Hoy, último viernes de marzo, haremos una serie de comentarios sobre la situación militar de este primer mes de guerra en Irán y sobre las perspectivas de desarrollo para los próximos días.
Ante un rival que ha respondido a los ataques en gran escala de Estados Unidos e Israel con mayor fuerza, contundencia, tozudez y resiliencia de lo que se esperaba al principio de las hostilidades, parece ser que los estadounidenses están pensando concentrarse más en desarrollar ataques selectivos en lugar de continuar con la ofensiva a gran escala. Es muy probable que las fuerzas de Trump puedan optar ahora por una ofensiva terrestre muy arriesgada pero limitada. Estados Unidos podría intensificar su presencia militar en Irán este mismo fin de semana, pues hemos sabido que se están concentrando mayores contingentes de fuerzas de infantería de marina, de tropas especiales y de buques de combate. Este escenario de una ofensiva militar por tierra no es en absoluto improbable, aunque parece que se desarrollaría de manera limitada. El contexto son las negociaciones estancadas y las nuevas exigencias del gobierno iraní, que es poco probable que Donald Trump acepte.
Como en todo conflicto de esta naturaleza, aumentar la presión militar es inherente a la lógica de esta guerra, pues los estadounidenses necesitan forzar concesiones por parte de Irán. El hecho de que las negociaciones continúen en paralelo no excluye una posible escalada desde una perspectiva militar. La historia nos enseña que, mientras se negocia, los combates continúan, porque lo que sucede en el campo de batalla puede, a su vez, influir en las negociaciones. Como cada parte requiere mostrar más fuerza en la mesa de negociaciones, los sucesos exitosos en el frente de guerra favorecen a los negociadores propios. En estos momentos, creo que el escenario más probable no es una invasión a gran escala, sino que las tropas estadounidenses emprendan operaciones selectivas en puntos estratégicamente cruciales. En concreto, puede tratarse de una operación para hacerse con el control de las islas cercanas al estrecho de Ormuz, una de las rutas comerciales de petróleo más importantes del mundo. Como sabemos, el mismo Trump confesó hace unos días, en un arranque de cordura, que él no había pensado que los iraníes fueran a bloquear tal estrecho. Este es un argumento más que confirma que esta guerra no fue bien planeada, por lo menos por parte de los estadounidenses.
Obviamente, lo más urgente e importante por ahora es abrir y mantener abierto el estrecho de Ormuz; este es actualmente el punto más importante y sensato desde una perspectiva militar y estratégica. Hay que tomar en cuenta que a Irán no le cuesta mucho dinero mantener cerrada esta vía marítima, pues bastan las amenazas de disparar a cualquier buque tanque que se atreva a navegar por esas aguas. Al mismo tiempo, debemos señalar el riesgo tan alto que implicaría una operación militar de los Estados Unidos para liberar ese estrecho paso (mide, en su trayecto más angosto, unos tres km.).
La cuestión crucial es cómo se desarrollará la situación si estallan combates sobre el terreno, es decir, qué sucedería si los soldados estadounidenses se ven envueltos en un combate prolongado o si intentan hacerse con el control de la estratégica isla de Jarg (o Kharg), de tan sólo 24 km.²: estarían desembarcando en una isla diminuta, la mayor terminal iraní de exportación de petróleo: algunos misiles iraníes que impactaran allí convertirían la isla en un infierno. Por lo tanto, las tropas estadounidenses necesitarán todo tipo de apoyo: apoyo aéreo, logístico, líneas de suministro, líneas de evacuación de heridos, etc.
