Dignificar el espacio haciéndolo habitable
17/03/2026
Autor: Dr. Roberto Casales García
Cargo: Profesor Investigador de Formación Humanista

Desde hace varios años colaboro en un proyecto relacionado con el derecho a la belleza, a la habitabilidad y la dignificación de los espacios. Ya en su libro sobre Emociones Políticas, Nussbaum nos recuerda la importancia de generar ciertos espacios públicos que promuevan cierto tipo de afectos y que, en consecuencia, contribuyan al desarrollo de la sociedad. Un espacio digno, acorde no sólo a las necesidades comerciales o mercantiles, sino también a las necesidades personales, es fundamental para que los individuos que los habitan puedan desarrollarse de manera plena. Hacer habitable un espacio, tal y como lo advierte el filósofo de la Selva Negra, es indispensable para el despliegue de nuestro peculiar modo de ser, entendiendo por habitar una cierta forma de cuidado, de cobijo, donde es permisible, según el Dr. Mansur, “apreciar las cosas en su esencia”. Hacer espacios habitables, espacios que nos permitan estar en paz, i.e., bajo un cierto cobijo, es también una forma de procurar la dignidad de las personas. “Quien habita”, nos recuerda Mansur, “cuida, preserva la esencia, devela el sentido del ser de las cosas y vive el «amparo», el «arraigo» y el «encuentro», como formas de este cuidado”.

De ahí que debamos promover no sólo un espacio bello, digno, acorde con nuestra dignidad, sino también un espacio seguro, donde cada uno, al habitar, pueda manifestar su ser sin ser transgredido. Los espacios no sólo deben ser cuidados para que sean habitables, sino también deben procurar esa seguridad y cuidado que demanda el mismo hecho de ser habitable. Esto se hace patente, por ejemplo, en el caso de la discapacidad, donde las personas necesitan espacios que les permitan desarrollarse de manera plena: no basta que haya rampas, fierros y metales que se adapten a sus necesidades, sino que también es necesario que cualquiera que esté en esta situación, tenga un espacio seguro en el que pueda desplegar todo su talento. Habitar, nos dice Mansur, “es más que ocupar un espacio”, pues sólo se habita “cuando se funda una morada, se establece una relación con nuestro propio ser y se entra en relación con los otros”. Un arquitecto que diseñara un espacio sin considerar las necesidades específicas de sus usuarios, que sólo se guiara por lo que considera o cree que los otros necesitan, pero que jamás se dignara a dialogar con aquellos que eventualmente habitarán ese espacio, por ejemplo, no es alguien que sea capaz de construir y diseñar espacios habitables. También la arquitectura, como bien me han recordado nuestros colegas de arquitectura, necesita salir al encuentro con el otro.

¿Cómo dignificamos nuestro espacio? ¿Qué debemos hacer para diseñar espacios que sean habitables, i.e., seguros, dignos, capaces de dignificar a todo aquel que ose habitarlos? Y es que no podemos seguir construyendo Casas de Cristales, como la de Phiplip Johnson, que pueden ser espacios bellos, pero que, en realidad, pierden de vista su modo de ser habitable. Algo semejante ocurriría si, al rediseñar nuestros espacios, perdemos de vista tanto la esencia de una universidad, como las necesidades específicas de sus usuarios (repito, no sólo sus necesidades laborales, sino también sus necesidades personales). Sería absurdo, por ejemplo, que las oficinas de los profesores se rediseñaran para ser grandes mega call-centers, que responden a otro tipo de necesidades que no son para nada adecuadas para los mismos. Un profesor necesita tener un espacio donde tenga cierta privacidad, donde pueda contar con todos los libros que necesita para desarrollar su investigación, preparar su clase o simplemente estudiar. No es raro que en las grandes universidades se construyan oficinas con mucho espacio para cada profesor, de modo que cada una sea una suerte de pequeña biblioteca. (Claro, sé que este es el ideal, aunque un tanto utópico para nuestro caso).

Actualmente existen muchos espacios en la universidad que pueden ser dignificados, i.e., que pueden ser rediseñados para que sean habitables, según el sentido que hemos esbozado (algunas oficinas, por ejemplo). En los trece años que he habitado la UPAEP, he visto grandes cambios y avances en esta misma línea, y estoy totalmente seguro de que pronto se seguirán dando estos cambios para que toda la comunidad siga creciendo y pueda desarrollarse. Lo que, además, nos vuelve corresponsables del cuidado de los mismos, de modo que, estemos donde estemos, la universidad sea ese espacio seguro que nos acoge a todos. Dignificar el espacio, sin lugar a duda, es una forma directa de contribuir al bien común.