precisión, rapidez y elegancia casi insultante.

Por eso las enzimas son para muchos de nosotros, una especie de sueño tecnológico: transformar más, contaminando menos.

Existen ejemplos reales mucho más cerca de lo que te imaginas. Los detergentes enzimáticos usan proteasas, amilasas y lipasas (si, ya notaste que todas las enzimas tienen el nombre del sustrato sobre el que actúan y terminan en asa: proteasa, actúa sobre proteína, amilasa sobre amilosa y lipasa sobre lípidos) para degradar manchas de proteínas, almidones y grasas a temperaturas más bajas que los detergentes convencionales.

Eso significa menos energía, menos desgaste de telas y procesos de limpieza más eficientes. En pocas palabras: hay enzimas ayudándote a lavar ropa mientras tú haces otras cosas. Y eso ya es biotecnología en la vida diaria.

Pero el alcance biotecnológico va mucho más allá del jabón. A mi me emociona pensar en enzimas que podamos usar para degradar xenobióticos, es decir, sustancias de origen antropogénico que suelen ser tóxicas y persistentes. Imaginar un bioproceso enzimático que pueda transformar uno de esos contaminantes y que además pueda integrarse a una solución basada en la naturaleza es, honestamente, uno de mis sueños biotecnológicos favoritos.

Las enzimas también están en lo que comemos: los adultos premium como yo, que somos intolerantes a la lactosa, las usamos diario. A la leche le añadimos lactasa para que podamos digerirla sin problema. En otras industrias importantes como la textil, usamos celulasas para suavizar telas o dar acabados específicos sin recurrir a procesos químicos agresivos. En el tratamiento de aguas residuales, se usan oxidorreductasas para ayudar a transformar compuestos tóxicos en sustancias menos dañinas, abriendo camino a procesos más limpios y sostenibles. Y se me ocurren otros muchos ejemplos que iremos explicando…

Claro que las enzimas no son solo magia. También tienen límites, necesitan ciertas condiciones, pueden inhibirse, perder estructura o dejar de funcionar si el ambiente no es el adecuado. Justamente por eso son tan interesantes. Nos obligan a dejar atrás la fantasía de que todo se resuelve con fuerza bruta y nos enseñan que la transformación más profunda muchas veces no depende de imponer más energía, sino de dirigirla mejor. Eso me fascina. ¿Cómo dirigir la energía mejor? Ya lo iremos entendiendo.

Y tal vez por eso las enzimas me parecen una buena lección para la vida diaria. En nuestra cultura que aplaude el exceso de esfuerzo, la saturación y el desgaste, las enzimas nos recuerdan algo mucho más fino: la eficiencia no es hacer fuerza, es enfocar mejor la energía. No todo requiere más presión ni más temperatura. No todo necesita más velocidad, solo disminuir la energía de activación. A veces lo que falta solo es el catalizador correcto.

Yo creo que por eso la vida funciona así: no empujando todo al límite, sino creando las condiciones para que lo necesario ocurra, así como hacen las enzimas. Te dejo como siempre una pregunta al aire: si la vida avanza gracias a catalizadores que enfocan la energía sin destruirse en el intento… ¿por qué a veces seguimos creyendo que solo vale lo que se logra a punta de desgaste?

Cualquier cosa que quieras preguntarme de lo que escribo, dímelo: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it. y en cuanto pueda te contestaré, y si no tengo la respuesta, sé que mis colegas de la Facultad de Biotecnología nos podrán ayudar. Estas son las lecciones de biotecnología para la vida diaria.