Si este tipo de operaciones militares es complejo, hay que ser aún más escépticos ante escenarios de tropas que se tengan que adentrar profundamente en el interior de Irán, por ejemplo, para asegurar o destruir las instalaciones nucleares. Tales operaciones serían extremadamente complejas, requerirían un gran número de efectivos y podrían saldarse con elevadas pérdidas humanas. Con unos pocos miles de soldados sólo se podrían alcanzar objetivos muy limitados. También creo que hay que considerar como muy poco realista la opción, a menudo debatida en algunos medios de comunicación, de asegurar y transportar fuera de Irán el uranio enriquecido iraní. Para una película de Hollywood está bien la trama, pero no para la cruda realidad. El esfuerzo tendría que ser enorme: bombardeos intensos y amplios, vehículos especializados (pesados y a prueba de radiaciones), amplias medidas de seguridad y operaciones en territorio hostil que durarían muchas horas, ante el fuego decidido de los iraníes, que no están mancos. Los soldados gringos no pueden simplemente tomar el uranio enriquecido, guardarlo en sus mochilas y salir chiflando alegremente de allí. ¡Ah, algo importante! Las tropas estadounidenses tendrían primero que estar segurísimas de haber encontrado el lugar (o lugares) en donde esté escondido el uranio enriquecido…
En definitiva, creo que todo apunta a un patrón claro: no será una operación terrestre integral, sino ataques militares puntuales con impacto estratégico. Por lo tanto, una escalada este fin de semana no sería una anomalía, sino la continuación lógica de la dinámica actual, ciertamente desordenada y sin objetivos claros. Lo más probable es que traten de ocupar la isla de Jarg; emprender una peligrosísima incursión para localizar el uranio enriquecido sería suicida. Una escalada en estos días es precisamente lo que necesita Trump para salirse de este conflicto, en donde está empantanado. Quizá ya se dio cuenta de que no lo puede resolver militarmente, pero no lo quiere enfrentar diplomáticamente.
Un tema que está pesando mucho en el desarrollo de las hostilidades es sin duda el hecho de que se trata en gran medida de un conflicto asimétrico, en donde los iraníes están combatiendo con muchas armas baratas y los estadounidenses lo hacen con armas sumamente caras. Un ejemplo de esto es la guerra de drones: un “dron” (o “VANT”, vehículo aéreo no tripulado) tipo “Shahed” le cuesta a Irán unos 35 000 dólares. Un misil del sistema “Patriot” estadounidense, que han utilizado los Estados Unidos para derribarlos, cuesta entre 4 y 8 millones de dólares. Los ucranios, con más experiencia y preparación para combatir los drones iraníes empleados por Rusia, han desarrollado VANT interceptores más baratos y eficientes, que cuestan 2 000 dólares. Para garantizar la intercepción, emplean generalmente dos, por lo que gastan 4 000 dólares para derribar un artefacto de 35 000.
Otro escenario interesante para hablar de esta guerra asimétrica es el mar. Es probable que Irán aún posea suficientes misiles y drones para mantener la intensidad de sus ataques durante al menos varias semanas más, pero lo que es ya un hecho es que la armada iraní regular está prácticamente destruida. Sin embargo, la Guardia Revolucionaria, con sus pequeñas unidades de combate marítimo, parece mantener presencia en toda la región. Esto está marcando una transición a la guerra asimétrica en el mar por parte de Irán. Ya desde el sexto día de las operaciones militares "Furia Épica" (EE. UU.) y "León Ascendente" (Israel), se podía constatar el fin de las fuerzas navales iraníes. Por lo menos podemos afirmar que ya no existen como una entidad coherente. Si bien la primera fase del conflicto se caracterizó por la eliminación de las defensas aéreas terrestres y los centros de mando y control (“Command and Control”, C2), hoy podría marcarse la transición a la fase de "neutralización de la negación de área" (Area Denial Neutralization). El término "neutralización de la negación de área" se refiere a las estrategias, tácticas y técnicas diseñadas para superar, eludir o destruir sistemas destinados a impedir que un oponente entre, opere o atraviese un área específica, como A2/AD (Anti-Acceso/Negación de Área). Irán está prácticamente neutralizado como actor marítimo convencional, aunque aún posee capacidades limitadas de ataque por medio de pequeños botes lanzamisiles.
El colapso de la marina de guerra iraní no puede medirse únicamente por sus pérdidas. Sin una defensa aérea integrada ni sistemas modernos de mando y control, las unidades iraníes restantes se encuentran prácticamente desprotegidas. A medida que avanza la destrucción, las fuerzas navales iraníes se ven reducidas a la condición de una fuerza exclusivamente de defensa costera.
Digamos, para concluir: 1) El estrecho de Ormuz se está convirtiendo en un escenario de seguridad híbrida de gran complejidad. El desafío ahora reside en contrarrestar los ataques asimétricos y las minas que pueda sembrar Irán (para eso, la Guardia Revolucionaria sólo necesitaría embarcaciones pequeñas, incluso civiles). 2) Una emergente coalición marítima occidental se enfrentará al reto de pasar de la destrucción masiva a la seguridad, para estabilizar los mercados petroleros. 3) Pase lo que pase, Trump declarará haber ganado la guerra; pero, como afirma Steven Simon, quien fue miembro del Consejo de Seguridad de Estados Unidos, la pregunta es qué pasará de aquí a que eso ocurra.










