Existen ocasiones en las que una idea descomunal y revolucionaria irrumpe en el espacio social en boca de un stupidus (un atolondrado, un tonto, un limitado mental). Este curiosísimo fenómeno pudo haber sido defendido por el libérrimo e inteligentísimo pensador decimonónico, John Stuart Mill, quien considera en su monumental On Liberty, que hasta de las palabras estultas pueden salir buenas ideas. Es mejor, dice con razón el reformador del utilitarismo benthamiano, abrir el espacio a las ideas de todos, pues incluso del error uno puede aprender. Una buena idea, en fin, puede salir de la boca del tonto de tontos.
Existen otras ocasiones (las más, lamentablemente), donde las ideas del stupidus no hacen sino reflejar su condición. Una idea tonta refleja el carácter poco cultivado de su autor, su incapacidad de mirar y pensar a fondo. Las ideas del tonto crearían, así, la ciudad del tonto, con su ciudadela de absoluta necedad, sus muros acolchonados (no vaya ser que el tonto tropiece o, peor, se lance divertido y de cabeza contra el duro mármol, y quede peor de lo que ya estaba) y sus pinturas torcidas lo mismo que sus ideas. La necedad del tonto se convierte, la más de las veces, en ladrillos para la construcción de una ciudad de idiotas (del griego ἰδιώτης, persona privada que no participa en los asuntos públicos… no piense el lector en acepciones ofensivas y perjuiciosas… este es un espacio seguro, de respeto y humanidad).
El día de hoy, querido lector, traigo para usted un ejemplo del segundo tipo, convencido como estoy de que los ejemplos del primer tipo son poquísimos y de raquítica importancia. Así como el árbol de peras da peras, el idiota produce idioteces. Cuando por error dice algo interesante, inmediatamente lo sepulta en una montaña de guano que hace tremendamente difícil obtener, prístina, esas extraviadas perlas de sabiduría.
Ein Gespenst geht um in Mexiko: das Gespenst von Meyers Dummheit o, en nuestra hermosa lengua y, por supuesto, tomando prestadas de Marx esas fulminantes palabras que abren su Manifiesto, Un fantasma ronda por México: el fantasma de la estupidez de Meyer.
En horas pasadas, el pueblo de México ha sido, otra vez, lacerado por niveles de estupidez que podrían convertirse en fragmentos de un guion para la reedición de Dumb and Dumber. Sergio Mayer anunció, con la seriedad que su dignidad como miembro de la Cámara de Diputados del Honorable Congreso de la Unión le confiere, que ha pedido licencia para integrarse a un proyecto de altísimo calado, de incalculable valor estratégico, y de una potencia cívica que ni el luterano Martin Luther King Jr. podría igualar. En un golpe de genialidad, Mayer ha destapado para el ignorantérrimo pueblo de México la razón profunda de su ingreso a La Casa de los Famosos edición Telemundo: se trata no de una frivolidad, el acto estúpido de un estúpido… ¡no, hombres [y mujeres] necios que acusáis!, Mayer entró a La Casa de los Famosos enrollado en la bandera tricolor, dispuesto a tender una mano amiga, tolerante, sensata, humana, americana en el sentido más elevado, a nuestro vecino del norte, el gigante económico y militar. Esto, porque los reality shows, nos instruye el diputado con licencia, se han convertido en un fenómeno comunicacional “novedoso”—el Gran Hermano español tuvo su primera edición hace 25 años, olvido que puede calificarse de pecadillo del diputado, que en aquellos tiempos estaba saturado de trabajo, abriendo camino a los derechos de las mujeres a través del show Sólo para Mujeres, donde el diputado bailaba al natural (dicho elegantemente, En tenue d'Adam) para deleite de las damas (¡y luego dicen que el señor diputado no ha sido disruptivo!).
Pero la cosa no se reduce a tender una mano amiga a los gringos. El diputado Mayer es ambicioso como pocos: La Casa de los Famosos es un experimento social que lleva al límite la tolerancia, el respeto y el trabajo en equipo. Experimento, dice Mayer, que desnuda “por completo el alma y el espíritu de quien participa”. Completará aquí, al parecer, la trifecta el diputado, que ya había desnudado su cuerpo, pero le faltaba el alma y el espíritu.
Pero dejemos la mofa y el chascarrillo, que los asuntos de la política mexicana son serios y exigen de nosotros una actitud casi contemplativa. El diputado con licencia, el showman, celebridad de telenovelas y programas de variedades, Sergio Mayer, lanza una bomba, al final del video donde revela las razones profundas de su entrada al show: El genial e innovador (sólo tiene 25 años, al fin y al cabo) experimento social podría funcionar como la idónea plataforma para realizar campañas políticas. Escuchemos con atención:
Imagina y piensa [¡oh, simple mexicanito!] que este tipo de experimentos sociales debería [sic] ser utilizado para quienes pretendemos ser votados en [sic] puestos de representación popular. Conocer de [sic] fondo a los candidatos. Nos ahorraríamos tiempo, dinero, y mostraría de manera frontal y sin máscaras a quienes buscamos la aceptación y el voto de la sociedad.
