En días recientes, hemos percibido cómo el lenguaje y la retórica de los dirigentes políticos de Israel y Estados Unidos utilizan un tono mesiánico: pareciera como si actuasen, en el actual conflicto armado, como instrumentos de una voluntad divina que los lanzara a destrozar a sus enemigos. Incluso podríamos pensar que estamos ante una especie de “guerra santa”, pues así resuenan muchas de las palabras de los actores beligerantes. Una “guerra santa” es un conflicto armado motivado, justificado u ordenado por razones religiosas, que a menudo se libra en nombre de Dios o en defensa de la fe contra los no creyentes. Los símbolos religiosos, los rituales y la promesa de una recompensa en el más allá (por ejemplo: el perdón de los pecados) sirven para legitimar la violencia. Estos son los aspectos clave:
- Como típicos ejemplos históricos están las Cruzadas en la Edad Media (1095-siglo XIII), para reconquistar de manos turcas los lugares sagrados. Estas “peregrinaciones armadas” se presentaban como la voluntad de Dios. De ahí el grito de guerra de los cruzados: “Deus lo vult!” (“¡Dios lo quiere!”). También la antigua Grecia conoció “guerras santas”, que se desataban para proteger algunos santuarios. De la misma manera, la expansión del islam a partir del siglo VII se consideraba como una especie de guerra deseada por Dios (Alá).
- Curiosamente, la expresión “guerra santa” fue ampliamente utilizada por los poetas alemanes durante las “Guerras de Liberación” contra Napoleón, a principios del siglo XIX.
- En el contexto cultural islámico se habla de yihad, pero el término se suele utilizar erróneamente, pues los extremistas suelen instrumentalizarla como una guerra santa; sin embargo, el término significa literalmente "esfuerzo o lucha" en el camino hacia Dios, lo que no implica necesariamente una guerra, una lucha armada o violenta o el exterminio de los enemigos.
- Este término se usa a menudo para glorificar y “santificar” ideológicamente las guerras a lo largo de la historia, incluso en conflictos nacionalistas modernos.
En resumen, podemos afirmar que una guerra santa es una forma de sacralización de la violencia en la que los objetivos militares se convierten en obligaciones religiosas.
La guerra contra Irán está siendo presentada por ciertos sectores de la administración Trump y las fuerzas armadas estadounidenses como el cumplimiento de un plan divino. El destacado senador republicano Lindsey Graham la ha calificado como "guerra religiosa", mientras que el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, se presenta ante los medios como si fuera un cruzado. Si uno ve sus tatuajes, son las representaciones de la guerra santa para los extremistas cristianos. Más de 200 soldados estadounidenses se han quejado en estos primeros días de la guerra contra Irán de que sus comandantes les han dicho que esta guerra es parte de un “plan divino” y que cumple las profecías de los “últimos tiempos”. Investigaciones internas de las fuerzas armadas de Estados Unidos han constatado que muchas bases militares de diferentes tipos están infiltradas por fundamentalistas cristianos, que consideran a la violencia como un medio legítimo de lucha y buscan eliminar el carácter laico del Estado.
Pero Hegseth no está solo: muchos legisladores pertenecen a movimientos cristianos nacionalistas. De hecho, cuando Hegseth aún servía en la Guardia Nacional, sus superiores advirtieron que sus tatuajes lo identificaban con sectores fundamentalistas y extremistas cristianos, así como con los llamados “supremacistas blancos”, es decir, aquellos que defienden la supremacía racial de los blancos frente a otras etnias. Hegseth, por lo tanto, es un nacionalista cristiano. Su libro lleva, curiosamente, el título American Crusade: Our Fight to Stay Free, y en él afirma que hay diferencias irreconciliables entre la izquierda y la derecha en Estados Unidos. El problema es que sentencia, categóricamente, que dicho conflicto es perpetuo y que no se puede resolver a través de un proceso político pacífico. Por eso es que llama a una “cruzada estadounidense”, que describe como una guerra santa por la causa de la libertad humana. En diversas ocasiones, Hegseth se ha mostrado como contrario al carácter democrático de los fundadores de los Estados Unidos.
En el libro de marras, el pomposamente llamado “Secretario de Guerra” dice que el Islam no es una religión de paz, que nunca lo ha sido, y afirma que todos los países musulmanes modernos son zonas prohibidas para los cristianos y judíos practicantes. Teme que los islamistas estén planeando conquistar demográfica, cultural y políticamente a toda Europa y Estados Unidos. Señala que las elecciones de funcionarios musulmanes en el Reino Unido y el aumento de la población musulmana en Europa son señales de que Estados Unidos seguirá el mismo camino si no hay una intervención a tiempo para evitarlo. Esto explica el llamado con el que concluye su libro: “Nos vemos en el campo de batalla, porque esa es la voluntad de Dios”. Creo que aquí podemos encontrar las razones del cambio de nombre oficial: ya no se llama “Secretario de Defensa”, sino “Secretario de Guerra”.
Para muchos de sus seguidores, Donald Trump es un mesías, lo cual él mismo ve con buenos ojos. Recordemos que muchos de estos movimientos fundamentalistas anhelan el apocalipsis, porque después vendrá la salvación final. Los Estados Unidos siempre se han considerado como una república secular, pero ahora vemos como muchos de sus dirigentes políticos y militares se muestran como predicadores de los últimos días. Esta es quizá una de las razones por las que estas personas -empezando por Donald I- ignoran la Constitución y el Derecho Internacional, pues para ellos la guerra no es lo peor, sino que la guerra es el escenario redentor, el cumplimiento del plan divino que justifica todos los sacrificios.
Este tipo de pensamiento político es verdaderamente peligroso, pues no solamente abusa de la religión y de la política, sino que santifica y justifica cierto tipo de guerras (las del enemigo no, por supuesto). Hace un par de días escuchamos a Benjamin Netanyahu hablar con un lenguaje veterotestamentario, afirmando que “le quebraremos los huesos” a los enemigos, a los iraníes, dentro de una retórica de santificación de la guerra, esta vez desde la perspectiva del Estado de Israel.
La influencia de los extremistas y fundamentalistas religiosos en el ejército y la política actual en los Estados Unidos y en Israel es extremadamente peligrosa para una democracia laica y liberal, pues pervierte el sentido y la naturaleza de la política y de la religión. La historia nos enseña que cuando los fanáticos religiosos ponen el dedo en el gatillo, una fantasía apocalíptica puede convertirse en una pesadilla real más rápido de lo que uno se imagina.
Antes que ver en el otro al enemigo, deberíamos reconocer que la lucha debe ser dentro de nosotros mismos, como bien expresó el gran Petrarca (1304-1374): “Cinco grandes enemigos de la paz habitan en nuestro interior: la codicia, la ambición, la envidia, la ira y el orgullo. Si pudiéramos expulsarlos, sin duda disfrutaríamos de la paz eterna.”










