Toda organización se sustenta en una filosofía que cobra vida a través de expresiones simbólicas. Estas manifestaciones no solo definen su cultura, sino que construyen los significados compartidos que la distinguen. Estos significados permean todo acto comunicativo: desde los discursos y las rutinas, hasta los silencios y las relaciones. No se trata solo de la información transmitida por canales oficiales, sino de aquello que emana orgánicamente de las personas que habitan la estructura.
Por ello, es fundamental aprender a "leer" la cotidianeidad. Interpretar lo que parece insignificante los vínculos formales e informales en cualquier nivel jerárquico permite diagnosticar lo que realmente ocurre y anticipar lo que podría suceder. Estos nexos otorgan sentido a la vida institucional, revelando creencias, valores e intenciones profundas. En ellos se proyectan las tensiones de poder, los niveles de confianza y las formas de pensar que la estructura formal suele omitir.
Las mentalidades organizacionales rara vez se enuncian de manera explícita; sin embargo, se manifiestan con nitidez en cada acción y decisión. Esta realidad nos obliga a una reflexión incómoda: ¿por qué a veces no reconocemos lo evidente? A menudo, negar la realidad responde a la conveniencia de evadir conflictos o a la intención de construir narrativas alternas para legitimarlas posteriormente. Comprender estas mentalidades es la clave para desbloquear cualquier proceso de transformación, tanto personal como colectivo.
Bajo esta premisa, surge una pregunta central: ¿cómo pretendemos mejorar los procesos comunicativos sin antes saber leer a las personas y al entorno que intervenimos? La comunicación organizacional no puede limitarse a la difusión de mensajes; debe ser, ante todo, una capacidad crítica para interpretar realidades complejas. Es en este ejercicio de escucha y observación donde la estrategia adquiere su verdadero valor.
Día tras día, las organizaciones escriben sus vínculos en la práctica. Al hacerlo, reafirman su cultura y consolidan sus formas de pensar. Saber interpretar estos elementos permite construir un sentido compartido y comprender no solo qué decir, sino cómo y a quién.
En consecuencia, la organización es un texto vivo en constante escritura. Leerla implica ir más allá de los manuales y los comunicados; significa descifrar lo que se dice, lo que se hace y, especialmente, lo que se calla. Esta lectura trasciende la simple recopilación de información: es un ejercicio de interpretación humana. Sin ella, cualquier acción estratégica corre el riesgo de quedarse en la superficie, ignorando las dinámicas profundas que realmente sostienen la cultura y los vínculos.










