
Con el paso de los años y la instalación de la rutina, resulta difícil volverse a enamorar de la misma persona o hallarse emocionado en medio de un grupo de “viejos amigos”. Cuando ya conocemos los chistes, las historias, las anécdotas de la infancia, los miedos y hasta los sueños del otro, pareciera que no quedan motivos para la admiración ni la fascinación. Pero difícil no significa imposible.
En realidad, el manantial de vida que habita en cada uno se renueva constantemente, y lo hace a través de dos cauces: el recuerdo y la expectativa. El primero cava sus honduras en la anámnesis; el segundo, alcanza su altura en la escatología.
La ἀνάμνησις (anámnesis), en su raíz platónica, remite al recuerdo de lo esencial. Más allá de su complejidad teórica, hay aquí una intuición vital: los amantes —y, en general, quienes comparten una vida— deben recordarse cada día por qué se aman y por qué están juntos. Volver a los motivos originarios de la elección. El recuerdo agradecido fecunda el presente: lo limpia del tedio, lo rescata de la rutina y lo vuelve inesperadamente nuevo.
Pero no vivimos sólo de memoria. También nos sostiene el porvenir. El ἔσχατος (ésjatos) nos remite a lo último y el fin, abre la expectativa de una alegría que desborda toda experiencia presente. La esperanza del Cielo, de un cumplimiento pleno, ensancha el corazón: aligera los dolores, reordena las prioridades y devuelve vigor en medio del cansancio.
Sin embargo, estas dos dimensiones —de dónde venimos y hacia dónde vamos— presuponen una tercera: la κοινωνία (koinonía), la comunidad. No nacemos de la nada ni caminamos solos hacia el final. Nuestros recuerdos más hondos están poblados de rostros: caricias, desvelos, risas, cuentos, calles, juegos, la voz de quienes nos enseñaron a nombrar el mundo. Y nuestras esperanzas también tienen forma de encuentro: caminar en la playa junto a mi esposa abrazando a nuestros nietos, papalotes en el cielo, libros con historias y enseñanzas, alumnos que sabrán perdonar mi vejez a cambio de inflamar sus corazones, dejar algo que otros puedan habitar.
Este “nosotros” es decisivo. La trama de relaciones que nos constituye es la que da espesor y color a la existencia. Sin comunidad, el recuerdo se vuelve nostalgia estéril y la esperanza, ilusión vacía. Así, memoria, esperanza y comunidad aparecen como tres fuentes de sentido. Tres manantiales de los que abreva la alegría. Por eso urge reencontrarnos: con nosotros mismos y con los otros, con aquello que nos dio origen y con aquello que nos promete plenitud.
Si no nos volvemos a mirar con nuevos ojos, nos aburriremos de nosotros mismos, perderemos consideración unos con otros y dejaremos de creer en nosotros mismos. Pues cuando uno se acostumbra al otro y cuando éste pierde su esplendor a nuestros ojos, entonces lo maltratamos y la plática honesta cede su lugar a la insidia y la grilla remplaza al aprecio sincero. Lo mismo sucede con la memoria: quien ya no se recuerda su origine cercena la gratitud, quien no se da tiempo para contemplar su vocación a la eternidad desdibuja la sonrisa en su rostro. Urge reencontrar los manantiales de sentido y abrevar de sus fuentes, y hacerlo en comunidad. Sólo así sobrevendrá la alegría profunda.
Reencontrarnos implica volver a mirarnos. Descubrir, en los rostros cotidianos, no sólo el desgaste de los días, sino también la persistencia de la ilusión, la dignidad de la lucha y la riqueza de lo vivido.
Nos urge dejar de ver si tenemos tal o cual puesto en la Institución; fijarnos de manera obsesiva en roles nos impide ver rostros, y comprendernos y apreciarnos. Es importante escuchar a nuestros fundadores: nunca desaprovechemos asistir a la fogata donde se narra la épica de nuestra génesis, eso sana, eso nos impide caer en un presentismo soberbio y altanero. Y también es importante mirar juntos hacia la trascendencia, ver más allá de nuestras planeaciones estratégicas —necesarias, no cabe duda, pero limitadas—, fijar la visa en un horizonte de eternidad. La concurrencia de corazones y mentes allí es muchísimo más grande de lo que puede lograr toda idea, siempre con el riesgo de volverse ideología.
En ese cruce —memoria, esperanza y comunidad— acontece el verdadero reencuentro. Y sólo allí, en esa confluencia, puede nacer una alegría que no dependa de la novedad superficial, sino de la radicalidad del origen, la hermosura del destino y el don inmerecido de nuestra comunidad.
Sólo la comunidad que se reencuentra, se da a sí misma la oportunidad de un mejor futuro.










