Empatía, ¿para qué?
05/03/2026
Autor: Dr. Rubén Sánchez Muñoz
Cargo: Profesor de la Facultad de Filosofía

En días recientes fui invitado a una reunión formativa para impartir una “charla” sobre educación y empatía. Así que la preparé, fui al lugar, me reuní con mis colegas, expuse el tema y hablamos al final sobre una serie de preguntas. Allí se dijo que la empatía no significa necesariamente ponerse en el lugar del otro. Pero al revisar la definición que ofrece la RAE, sostuve que esa definición está errada. Según la RAE la empatía es: “Sentimiento de identificación con algo o alguien”, y también como “Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. El error, a mi juicio, sería creer que la empatía es solo eso. La empatía incluye más cosas. A veces nos identificamos con lo que los demás sienten y llegamos a sentirlo también.

Propuse reflexionar sobre la definición que da Edith Stein (1891-1942) sobre la empatía y que se encuentra en su libro Sobre el problema de la empatía publicado en 1917. Parte de una experiencia concreta. En el encuentro que tenemos con los otros llegamos a darnos cuenta de sus vivencias. Veo a una persona que carga un bulto pesado y me doy cuenta de su esfuerzo; noto en el semblante de mi alumno que no comprende el tema que intento explicar; me doy cuenta del dolor y el sufrimiento de la madre que perdió a su hija. Pues bien, a este “darse cuenta” se refiere la empatía. Por ello Stein la definió como “La aprehensión de vivencias ajenas –sean sensaciones, sentimientos o lo que sea–”.

La empatía se refiere, entonces, a este saber y este darse cuenta de las experiencias de los otros. Lo cual supone, o parte de la experiencia de, tener encuentros con otros. Dice que “la experiencia que remite al vivenciar ajeno se llama empatía”. Lo que me está dado en esta experiencia acerca del otro no son solo sus emociones o sus sentimientos, sino todos los campos perceptivos y el horizonte de representaciones que se abren para él. La empatía me da acceso a esos campos y por ello mi propia imagen del mundo se enriquece con las experiencias de los demás. Mi imagen del mundo sería muy podre si solo tuviera acceso a mi experiencia originaria (a lo que a mi me pasa). Pero no es así, porque de hecho, podemos aprender a través de la experiencia ajena. Sin embargo, no siempre nos identificamos con esa experiencia. No siempre compartimos sus sentimientos. Vemos comportamientos y, aunque comprendemos cuál es el punto de vista del otro, no por ello lo aprobamos y compartimos sus sentimientos. Por ende, ser empático no puede consistir en sentir lo mismo y compartir lo que siente. Para ello aparecen otras experiencias tales como la antipatía, la apatía, la simpatía y la compasión. Creo que todas estas modalidades de experiencia tienen en su raíz a la empatía. Nos damos cuenta de lo que el otro siente, percibe, anhela, desea, etc., (allí hay empatía), pero podemos tomar varias posturas ante ello. A veces somos indiferentes (y eso es apatía), otras veces sentimos aversión y rechazo (y eso es antipatía); en otras ocasiones experimentamos inclinación, agrado y aprobación por lo que el otro siente (y esto es simpatía), y algunas nos identificamos con ese sentir a través de la ternura y la condolencia (y esto es compasión). No puedo pretender que estas simples y rápidas indicaciones muestren la grandeza y dificultad del problema, pero creo que ayudan un poco a orientar la discusión.

El énfasis, para la educación, tiene que hacerse en lo siguiente. Tenemos acceso a las experiencias de los estudiantes. Los vemos. Tenemos un encuentro cara a cara con ellos. Su presencia habla por sí misma, porque allí donde está la persona hay un discurso, un sentido. Podríamos preguntarnos, ¿por qué razón esta persona estudia esta carrera? ¿cómo abona esta profesión a lo que ella tiene que ser personalmente? Hay una tarea que es individual y que consiste en encontrar la verdad de sí, llegar a ser el que se es –decía el poeta Píndaro–. Las carreras son importantes. Yo dije en la sesión: vemos estudiantes y nos damos cuenta de que no saben por qué están en la universidad, no comprenden por qué o para qué están estudiando una carrera. Y debo decir algo. No estaba criticando a los estudiantes. Eso me pasó a mí. Me ha pasado muchas veces. Y lo he visto también en los otros. Y justo por ello hay que escuchar a los estudiantes. Que se escuchen. Que hagan valer su voz y busquen su propio camino, su propio sentido. Pero necesitan ayuda de los nosotros. Porque solos no vamos a poder.

En la plática hice un llamado a vivir en comunidad. A vivir en común unidad, a preocuparnos por los demás y no ser indiferentes. Y me preguntó Juan Calos I cómo podemos hacer eso. Mi respuesta fue: a cada uno de nosotros le corresponde analizar personalmente qué puede hacer para acercarse a los demás. Compartí las cosas que hago yo en mi día a día. Pero depende mucho de la apertura que cada uno tiene. Y depende también del empeño y voluntad personal. Puedo ser más solidario, más cercano, más comprometido y responsable. Puedo vivir en el esfuerzo de ser mejor y ayudar en lo posible a que los demás también lo sean. Puedo querer el bien común y hacer la parte que me toca para trabajar y abonar con mi esfuerzo a esta tarea que es de todos. ¿Ven ustedes el giro ético al que se encaminan estas reflexiones…?

Referencias

Stein, E. (2004). Sobre el problema de la empatía, Madrid: Trotta.