Como mis cuatro fieles y amables lectores recordarán, dado que se trata de personas con una memoria privilegiada y poseedoras de una aguda capacidad de reflexión, hemos señalado en esta columna que perpetramos tozudamente cada semana que Su Majestad Donald I parece no tener una estrategia clara en su discurrir por los escenarios internacionales. Un ejemplo reciente en favor de esta aseveración es el hecho de que las razones que ha presentado para justificar su participación, al lado de Israel, en los ataques a Irán a partir del sábado 28 de febrero han cambiado muchísimo, al grado tal que ahora ya nadie menciona que uno de los objetivos de tal aventura militar sea el cambio de régimen en la República Islámica de Irán. El mismo Secretario de Guerra (como ahora se hace llamar pomposamente Pete Hegseth) dijo hace un par de días que eso nunca estuvo considerado como uno de los objetivos de la operación “Furia Épica” en contra de la nación persa. Esto nos lleva a preguntarnos si el derecho internacional es ya una cosa del pasado; si se trata de un cadáver yerto a causa de los desmanes de Vladimir Putin (invasión a Ucrania), de Benjamin Netanyahu (invasión de la Franja de Gaza, ataques a Irán) y de Trump mismo, tanto en Venezuela como ahora, nuevamente, en Irán.
Antes de presentar nuestras reflexiones en torno al supuestamente planteado cambio de régimen en Irán, queremos dejar en claro que el hecho de poner en duda la legitimidad de todos estos ataques a otras naciones de ninguna manera nos hace defensores de las barbaridades y crímenes de Nicolás Maduro, Hamas, Hezbolá o del régimen de los ayatolas iraníes. También es necesario confesar que la interpretación de algunos puntos del derecho internacional no es fácil. Sabemos que, según estas normas que venían rigiendo -no siempre de manera congruente- desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, una operación militar es legítima solamente en caso de que esté avalada por un mandato de la ONU o si se lleva a cabo como un acto de defensa ante una agresión extranjera. Sin embargo, tanto Israel como los Estados Unidos apelan a una especie de “defensa hacia adelante” o “guerra preventiva”: como evidentemente la existencia de Israel peligraría seriamente en caso de que Irán consiga construir una bomba atómica, su dirigencia política considera que es necesario adelantarse a los acontecimientos y atacar al régimen de los ayatolas antes de que sea demasiado tarde. Por lo que se ve, no todo es blanco o negro. En mi apreciación personal, este peligro verdaderamente existencial es más evidente para Israel que para Estados Unidos.
Por lo mismo, creo advertir que detener de una buena vez el programa atómico iraní, controlar el flujo de petróleo desde este país hacia China y hacer caer a un aliado más de Putin son los verdaderos objetivos. El “cambio de régimen” es un mero pretexto solamente esgrimido por Trump, pues tanto Marco Rubio como Hegseth han dicho reiteradamente que eso no es a lo que aspiran las operaciones militares contra el régimen de los ayatolas. Está ocurriendo algo similar al caso de Venezuela, en donde también escuchamos a Donald I hablar de un cambio de régimen, pero acabó colocando, en el lugar de Maduro, a una representante del mismo equipo gobernante, aunque, eso sí, sumisa y obediente. Y después se olvidó de la promesa de la democratización de Venezuela.
A todo esto, ¿qué significa un cambio de régimen? Los estudios de transición describen cómo y por qué cambian los regímenes políticos. Explican qué grupos participan en estos procesos y qué fases atraviesa un cambio de régimen. En la Ciencia Política, el tema del cambio de régimen político ha cobrado creciente importancia debido a acontecimientos ocurridos a partir de los años 90 del siglo XX, tales como la caída del Bloque Comunista, la democratización de algunos países latinoamericanos y la Primavera Árabe. Los enfoques de los estudios de transición, que inicialmente fueron importantes principalmente en Estados Unidos, influyen cada vez más en el debate en otros países. El análisis de los cambios de régimen permite una comprensión más profunda de los sistemas de gobierno, la cultura política y los procesos históricos. Por lo tanto, constituye un área esencial de la Ciencia Política, incluyendo, por supuesto, a los estudios de las relaciones internacionales. Con dicho término entendemos un proceso de transición entre diferentes tipos de dominación política, generalmente de un régimen no democrático a uno democrático. En caso de una transición de un régimen democrático a uno no democrático se prefiere hablar de “colapso” o “quiebre” de la democracia.
La pregunta que podemos hacernos ahora es: ¿Estamos presenciado en estos días el colapso del régimen en Irán? No, lo que estamos viendo es el colapso del liderazgo o de la cúpula del régimen. El líder supremo, Alí Jameneí, ha muerto. Pero no debemos olvidar que Irán no es, como el Irak de Sadam Husein, la Nicaragua de Somoza o la Libia de Gadafi, una dictadura unipersonal. Irán es un sistema revolucionario que, en cierto sentido, fue diseñado precisamente para enfrentar una situación como la actual. Existen varios organismos e instituciones que buscan continuar con la revolución islámica. Para muchos de los líderes que han sido eliminados en estos días de guerra, se ha nombrado a una serie de substitutos. Podemos suponer que ya están trabajando en la sucesión de estos últimos, en caso de que también sean abatidos por los israelíes o los estadounidenses, tratando de delegar funciones y de estabilizar el sistema (o lo que queda de él). Por eso, según mi pobre saber y entender considero que la probabilidad de un cambio de régimen sigue siendo muy remota.
