
Decía Tomás de Aquino que en lo más profundo de nuestra conciencia experimentamos una invitación a “hacer el bien y evitar el mal”. Aunque ese juicio parezca vago y genérico —o tal vez precisamente gracias a que lo es—, cada elección que hacemos lo confirma. Santo Tomás llamaba a esta inclinación sindéresis: un olfato moral, una brújula con la que nacemos.
No siempre le hacemos caso. La libertad humana tiene esa grandeza y ese riesgo: puede reconocer el bien y, aun así, negarlo. Pero también puede acogerlo y realizarlo. Alguien puede ser advertido en su conciencia de que no debe robar y, sin embargo, desoír esa voz y hacer el mal. La sindéresis, pues, señala el rumbo, pero no anula el arbitrio.
El primer paso para ser una persona buena es, justamente, dar un paso al frente y decidir hacer el bien. No sólo pensarlo o tener la intención, sino efectivamente llevarlo a cabo. El mismo Aquinate recordaba que el bien ha de hacerse (bonum est faciendum). No es un mero objeto de contemplación, de especulación o de análisis. El verdadero bien moral se da en la acción.
En este sentido, lo opuesto al bien muchas veces no es el mal explícito, sino la omisión. Recordemos que la omisión es una forma de ceguera voluntaria ante el rostro del otro. La sindéresis, por tanto, no sólo nos ilumina para reconocer el bien, sino que nos impulsa a realizarlo; callarla cuando podemos actuar es ya una forma de fracaso moral. De ahí nuestra primera idea clave:
Si podemos hacer el bien, no lo omitamos.
Pero una vez que aceptamos el reto de pasar a la acción, surge inmediatamente una segunda cuestión: ¿hasta dónde debe llegar nuestro empeño? Porque la tentación más común no es la de hacer el mal abiertamente, sino la de hacer el bien sólo a medias, sólo cuando nos resulta cómodo o sólo para quienes nos caen bien. Hacer el bien suele implicar esfuerzo, renuncia, incomodidad. No pocas veces exige atravesar la pereza, vencer el fastidio o actuar contra nuestras inclinaciones.
La sindéresis, sin embargo, no admite parcialidades ni se conforma con mediocridades. Como una luz que todo lo quiere iluminar, nos invita a extender el bien sin exclusiones. El carácter se templa precisamente en esas grietas de la voluntad, en esos rincones donde la inclinación natural nos empuja a pasar de largo. Hay gente que solamente pone empeño y hace muy bien aquello que le gusta y agrada, y aquello que no, lo hace a medias, chafa e irresponsablemente. Ser buenos sólo con quien es amable es fácil; el verdadero desafío —y el verdadero mérito— es serlo también con quien nos disgusta, con quien nos cuesta, con quien nos ha traicionado. Así llegamos a una segunda idea clave:
Hagamos bien incluso aquello que nos cuesta.
Llegamos así al tercer y último escalón. No basta con querer hacer el bien, ni siquiera con extenderlo a todo y a todos. Es necesario, además, preguntarse por el cómo. Porque se puede hacer el bien de muchas maneras: de mala gana, por cálculo, por presión externa, por conveniencia egoísta o simplemente por cumplir. Y aunque incluso así sigue siendo preferible al mal, no alcanza todavía su plenitud. Pensemos en quien ayuda, pero de tal modo que humilla; en quien da, pero recordándolo constantemente; en quien sirve, pero con un gesto de fastidio que envenena el regalo; en quien se muestra amable, pero en el fondo es un adulador.
La tradición moral clásica insistía en que la virtud no consiste sólo en hacer lo correcto, sino en hacerlo del mejor modo: con rectitud interior (con recta intención), con coherencia de vida, con cierta elegancia y hasta con sobriedad. La sindéresis, en su manifestación más plena, nos exige también perfección en el modo. El bien hecho a medias, con descuido, con mala intención o con desdén, pierde su fuerza transformadora. En cambio, cuando se realiza con convicción, con cuidado y con generosidad, el bien no sólo corrige una situación: también edifica el carácter de quien lo realiza y mejora silenciosamente el mundo que lo rodea. De ahí nuestra tercera idea clave:
Si ya decidimos hacer el bien, hagámoslo del mejor modo posible.
En resumen, la sindéresis nos habla en tres tiempos: nos llama a la acción (contra la omisión), nos exige universalidad (contra la parcialidad) y nos pide perfección (contra la mediocridad). Tres ideas sencillas que describen un camino de maduración moral: no omitir el bien posible, hacerlo incluso cuando incomoda, y procurar hacerlo cada vez mejor. Tal vez la sindéresis —esa discreta brújula interior— no nos pide mucho más que eso. Pero tampoco mucho menos.










