El juez siciliano Rosario Angelo Livatino (1952-1990), asesinado por la mafia, fue declarado beato en 2021. Era un hombre ejemplar en el combate a la corrupción. A él se atribuye esta frase: “Quando moriremo, nessuno ci verrà a chiedere quanto siamo stati credenti, ma credibili” (“Cuando muramos, no se nos preguntará si fuimos creyentes, sino si fuimos creíbles”). La frase nos invita a revisar dos aspectos muy interesantes de la creencia: aquello que profesamos y, sobre todo, si nosotros mismos somos dignos de fe.
Sin duda, aquello en lo que creemos nos define. Si uno asume determinados valores y los convierte en convicciones, ese conjunto de creencias termina por configurar su actuar. Hoy existe incluso una rama de la lógica desarrollada sobre todo en ambientes anglosajones —la llamada “lógica de las creencias” (logic of belief)— que estudia cómo los agentes racionales conforman, mantienen, revisan o modifican sus creencias para que sean consistentes entre sí, en medio de sucesivas expansiones o contracciones.
Hay creencias de muchos tipos: políticas, económicas e incluso científicas. Sobre estas últimas, conviene recordar que Kurt Gödel demostró que en todo sistema formal suficientemente rico existen verdades que no pueden demostrarse dentro del propio sistema; en ese sentido, sus axiomas operan como puntos de partida que no se prueban, de ahí que incluso en la ciencia más exacta, haya un acto de confianza inicial. Pero también en la vida cotidiana podemos creer en tal o cual terapia, creer que es mejor no hablar cuando uno está muy enojado, o que la lectura de los clásicos enriquece el vocabulario. Las creencias religiosas o dogmas ocupan un lugar superior respecto de los demás tipos de creencias, tanto por su fuente, la revelación divina, como por su alcance, la estructuración de toda la vida en torno a ellas.
Pero lo que afirma el beato Livatino es que, incluso siendo tan importantes las creencias, lo verdaderamente decisivo no es haberlas profesado, sino haber sido testigos creíbles: personas depositarias de la confianza ajena porque una vida íntegra las respalda. Somos confiables cuando somos veraces; cuando no hay doblez en las palabras ni doble intención en los actos; cuando hay coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos; y, sobre todo, cuando somos transparentes y no tememos vivir de cara a ella. La ignorancia, el egoísmo, la mentira, la hipocresía, el chisme, la frivolidad y la superficialidad erosionan la confianza y nos vuelven poco creíbles.
Cuando hablamos de “confiable” o “creíble”, podemos poner el acento en lo que se dice —en la verosimilitud y razonabilidad que hacen que una creencia sea más atendible que otra (reliable belief)—; pero también, y más profundamente, en quien lo dice: en aquel que, por su congruencia de vida, se ha ganado la confianza de los demás (credible person).
¿Qué resulta más fácil responder: en qué creo o si los demás creen en mí? Por comodidad, nadie negaría que lo primero. Yo puedo afirmar que creo en la paz, en el amor, en la dignidad de todo ser humano; que la verdad debe ser la brújula de todo académico; en la disciplina paciente hacia los hijos; en la fidelidad conyugal; e incluso en que pagar impuestos es una forma concreta de arrimar el hombro al país. Pero lo segundo es más exigente: pues al encarnar ese listado de convicciones, los demás reconocerán en mí a alguien digno de crédito. Nos fiamos de quien vive lo que cree. La confianza en último término tiene que ver más con la integridad que con la data.
La advertencia de Rosario Livatino es, así, un verdadero acicate para la mente y el corazón. Porque, al llamarnos católicos —tanto en lo personal como en lo institucional—, no sólo nos comprometemos a profesar un conjunto de creencias, sino, de manera más radical, a encarnarlas. Ser testigos creíbles no es un añadido opcional: es lo que, en última instancia, vuelve atractiva y razonable la cosmovisión cristiana de la existencia. Al final, cuando el mundo nos mire —pues nuestra vida es como un libro abierto—, ¿qué leerá en nosotros: una doctrina que se explica o una vida que se contagia?