La muerte de Alí Jameneí marca el fin de una era, pues estuvo en el poder desde hace alrededor de 36 años. Al morir, el sábado pasado, ya tenía 86 años y llevaba un tiempo con problemas de salud. La cuestión de quién lo sucedería y qué vendría después de él se venía debatiendo en Irán desde hace meses, es decir, independientemente de los ataques militares que estamos presenciando. La pregunta ahora es: ¿Qué rumbo tomará el país? ¿Se encaminará hacia una dictadura sin fundamento ideológico? ¿Regresará a un liderazgo religioso más conservador, o habrá quizás un líder revolucionario más pragmático y dispuesto a abrir el país al liberalismo? Esa sería una buena noticia, pero hoy es, lamentablemente, la menos probable.
Cada vez se ve más lejano que Irán reciba ayuda efectiva de los pocos aliados con los que aún cuenta. Irán ha suministrado drones a Rusia para su guerra de agresión contra Ucrania, que han demostrado su mortífera efectividad. Pero Putin es un mal aliado: no ayudó (o no pudo ayudar) a Bashar al-Assad en Siria, ni a Maduro en Venezuela. No apoyó a Irán en la Guerra de los Doce Días el año pasado y tampoco lo hará esta vez, porque eso, por supuesto, lo pondría en una confrontación directa con Estados Unidos. Como ha invertido mucho en construir una buena relación con Donald Trump, Putin evitará confrontarlo. A largo plazo, un cambio de régimen o de dirigencia en Irán sin duda podría perjudicar a Rusia, sobre todo si Irán rompe con sus alianzas con dicho país y China. Todo esto no es muy probable en este momento, pero si ocurriera, sería una muy mala noticia para Putin, porque Irán lo ha apoyado con mucha fuerza en los últimos años, sobre todo en el ámbito de la defensa.
Según el gigante de inversiones Blackrock, es probable que los combates duren unas semanas o meses, pero no años: la superioridad militar de Estados Unidos e Israel sobre las fuerzas armadas iraníes, así como la probabilidad de un levantamiento del pueblo iraní contra los gobernantes de Teherán, deberían limitar la crisis. Yo veo como muy incierto tanto un levantamiento popular como un "cambio de régimen" en este momento, aunque en verdad sería el mejor escenario posible para el pueblo iraní, para las naciones industrializadas occidentales y los mercados de capital globales.
Políticamente, un cambio de poder en Irán tendría enormes repercusiones en toda la región. Un nuevo comienzo y el levantamiento de las sanciones económicas tendrían consecuencias económicas de gran alcance no sólo para la propia república del Golfo Pérsico, sino también para la Unión Europea (UE), si bien el comercio con Irán actualmente desempeña un papel menor para muchos países europeos. Según un estudio reciente del Instituto de Estudios Económicos Internacionales Comparados de Viena (WIIW, por sus siglas en alemán), el simple levantamiento de las sanciones de la UE y la reintegración de Irán a la economía global generarían un aumento a largo plazo del producto interno bruto real iraní de más del 80%. Dentro de la UE, la producción económica aumentaría entre un 0.3% y un 0.4% gracias a las nuevas oportunidades de exportación y la reducción de los precios de importación, lo que se traduciría en más de 54 000 millones de euros en ingresos anuales adicionales.
Según el estudio, las consecuencias concretas de un fortalecimiento económico de Irán incluirían, por ejemplo, una caída de los precios del petróleo y del gas, una menor volatilidad en los mercados energéticos y una mayor seguridad en las rutas comerciales como el estrecho de Ormuz, cuyo bloqueo ha impulsado actualmente los precios del petróleo y del gas hacia arriba.
Sin embargo, son pocos los ejemplos exitosos de cambios de régimen impulsados por una fuerza militar extranjera. Pienso ahora en la Panamá de Noriega, que accedió a la democracia después de la intervención militar estadounidense en 1989, o en los casos de Japón, Italia y Alemania (occidental) después de la Segunda Guerra Mundial, aunque en contextos muy diferentes a los de Irán. En cambio, los casos de Afganistán, Irak, Libia y Venezuela son ejemplos de sendos fracasos contemporáneos.
Algunos observadores consideran que el gobierno estadounidense está considerando una especie de “modelo venezolano” para Irán. El presidente Trump mencionó a tres personas que podría imaginar para el nuevo liderazgo en Teherán, pero el aparato de poder iraní, en particular la Guardia Revolucionaria, temida en toda la región, podría mantener una posición sólida incluso si llegase a escalar el poder alguna de estas personas, como el hijo del último Sha (o Sah) de Irán. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que las diferencias políticas y culturales entre Venezuela e Irán podrían ser demasiado grandes como para que esta estrategia tenga éxito allí. Lo único que tienen de similar ambos casos es que hacer respetar los derechos humanos y los valores de la democracia no parecen ser objetivos a considerar por el tirano de la Casa Blanca.