El experimento social, La Casa de los Candidatos: México 2027 sería, bajo la racionalidad mayeriana, una oportunidad para conocer a los candidatos tal como son, sin máscaras ni personajes. ¡Caray, dice uno, no se me había pasado por la cabeza forma tan sencilla de resolver el problema de la representatividad política, y eso que llevo ya más de dos décadas estudiando la ciencia y la filosofía de la política! Pero no debe ser uno tan duro consigo mismo, no todos tenemos la altura y amplitud de miras del diputado Mayer, quien ve lo que nadie puede ver (igual que el rey de Hans Christian Andersen… ese que, curiosamente, también andaba desnudo).
Pero, echando mano de esa famosísima réplica atribuida a Galileo Galilei [permítame aquí el lector recomendar el fascinante retrato que, del científico italiano, pinta Dava Sobel en Galileo’s Daughter], diré aquí, “Y sin embargo…”:
Sin embargo, y contra la sapiencia mayeriana, habría que decir que el diputado con alma de gigoló se equivoca al pensar que su “experimento social” saca la personalidad auténtica de las personas. Más bien, afirmemos, deforma a tal grado a los individuos que se someten a ser observados permanentemente (mismos que son elegidos precisamente porque a priori se observan en ellos ciertos rasgos patológicos), que logra exponenciar en ellos esas patologías que yacían latentes. Esto lo sabe cualquiera que haya leído 1984, del magnífico George Orwell (quien nunca, empero, tuvo la oportunidad de participar en The House of Illustrious Writers), quien nos enseña que la vigilancia permanente destruye la psique humana al eliminar la intimidad, componente esencial para una vida saludable. Pero segundo, Mayer también asume que La Casa de los Candidatos: México 2027 sería un lugar de tolerancia, respeto y revelación del carácter profundo de los participantes. Esto no solamente no ha sucedido, convirtiéndose el show en una malograda mezcla de soft-porn tipo Cincuenta Sombras de Gray para adultos frustrados sexualmente, arena de combate verdulería-style, mentadas de madre, llantos que rayan en lo ridículo o lo sociopático, y un sinfín de horas muertas donde los participantes hacen eso que mejor hacen: ser ellos mismos, inútiles con iniciativa. Imagine el lector las avalanchas emocionales, los desquicios y las confrontaciones que supondría meter dentro de una casa, 24/7 a don Gerardo Gutiérrez Noroña (bufón del tlatoani), don Alito (el único que no ha caído en cuenta de que el PRI lleva rato muerto), y don Jorgito Romero, el heredero de lo peorcito que el PAN ha producido (¡y mire que harta basura ha producido ese partido!). Añada ahí a Layda Sansores, a Manuel Espino, Félix Salgado Macedonio, Lili Téllez, y cerremos con el inigualable don Andrés Manuel López Obrador como la voz que dirige el teatro… y siéntese a disfrutar del show.
Sergio Mayer compartirá casa, eso sí, con personalidades que exigirán del diputado echar mano de toda (hemos dicho ¡toda!, aunque sea bien poquita) su inteligencia, su astucia y sus encantos (que sí parece tener, por el éxito de su show stripper). Con él estará Lupita Jones, orgullo nacional, así como la dominicana Celinee Santos, una ganadora del certamen Miss Universo, la otra de Miss República Dominicana, certámenes que son joyas del machismo mundial y promotores de la cosificación de la mujer; Laura Zapata, elegantísima actriz que ha deleitado a los mexicanos con sus actuaciones; la promotora del “body positivity”, Curvy Selma; el influencer andrógino Kunno y la también influencer Caeli; el modelo (y también influencer) Fabio Agostini; y Kenny Rodríguez, quien se dio a conocer en otro reality show (otro experimento social de gran calado, entiéndase), Love Island USA. Otros más nutren la lista, pero, enemigo del spoiler como soy, dejaré algo al misterio. Tendrá Mayer, pues, un elenco de lujo para construir un diálogo sobre las condiciones de posibilidad de nuestras hoy débiles democracias, la nueva agenda bilateral con Estados Unidos, el fantasma populista que asedia el mundo, así como los grandes problemas que aquejan al planeta.
No quisiera cerrar esta loa al mayerismo sin referirme a su propuesta de que las campañas políticas se transfieran a un reality show. La verdad es que quizá tenga razón. Nada cambiaría. Las campañas son hoy un concurso de popularidad que disputan candidatos y candidatas en su mayoría mentalmente desequilibrados y raquíticamente inteligentes, muchos de ellos tan o más megalómanos que Sergio Mayer (este quiere desnudarse y tener gloria mediática, aquellos, los que sí saben, quieren poder y dominio). Las campañas mienten en grado similar al reality show, mostrando personajes con caretas que, en última instancia, incluso terminan por creerse su propia mentira. Los medios de comunicación juegan su papel en ambas competiciones, lo mismo que las redes sociales, encargadas de mantener a la población estúpida y dócil. Y tiene razón en algo el diputado stripper: costarían menos a los mexicanos, se volverían un negocio más en esta sociedad consumista.
No suena mal para quienes, como Mayer, gozan con un México de rodillas, estúpido e ignorante (por culpa de sus gobiernos), pobre (por culpa de sus gobiernos, la sociedad civil, empresarios y los propios mexicanos y mexicanas) y reducido a la mera obediencia. Suena mal, empero, para esos necios que todavía quedamos, que creemos que la lectura puede hacer un cambio, que vale la pena resistir, que nada está nunca completamente perdido, y que Sergio Mayer ejemplifica al perfecto estúpido.










